Hace 100 años nació, en el Caribe colombiano, Álvaro Cepeda Samudio, escritor, periodista, cineasta y uno de “los cuatro discutidores” a quienes se refiere Gabriel García Márquez en Cien años de soledad:
“Aquel fatalismo enciclopédico fue el fruto de una gran amistad. Aureliano siguió reuniéndose todas las tardes con los cuatro discutidores, que se llamaban Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida. Para un hombre como él, encastillado en la realidad escrita, aquellas sesiones tormentosas que empezaban en la librería a las seis de la tarde y terminaban en los burdeles al amanecer, fueron una revelación. No se le había ocurrido pensar hasta entonces que la literatura fuera el mejor juguete que se había inventado para burlarse de la gente, como lo demostró Álvaro una noche de parranda”.
Álvaro Cepeda Samudio, Gabriel García Márquez, Germán Vargas y Alfonso Fuenmayor fueron grandes amigos, integrantes del llamado Grupo de Barranquilla o Grupo de La Cueva, y aprendices del librero catalán Ramón Vinyes, a quien en la novela le llama el Sabio catalán.

La descripción de García Márquez evoca las discusiones y las revelaciones, y revela el afecto que hubo entre los cuatro, a los que a menudo se sumaban otros como el pintor Alejandro Obregón, en diferentes lugares, incluso antes de que abriera el célebre bar de La Cueva.
Aunque a veces se le conoce como El grupo de la Cueva, los encuentros del grupo empezaron en la librería Mundo y el café Colombia; como lo aclara el historiador Álvaro Medina, "La Cueva fue abierta años más tarde”.
Álvaro Cepeda Samudio nació el 30 de marzo de 1926 en Barranquilla —García Márquez, el 6 de marzo del año siguiente, en Aracataca—. Cepeda falleció en Nueva York en 1972. Pese a que murió joven, que tuvo diversos trabajos y facetas, y una activa vida social, escribió tres libros: los relatos de “Todos estábamos a la espera” y “Los cuentos de Juana”, y la novela La casa grande.
Cepeda realizó el cortometraje “La langosta azul”, así como los documentales “Carnaval de Barranquilla”, “Barranquilla y el Atlántico”, y dejó inconcluso “La subienda”; también escribió un guion de “La casa grande” y otro del cuento “El ahogado más hermoso del mundo”, que trazó junto a su autor, García Márquez. La vida le alcanzó también para ser compositor de canciones, reportero, columnista de humor y publicista.
Como se describe en la página oficial del Centro Gabo (https://centrogabo.org/) “Álvaro Cepeda Samudio fue tal vez el mejor amigo de Gabriel García Márquez. Gabo encontró en él un compañero de parrandas, tertulias literarias, aventuras periodísticas y experimentos cinematográficos”.

La oralidad en la escritura
Cuando era un niño que todavía no entraba a la escuela, Álvaro Cepeda Samudio dejó su natal Barranquilla para vivir con su madre en Ciénaga, a más de una hora de distancia, entre la Sierra Nevada de Santa Marta y el Mar Caribe. El padre había muerto y la madre emprendió una nueva vida con la apertura de un hotel en aquel pueblo bananero, donde todavía se escuchaba y sentía la tragedia.
Ciénaga había sido el escenario de uno de los episodios más trágicos en la historia de Colombia: la matanza de las bananeras, ocurrida en 1928. Aunque no fue la primera matanza de trabajadores en Colombia, la de Ciénaga quedó en la memoria de los colombianos y abrió una división que pervive entre quienes aprobaban o no la acción del ejército que dio muerte a cientos, o quizás miles, de campesinos en huelga ante los incumplimientos de la United Fruit Company. Es la misma empresa estadounidense que operaba en otros países del Caribe, incluido Guatemala, donde impulsó un golpe de Estado en 1954, y que en Colombia, bajo el nombre de Chiquita Brands International, a inicios de este milenio financió grupos paramilitares, como lo establecieron jueces de Estados Unidos y Colombia.
Aunque el gobierno de la época habló de nueve muertos, un oficio de la embajada de Estados Unidos refirió que hubo mil. En Cien años de soledad, Gabriel García Márquez, a través de su personaje José Arcadio Segundo, habla de tres mil muertos. Pero antes de ese libro, Álvaro Cepeda Samudio había escenificado su novela “La casa grande” en aquella matanza; sin dar una cifra, a través de voces construyó una dimensión de la tragedia.
