Cuando a finales de septiembre, arqueólogos y etnólogos se dieron cita en el Museo Nacional de Antropología para rendir homenaje a la antropóloga Claude Stresser-Péan (Rabat, 1929), Antonio Saborit, director del recinto anfitrión, celebró la vida de esa “joven de numerosos años”. En primera fila, la investigadora a punto de cumplir 96 sonreía y entrecerraba los ojos para tratar de ver a quienes elogiaban sus incalculables aportaciones a la antropología en México.
A pesar de la degeneración macular y de la movilidad reducida asociadas a su edad, esta antropóloga conserva una memoria fotográfica de sus múltiples andanzas por remotos pueblos indígenas de Oaxaca, San Luis Potosí, Veracruz, Tamaulipas, Puebla. Aquellas escenas cotidianas, personajes y parajes remotos que capturó a lo largo de la segunda mitad del siglo XX con su cámara fotográfica o su inseparable Paillard 16 mm son recuerdos nítidos que atesora con devoción.
Como otras antropólogas pioneras que exploraron México en el siglo XIX y XX —Adela Breton, Caécilie Seler-Sachs, Bodil Christensen—, Claude Stresser-Péan recorrió y frecuentó, junto a su esposo, el destacado etnólogo francés Guy Stresser-Péan, múltiples rincones indígenas para documentar modos de vida, danzas rituales, yacimientos arqueológicos y, sobre todo, un quehacer por el que desarrolló un profundo interés: la indumentaria textil indígena.
Lee también: Joachim Trier y el afecto rabioso, por Jorge Ayala Blanco

Nacida en Rabat, el 14 de octubre de 1929, Claude Gantès (su apellido de familia) llegó a México en 1958 para dirigir la Alianza Francesa de Oaxaca y, años más tarde, otra en Mérida. Fue en esa ciudad maya donde conoció a su esposo, para entonces ya un conocido especialista en la cultura huasteca y fundador, en 1960, de la Misión Arqueológica y Etnológica Francesa en México, un proyecto binacional que se convirtió en el Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos (CEMCA). Para 1964, cuando la pareja contrajo matrimonio, ella dejó atrás la enseñanza del francés para enrolarse en los trabajos de campo de su esposo.
Formada en estudios de psicología general y animal en Argelia, así como en sociología y filosofía en La Sorbona, en París, esta investigadora comenzó su camino en la antropología de manera empírica, con la guía académica de su esposo, pero su pasión por el conocimiento de otras culturas había nacido mucho antes. “Al principio, nomás tuve la curiosidad y el deseo de conocer a los indígenas, sin pensar en otra cosa. Cuando conocí a mi esposo yo ya conocía a varias familias zapotecas que eran mis amigos. No era la antropóloga, yo era la amiga”, comenta en entrevista.
Lee también: Las pasiones furiosas: reseña de El futón de Tayama Katai
Su facilidad para hacer amistad con los habitantes de los lugares que visitaba le abrieron las puertas de espacios tan cotidianos como los momentos frente al telar, una actividad que documentó por décadas, muchas veces de manera paralela a los proyectos que realizaba con su esposo. Así sucedió en Cuetzalan y Hueyapan, dos pueblos nahuas en la Sierra Norte de Puebla que la pareja frecuentó desde 1980 para estudiar la danza del volador y otras tradiciones.
Mientras él dedicaba horas a sus investigaciones, ella se sentaba al telar con las tejedoras, para conocer sus habilidades y sus aflicciones.
En esos viajes también adquirió trajes tradicionales. En más de 40 años creó una rica colección de vestimenta indígena mexicana que ahora es parte del acervo etnográfico del Museo del Quai Branly.
Ese cúmulo de conocimientos recabados en sus andanzas y estancias en hogares de familias tejedoras de Puebla se pueden conocer en su investigación De la vestimenta y los hombres. Una perspectiva histórica de la indumentaria indígena en México, publicado en dos tomos. El primero data de 2012 y lo dedicó a la época precortesiana; el segundo salió a la luz este 2025 y se centra en el algodón y la lana. Ambos libros conforman un estudio erudito cuya publicación tuvo que postergar por años debido a los proyectos arqueológicos, diplomáticos y editoriales que desarrolló con su esposo.
“No redacté este libro ininterrumpidamente, de principio a fin, sino que avanzaba cada vez que tenía oportunidad de hacerlo, un poco como las tejedoras que toman su telar de cintura y se ponen a tejer cuando tienen un rato libre después de haber terminado las otras tareas indispensables para la vida de la familia”, escribe la antropóloga en el segundo tomo.
