En Los domingos (España-Francia, 2025), controversial film 3 de la autora total vasca con estudios de filología inglesa y también TVserialista de 47 años Alauda Ruiz de Azúa (Cinco lobitos 22. Eres tú 23; TVserie: Querer 24), Concha de Oro en San Sebastián 25 y arrasaGoyas, la linda y sensible adolescente bilbaína de 17 años Ainara (Blanca Soroa archisobria) retorna fascinada de un retiro espiritual en un convento organizado por su instituto confesional, sintiendo el llamado de la fe y con ganas de seguir conviviendo al lado de las monjas betinas (de clausura sin voto de silencio), apoyada por el fervoroso joven sacerdote dogmático Txema (Víctor Sainz) y por la ecuánime madre priora Isabel (Nagore Aramburu), rechazando el ingreso a la universidad y los avances eróticos de su compañero de coro Mikel (Guillermo Zani), provocando menudo escándalo vocacional, aunque doblegando con facilidad el albedrío de su restaurantero viudo con otras dos pequeñuelas que atender y con serios problemas financieros Iñaki (Manuel Garcés) y a la omnicomprensiva abuela Lila (Mabel Rivera), pero afrontando la desaprobación visceral de su tío ceroalaizquierda Pablo (Juan Manujin) y sobre todo el encrespado repudio de la hermana del padre, la convulsa e inestable a perpetuidad Maite (Patricia López Arnaiz soberbia) que primero simula respeto absoluto a la decisión de la sobrina y luego intenta obstaculizarla moralmente intrigando con medio mundo, hasta explotar incontenible a la hora de la partida de la novicia dueña de una imparable fe explosiva.

La fe explosiva cobran relieve expresivo magnífico las obras corales que inyectan y vehiculan una emoción abismalmente profunda desde el diseño sonoro (empezando por el Ave verum de Mozart a cuatro voces), una estructura de fatalidad telenovelera a base de truculentos enfrentamientos verbales (intrafamiliares, colegiales, conventuales) y desgracias melodramáticamente oportunas/inoportunas (la muerte de la abuela y demás), diálogos altisonantes para sobreexplicar la trama y sacudir periódicamente la modorra de la audiencia, las imágenes equilibradas y benévolas de la fotógrafa veterana Bet Rouricha, y una edición episódica de Andrés Gil que garantiza la andadura pausada y brillante de una realización clásica y afelpada con calibrados y severos sobresaltos.

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Crédito: Especial
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La fe explosiva se disgrega al gusto en medio de súbitos cambios de tono y en serpentina dramático-narrativa que toman por sorpresa casi segmento a segmento, para escanciar escalonadamente la autosatisfacción de secuencias tan misteriosas como el cuchicheo de las chavitas en los escondrijos nocturnos durante el susodicho retiro, tan indicativas de la inquieta curiosidad adolescente bien compartida como el ofrecimiento de una pasta psicodélica a la dulce heroína ingenua por una compañerita mordida por la zozobra sexual, tan venturosamente radicales y radiosas como la paralizante invocación de Ainara en medio de la patriarcal comida a una medallita de protección virginal que significa la única valiosa herencia de su añorada madre difunta, tan pulsionales entre sensiblemente explícitas y elípticas como el semidesnudamiento de la pasiva activa Ainara por el galante Mikel sólo para ser de pronto sorprendidos en airado coito interruptus por la novia del padre Estíbaliz (Leire Zuazua), tan entrañables como el desfile de confidencias en corto por riguroso turno (la religiosa octogenaria que presume toda una vida de adoración al Señor, la monja cuarentona que admite haber dejado esperando a un novio que la deseaba), tan apagadamente chispeantes como la del rezo colectivo en el refectorio (por la salud y alegría de los niños de un cole vecino, por la paz de los habitantes de Guinea Ecuatorial, por la equidad de los inspectores de Hacienda), o tan enigmáticamente lúdicas y maravillosas como la de Ainara andando trastabillante con los ojos vendados entre las bancas de la capilla sólo guiada por los caóticos gritos de las monjas, o inteligentes e intensas como el estallido de toda la temible furia española por la percutiva boca atea de la tía Maite a la que una impávida Ainara sólo responde con un sereno y desarmante “Rezaré por ti”.

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La fe explosiva semeja entonces una larga y abundosa estratagema de la modernidad ideológica europea sintiéndose avanzada y permisiva, un respetuoso entramado, artilugio o simulacro intelectual y ético-empático para abstenerse de tomar partido en contra de ninguno los dos personajes femeninos protagónicos, a lo Jean Renoir (“Todo mundo tiene sus razones”) o a lo Eric-Emmanuel Schmitt (“Todo está justificado”) porque “se tienen ideas pero se está en las creencias” (Ortega y Gasset), ni arte sacro o místico ni arte profano, ni una blasfemia ni un cuento filosófico nietzscheano ni un sermón de neofranquista cine religioso sobre los problemas de alguna vocación eclesiástica en la cauda de filmes tipo La fe (Rafael Gil 47) diríase idiosincráticos del país por antonomasia de la Contrarreforma y la Automortificación, por lo que la ficción no puede culminar discursivamente sino en el montaje alternado y paralelo, obvio a rabiar, donde la nueva monja Ainara se aferra a los valores espirituales al tomar los hábitos en blanco vestido de novia pasando por un laberinto de imágenes fractales y postrada en el suelo con los brazos en cruz al fondo de un plano cenital, mientras su contrapartida humana la tía Maite se aferra a los bienes materiales desheredando ante un notario público a su hermano tibio y a su repudiada sobrina monja dentro de un enjambre de contritos planos cerrados de un mezquino espacio legal.

Y la fe explosiva termina tiempo después, incorporada a la prueba de la vida cotidiana, en la que Ainara aparece inserta en la simplicidad del esplendor ceremonial, en tanto que la tía Maite contempla en una esquina de Bilbao a su marido neopatriarcal atendiendo hincado a la hijita menor de ambos, desde la insatisfacción de su rostro pasmado y perplejo a morir.

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