La casa grande entreteje la historia de la matanza con la de violencia e incesto en una familia dueña de una de las haciendas bananeras. Los tres años que Álvaro Cepeda vivió en el pueblo de Ciénaga fueron determinantes para esa obra: “La estadía en Ciénaga lo marcó, era muy pequeño, pero tenía conciencia del mundo a su alrededor. La matanza de las bananeras se había producido en el año 28 y él, me lo dijo, oía los cuentos de los vecinos y de los muchachitos como él, porque todos hablaban de la matanza, de cómo había sido ese horror. Entonces, cuando escribió la novela tenía una memoria viva”, explica el historiador colombiano Álvaro Medina, curador de la exposición "Álvaro Cepeda Samudio. Vida, Obra, Fama. 100 años", que exhibe hasta el 12 de octubre el Museo de Arte Moderno de Barranquilla (MAMB).
Cepeda Samudio compone su novela con diversidad de voces, y su escritura parece, en algunas escenas, la reunión de unos que se sientan a tratar de recuperar e hilvanar los hechos; múltiples voces y puntos de vista se pelean por la memoria. Así es como escribe: “No tienes tiempo para comenzar otra vez. Para decirte: aquí fue el comienzo, recordarlo, reconocerlo y saber que es el único punto de partida para la tremenda tarea de recoger los pedazos de lo que ha sido desbaratado y ponerlos nuevamente en su sitio”.
En 1966, la novela de Cepeda fue adaptada al teatro con el nombre de “Los soldados”, como se llama el primer capítulo del libro, por Carlos José Reyes. Muy importante en el libro es el dilema de obedecer o no la orden de matar, un debate que tienen dos soldados y que es un diálogo que podría pertenecer a otros periodos de la historia. En ese sentido, La casa grande es un libro que resuena en la Colombia contemporánea:
- Pude alzar el fusil, nada más alzar el fusil, pero no disparar.
- Sí, es verdad.
- Pero no lo hice.
- Es por la costumbre: dieron la orden y disparaste. Tú no tienes la culpa.
- ¿Quién tiene la culpa entonces?
- No sé: es la costumbre de obedecer.
- Alguien tiene que tener la culpa.
- Alguien no: todos: la culpa es de todos.
Por su riqueza de voces, porque es una novela desde el mundo rural pero también desde la intimidad de una casa y de unas vidas crecidas entre la violencia, porque no hay una cronología lineal y por los desafíos que hace a los lectores, entre otros recursos, es una obra pionera en el boom latinoamericano.
“Álvaro no fue un escritor disciplinado, por eso su obra es escasa. Se dedicó a otras cosas: al periodismo, al cine, a la publicidad, y tenía una vida social muy intensa también. A finales de los años 50 le diagnostican tuberculosis, entonces se fue a Puerto Colombia, a la orilla del mar, aislado, porque la tuberculosis en la época era cosa seria, y se dedicó a escribir la novela. Pero fue un diagnóstico falso, simplemente fue una gripa muy fuerte. Fíjate tú: ahí la indisciplina de él queda manifiesta. La novela salió en el 62”, cuenta Álvaro Medina.
Entre el cine y el periodismo
En un retrato que García Márquez hace de Cepeda Samudio en “Vivir para contarla” recuerda que él solía llevar, apretado entre los dientes, un puro enorme y casi siempre apagado, y detalla además: “Era antes que nada un chofer alucinado –tanto de automóviles como de las letras–; cuentista de los buenos cuando bien tenía la voluntad de sentarse a escribirlos; crítico magistral de cine, y sin duda el más culto, y promotor de polémicas atrevidas. Parecía un gitano de la Ciénaga Grande, de piel curtida y con una hermosa cabeza de bucles negros y alborotados y unos ojos de loco que no ocultaban su corazón fácil”.

En sus memorias, García Márquez dedica páginas a recordar a Cepeda Samudio y a los demás amigos y, en especial, a revivir aquella primera noche de muchas, entre bares y burdeles de Barranquilla, cuando nació una amistad única y un abrirse a otras literaturas.