Editado por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), el CEMCA y la Fundación Stresser-Péan, este segundo libro profundiza en el quehacer textil y el uso de la vestimenta tradicional en Cuetzalan y Hueyapan. Incluye glosarios en náhuatl, análisis de códices, dibujos de plantas tintóreas, gráficos que explican procedimientos textiles, así como una serie de fotografías tomadas por la autora en esos pueblos entre 1980 y el 2000.
Destaca también el registro histórico de prendas como el quechquémitl o huipil, cuyo uso fue reemplazado por la blusa, la cual hoy goza de gran popularidad. En esas páginas, la autora deja ver que la indumentaria indígena está siempre en constante adaptación, ya sea por influencias modernas o por sus propias necesidades.
Menciona que la indumentaria indígena ha sido, para los pueblos sobrevivientes de la Conquista, una forma de resistencia, ¿fue una manera de conservar su identidad?
No cabe duda que los indígenas no adoptaron la vestimenta europea con placer y por eso se quedaron con su vestimenta antigua, sobre todo en los pueblos. El mundo indígena es el pilar de la cultura mexicana, es la que dio a México su modo de ser. Después hubo mestizaje, pero los indígenas guardaron su personalidad durante mucho tiempo.
¿Sigue siendo así hasta ahora?
Si usted va a los pueblos indígenas, ve que las niñas no saben tejer, no saben coser y que adoptaron trajes modernos, faldas cortas, pantalones, hasta jeans, para ir a trabajar a la ciudad porque la vestimenta indígena a veces es muy difícil de portar para el trabajo cotidiano. La pérdida de la tradición se debe a la necesidad de trabajar. Sin querer, se adaptan a la vida moderna, pero en su pueblo guardan sus tradiciones y muchas veces no lo divulgan, excepto a gente a la que le tienen mucha confianza. En su quehacer cotidiano, tenían sus modos de actuar. Por ejemplo, en pueblos calientes, vivían en su casa desnudos, nomás con la falda.
La falda y el máxtlatl eran la vestimenta sagrada del pueblo indígena antes de la llegada de los españoles. Perder su falda o su máxtlatl era una vergüenza para toda la vida; a un campesino le valía tener que irse del pueblo o si era un cacique, lo mataban.
Hay un uso institucional de la vestimenta indígena, los funcionarios y políticos la usan. ¿Eso ayuda en el reconocimiento de la indumentaria o de los pueblos?
No sé. Yo sé que la esposa del presidente Echeverría siempre se vestía con la vestimenta indígena y, al final, no era tan popular.
Si hay algo que Claude Stresser-Péan no duda en cuestionar es la apropiación lucrativa de las técnicas e iconografías indígenas que suelen hacer personas ajenas a las comunidades: “Si copio un dibujo de Leonora Carrington, por ejemplo, y lucro con él, me pueden acusar de robo, ella o sus descendientes. Yo pienso entonces que, copiar un motivo de creación y tradición puramente indígena, sin invitarlos a formar parte del proyecto, se puede también considerar un robo. Además, se pierde todo el significado tradicional, pues la iconografía indígena está cargada de símbolos, de creencias y de historia. Solo eso, por sí mismo, es ya una pena”.
Pasión por la imagen
Claude Stresser-Péan recuerda que la última vez que visitó a sus amigas tejedoras fue hace unos 10 años, pero sus apuntes y archivos iconográficos la transportan de inmediato a esas comunidades cuya memoria registró en plata y celuloide.
Una fotografía de su archivo la describe de cuerpo entero: con botas altas y el pantalón metido dentro de ellas, la antropóloga mira a través del visor de una cámara Paillard de 16 mm. Es 1974 y filma escenas para el documental Tonantzin Santa Ana, en la explanada de la iglesia Santa Ana Tlacotenco, en Milpa Alta.
Esa pasión por la imagen, cuenta, nació desde que era niña. En Marruecos creció en una familia interesada en el arte de la fotografía. “Mi hermano mayor me enseñó a revelar películas. Él tenía su pequeño laboratorio en casa y cuando se fue a la guerra, para combatir por Francia con el General De Gaulle, me regaló todo. Así que, desde que tenía 12 años, siempre pensé en tomar fotografías”.
Cuando llegó a México y quedó fascinada con los paisajes y la cultura, compró un libro para aprender cine, una cámara 8mm, luego una Súper 8, y filmaba lo que llamaba su atención. “Empecé a tomar cosas como la fabricación del mezcal, para divertirme”.
