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Cruzamos por el estrecho umbral de La Potosina –cuyo nombre, se dice, alude a la mina de plata boliviana– y nos acomodamos en los bancos de su jorobada barra de cuarteado barniz marrón. Pídete un mezcal Bajo el Volcán, le recomiendo a mi amigo. Como dijera aquel: “Mezcal, dijo el Cónsul”. El avispado y menudo cantinero, al que llaman “López”, atiende solícito nuestro pedido ¡Con dos Coronas para acompañar! por favor, López.
Esta cantina –que como se ha dicho es una de las más carcamales de la ciudad (1890)– posee un singular encanto: nos adentra en la sensación de lo descolocado; de lo oblicuo; lo tronchado… Es como si las gentes y las cosas perdiesen aquí algo de su forma verdadera. Quién sabe a qué se deba, a lo mejor al implacable tiempo que todo lo disloca, a lo mejor al demasiado alcohol…, pero el piso y la barra, las mesas y las sillas, las botellas y los cristales, el edificio mismo… Todo aquí rompe su modelada figura, desafiando las nociones de la física. Hasta mi amigo, López y yo, que a estas horas somos las únicas almas semejantes en esta taberna, caemos víctimas de ese maleficio colectivo.
¡Qué descompuestos nos vemos!
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El cubista López escancia nuestros humeantes mezcales y descorcha dos frías y soleadas Coronas. Bebemos los chuecos alcoholes de un tirón. López, acogedor, rellena los vasitos de veladora con el aperlado destilado, mientras mi amigo y yo comentamos algo sobre Bajo el volcán, la mítica, etílica y fantasmal novela –de la que nuestro esnob mezcal tomó su nombre– que el escritor inglés Malcolm Lowry imaginó y pergeñó a partir de su experiencia mexicana, por los caminos mefistofélicos del tequila y el mezcal, entre 1936 y 1939. En ella narra las últimas doce horas de vida del cónsul Geoffrey Firmin, personaje principal de la historia, aquel que pidió mezcal en la cantina oaxaqueña El Farolito, escenario cumbre de esta novela de corazones rotos y efigie del infierno mismo.
Lengüeteamos nuestros mezcales, salvándonos de la oleada de fuego con sorbos de álgida cerveza. López nos ofrece un destartalado plato con pastosos chicharrones de ruedita. Un afinado y picante olor a orines, vaporoso, recala en nuestras narices. Y yo recuerdo el pasaje aquel, al final de la novela, en que un desconocido “bizco de borracho” le vocifera al Cónsul, desde un taburete del Farolito: “Mozart fue el que escribió la Biblia”…
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Luego, no sé por qué, viene a mi mente otro libro de Lowry: México y otros infiernos, que es como Juan Tovar tradujo y tituló el libro Selected poemes of Malcolm Lowry, editado en 1962, de manera póstuma, por el poeta Earle Birney. De ese libro –de versos como dardos violentos cargados de pasión, opinó Raúl Ortiz y Ortiz, el más grande traductor de Lowry al español– rememoro algunas líneas del poema “Treinta y cinco mezcales en Cuautla”: En la cantina palpita el refrigerador/ mientras que contra la calle zumba la desoladora estación.
“¡Mezcal, dijo el Cónsul!” López nos sirve otra ronda. Salú…
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Lowry vivió en Cuernavaca en dos ocasiones, ciudad de la que extrajo la ciudad-infierno con la que ambientó su novela; una ciudad bajo el volcán Popocatépetl, a la que prefirió referirse por su nombre prehispánico, “Quauhnáhuac”, que describió a detalle: “Quauhnáhuac tiene dieciocho iglesias y cincuenta y siete cantinas”… De esas, por cierto, casi nada queda: El Danubio, El Tapatío, La Piedra, La Estrella (Matamoros 45-C), La Suriana… éstas dos últimas, centenarias, gozaban de la fama de haber sido frecuentadas por Lowry –y por José Revueltas–, pero lastimosamente cerraron sus puertas a causa del sismo de 2017.
Detrás de la barra, el cacarizo espejo nos devuelve dos rostros febriles, de meteoro. ¡Échanos otros mezcales, López!
Y hablando de Cuautla, ahí existió, hasta 2019, una cantina que llevó el eufónico nombre Lluvia de Plata. Me parece que ahora se llama La Brisa. Estuvo en la esquina de las calles Valerio Trujano y Batería, en el corazón de esa ciudad morelense. Se cuenta que fue una de las favoritas de Emiliano Zapata. El cronista Francisco Pineda Gómez aseguraba que ahí, al amparo de unos coñaques y en el marco de la feria de Cuautla, “el viernes 10 de marzo de 1911 se reunieron el profesor Pablo Torres Burgos, Emiliano Zapata y Rafael Merino”, para definir los últimos detalles de su adhesión a la guerra convocada por Panchito Madero: la Revolución Mexicana.
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En Cuautla, en 1936, Lowry descendió a los infiernos con ayuda de 35 mezcales. En Cuautla, el 10 de abril de 1919, el cadáver de Zapata, cocido a balazos, fue expuesto como tétrico trofeo bajo las puertas del Palacio Municipal por órdenes del general carrancista Pablo González.
Y hablando de Zapata –le atizo a mi enmezcalado amigo, que se empaca un rodante chicharrón–, ya habíamos dicho que a esta cantina, La Potosina, también arribó el Atila del Sur. Fue durante los últimos días de noviembre de 1914, cuando los zapatistas tomaron la Ciudad de México con la anuencia de Pancho Villa y de las fuerzas emanadas de la Convención de Aguascalientes. Los Zapatistas se instalaron en este cuadrante de la ciudad, el barrio de La Merced.
Lo hicieron así porque temían y detestaban esta incomprensible ciudad, y porque en caso de ser necesario muy cerca de aquí se hallaba la estación del ferrocarril San Lázaro por la que podrían poner pies en polvorosa. Zapata, pues, se hospedó en un modesto hotel en el 107 de la antigua calle Siete Príncipes –hoy calle Emiliano Zapata, la misma de esta cantina–, en donde estableció un cuartel provisional. Pero sólo permaneció ahí tres días. Se empinó unos coñaques en La Potosina y el 28 de noviembre se regresó a Morelos en tren. Esta ciudad no era para él. “De que ando en una banqueta hasta me quiero caer”, decía.
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Pero el ejército zapatista, al mando de su hermano Eufemio, permaneció en la ciudad. El historiador John Womack cuenta que en una de esas noches algunos zapatistas que pernoctaban afuera del cuartel escucharon mucho ruido y el repiquetear de unas campanas. Asustados, se apertrecharon y prepararon sus fusiles. Entre las ciegas calles alcanzaron a distinguir un coche muy raro que se dirigía hacia ellos. Creyeron que se trataba de artillería enemiga y dispararon todo su arsenal contra él.
Era un camión de bomberos en acción, un artefacto que los zapatistas jamás habían visto en sus vidas. Mataron a doce bomberos.
Esta ciudad era espantosa, siniestra e indescifrable…
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Continuará…
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