Antes de conocerse en persona, se habían leído: García Márquez había publicado un cuento en El Espectador, de Bogotá, que comentó Cepeda, y éste había escrito en El Nacional y cuando García Márquez viajó a Barranquilla, en septiembre de 1948, fue a buscarlos a ese periódico. En sus memorias, el Nobel de Literatura colombiano describe esa tarde-noche que se fue hasta el amanecer, que nombra como su primera noche como adulto en el paraíso de los burdeles: “Cuando salimos del café Colombia, con cinco tragos a cuestas, ya teníamos años de ser amigos”, escribe.
La histórica noche en Barranquilla los entretuvo hablando de literatura, de los lazos comunes entre novela y reportaje, mientras escuchaban la música de Agustín Lara, Dámaso Pérez Prado, Daniel Santos y Bienvenido Granda. García Márquez relata que en ese encuentro Álvaro Cepeda lo condujo al “hallazgo providencial del cine” y que al amanecer lo llevó a su biblioteca donde le habló de Azorín y Saroyán y de otros autores que cambiarían su obra: Virginia Woolf y William Faulkner.
“Creo que Cepeda fue una influencia conceptual. Gabo comienza a tener otro concepto de la literatura a raíz de su contacto con el grupo de Barranquilla”, afirma Álvaro Medina.
Ya Ramón Vinyes, el librero que había huido de Barcelona antes de la entrada de las tropas franquistas, les había compartido a los amigos los libros Faulkner y Wolf, pero también autores como John Dos Passos, Ernest Hemingway, John Steinbeck.
El Grupo vivió la amistad y la parranda pero el intercambio también alimentó la obra, en particular las de Cepeda y de García Márquez: “En eso sí hay que ser rotundo, García Márquez le reconoció a Alfonso Fuenmayor que él si no hubiera llegado a Barranquilla en el momento en que llegó, y se hubiera vinculado al grupo, él no hubiera sido el escritor que fue”, asegura Álvaro Medina.
En particular, la amistad entre Cepeda y García Márquez estuvo fortalecida por las pasiones comunes de la literatura, el periodismo y el cine, género que decía que Cepeda le enseñó a punta de gritos y ron blanco en las mesas de las peores cantinas. En el Centro Gabo se cuenta, incluso, del proyecto que tuvieron los dos amigos en 1960 de crear una escuela de cine en Barranquilla, que no se concretó pero que fue el precedente de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños que Gabo fundaría en 1986, en Cuba.
A partir de su primer encuentro, en 1948, la amistad y los proyectos continuaron. Cepeda Samudio se fue a estudiar a Estados Unidos por unos meses y a su regresó, a mediados de 1950, el periodismo y la literatura que descubrió en ese país enriquecieron las conversaciones. En 1953, Cepeda Samudio se convirtió en editor del periódico El Nacional, para la edición de la mañana, mientras que García Márquez lo fue para la edición de la tarde, aunque al poco tiempo, se trasladó a Bogotá, y más adelante a Europa y luego a México. Pero el afecto pervivió y los amigos, en particular Álvaro, solían ser primeros lectores de la obra de García Márquez.
A inicios de los años 70, Álvaro Cepeda dejó la publicidad y el periodismo, y se dedicó al cine, sin embargo, en 1972, cuando hacía una película sobre los pescadores a lo largo del río Magdalena, enfermó. Ante su temprana muerte, en Nueva York, en 1972, García Márquez le escribió en una carta a Alfonso Fuenmayor: “Estoy hecho una mierda, en un estado miserable de desconcierto y desmoralización, y por primera vez en mi vida no encuentro por dónde salir”.
La mención de los cuatro discutidores en Cien años de soledad no fue el único testimonio literario del lazo que los unió. Cepeda Samudio llevo a su amigo a uno de Los cuentos de Juana, que justo se llama “A García Márquez, Juana le oyó…” Y antes, en 1962, en Los funerales de la Mamá Grande, en el grupo de legendarios que García Márquez llevó a las famosas exequias estaban los acordeoneros de Valledupar, los brujos de la Mojana, las lavanderas del San Jorge, los veteranos del coronel Aureliano Buendía y los mamadores de gallo de La Cueva.
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