Por eso, cuando acompañó por primera vez a Guy Stresser Péan a Chililico, Hidalgo, durante una fiesta de Día de Muertos, el colorido de las flores en los altares, tumbas y rincones del pueblo la dejó boquiabierta. “Estaba encantada, más que eso, conquistada, por la belleza de lo que hacían con las flores. Le dije a mi esposo: ‘voy a tomar una película’. Él me dijo: ‘Pero no así, un verdadero documental se hace en cámara 16 mm. Te voy a comprar una’. Y me compró una Paillard”. Así nació la primera de seis películas etnográficas que la pareja realizó en mancuerna: Shantolo. La fiesta de los muertos en un pueblo indígena del sur de la Huasteca (1968). Ella las filmaba, el antropólogo escribía los comentarios y, en París, un editor hacía el montaje.
Rigor y sensibilidad
Su manera de documentar costumbres, festividades, así como técnicas de manufactura de vestimentas, la colocan entre las pioneras de la antropología mexicana. Para arqueólogas de otras generaciones, como Laura Filloy Nadal, curadora de las colecciones de América Antigua en el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, las aportaciones de Claude Stresser-Péan son tan valiosas como las de otras estudiosas del siglo XX, como Irmgard Weitlaner Johnson y Bodil Christensen porque “abrieron camino en un campo dominado por los hombres, donde sus aportaciones fueron muchas veces invisibilizadas”. “Hoy, con una mirada más justa y con perspectiva de género, podemos reconocer que su labor no sólo amplió nuestro conocimiento del México rural, sino que también marcó un ejemplo de compromiso, rigor y sensibilidad que sigue inspirándonos”, subrayó la curadora durante su participación virtual en aquel homenaje en el MNA.
Filloy Nadal resaltó la dedicación y rigor con la que Stresser-Péan registraba la información tanto de piezas arqueológicas excavadas, como la de las prendas que adquiría. “Consignaba medidas y características, el precio que habían tenido y la forma en que las había adquirido. Incluso anotaba las horas invertidas en su producción y el nombre de quien las elaboró”.
La antropóloga, antes que considerarse pionera, prefiere nombrar a las que la precedieron o a aquellas que no han tenido el reconocimiento debido: “No soy la primera. La primera en haberse interesado en la indumentaria textil en México fue Irmgard Weitlaner Johnson. Fue una gran amiga y me enseñó mucho. Y hay muchas mujeres que se interesan en este tipo de actividad. Ahora estoy investigando acerca del rebozo y vi, gracias a Erika que lo encontró en internet, una tesis que no se ha publicado de una señora que fue historiadora, que fue a los archivos nacionales y recogió todo lo que se decía sobre el rebozo. Es increíble”.
Una biblioteca compartida
A la par de los proyectos editoriales sobre indumentaria indígena que realiza, Claude Stresser-Péan se ha ocupado en los últimos años de encontrar destino a las dos bibliotecas especializadas en arqueología, etnología e historia que ella y su esposo conformaron en sus domicilios de París y Ciudad de México. La primera fue donada en 2012 al Museo Nacional de Historia Natural de Francia, la segunda pasará a ser parte del CEMCA, una vez culminada la remodelación de sus instalaciones en la colonia Cuauhtémoc.
El director del CEMCA, Arnaud Exbalin, asegura que la Biblioteca Stresser-Péan se sumará al acervo bibliográfico que ya tienen, el cual no ha estado disponible para consulta desde que en 2018 el centro dejó su sede histórica en las Lomas de Chapultepec.
La Biblioteca Stresser-Péan tiene su origen en 1960, cuando el etnólogo francés, también bibliófilo, se dio cuenta que aquí sería difícil consultar libros sobre biología vegetal o animal, de arqueología o antropología especializados. “En París tenía una biblioteca y trajo algunos de esos libros. Luego, cada vez que tenía dinero, compraba más para formar esta biblioteca para los investigadores”, cuenta su viuda, quien también ha ido alimentando ese acervo.
Hoy suman 15 mil títulos, entre ellos primeras ediciones del siglo XIX; diccionarios bilingües en español y lenguas indígenas, una importante colección de facsimilares de códices, así como colecciones completas de revistas poco conocidas.
Pronto, esa biblioteca tendrá un nuevo hogar. Uno que la antropóloga anhela ver inaugurado: “Pido a Dios que me deje vivir todavía otro poquito antes de regalar la biblioteca al CEMCA”, expresaba entre carcajadas a principios de octubre en la firma del convenio de donación en la residencia de la Embajada de Francia.
Noticias según tus intereses
[Publicidad]
[Publicidad]















