Así fueron los últimos días de vida de Gustavo Díaz Ordaz, uno de los presidentes más controvertidos de México

A poco menos de una semana del aniversario de la matanza del 68, recordamos la muerte del expresidente de México, quien le aseguró a uno de sus mejores amigos que se iba con “la conciencia en paz”

Gustavo Díaz Ordaz
Gustavo Díaz Ordaz durante la inauguración de la línea 2 del metro de la Ciudad de México. Foto: Archivo El Universal
Cultura 26/09/2020 15:47 Jessica Soto y Frida Juárez México Actualizada 13:07

“La fuerza sólo se usó para contener la violencia y propiciar un clima de paz que permitiera afrontar los problemas” fueron las palabras, en relación a lo acontecido en Tlatelolco en 1968, que pronunció Gustavo Díaz Ordaz, en su último Informe de Gobierno, nueve años antes de morir. 

La causa de su muerte fue un paro cardíaco que derivó del cáncer de colón que padeció los últimos meses de su vida. Murió el 15 de junio de 1979 en la Ciudad de México. Se le hizo un homenaje en el Senado de la República y posteriormente fue enterrado en el panteón Jardín junto con su esposa, Guadalupe Borja.

El sexenio de Díaz Ordaz estuvo marcado por la matanza ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968, y por la inauguración de los Juegos Olímpicos en México, el mismo año.

Así fue como EL UNIVERSAL narró el fallecimiento de Gustavo Díaz Ordaz. 

Murió el ex Presidente Gustavo Díaz Ordaz 

16 de julio de 1979

-Tras Breve Mejoría, un Súbito Ataque Cardíaco Cortó su Vida
-Oriundo de San Andrés Chalchicomula, Había Cumplido 68 Años
-Entregó los Mejores Afanes de su Vida a Engrandecer a México 
-Conflicto Estudiantil y Juegos Olímpicos, Hechos Relevantes  

Por Eduardo Arvizu 

El licenciado Gustavo Díaz Ordaz, Presidente de la República en el sexenio 1964-1970, falleció ayer, a las 13.45 horas, víctima de un paro cardíaco. 

Durante los últimos meses había padecido cáncer en el páncreas que después se generalizó por todo el cuerpo y ocasionó la falla cardíaca que terminó con su vida. 

El deceso ocurrió en su casa de Cerrada del Risco número 133, del Pedregal de San Ángel, en donde era atendido por un grupo de médicos, y acompañado por sus hijos Gustavo, Alfredo y María Guadalupe, así como sus nueras, Eugenia y Paulina Castañón, y su yerno Salim Nasta. 

Don Gustavo nació en San Andrés Chalchicomula, Puebla —hoy Ciudad Serdán—, el 12 de marzo de 1911. Al morir tenía 68 años de edad. 

Su cuerpo es velado en la agencia Gayosso de Félix Cuevas y hoy a las 11 horas será trasladado a la Cámara de Senadores, en donde se le rendirá homenaje. El féretro será cubierto con el lábaro patrio. 

A las 13 horas, el cortejo fúnebre partirá al panteón Jardín, en donde será sepultado al lado de su esposa, doña Guadalupe Borja de Díaz Ordaz, después de que se le rindan los últimos honores. 

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Gustavo Díaz Ordaz tras un cirugía de ojo, en abril de 1969. Foto: Archivo El Universal

Las líneas de su gobierno, planteadas desde su primer discurso dirigido al país, fueron de especial impulso a la educación, al programa agrario integral, la industrialización rural, así como el desarrollo de la electrificación en el país.

De julio a octubre de 1968, el país se vio agitado por serios disturbios estudiantiles de creciente intensidad, a los que su gobierno tuvo que enfrentar. El momento culminante de ese movimiento fue el 2 de octubre, cuando en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco se suscitó el choque más violento de la fuerza pública con los estudiantes que efectuaban un mitin. En el mismo mes de octubre, Gustavo Díaz Ordaz inauguró los XIX Juegos Olímpicos.

También durante 1969 —el 4 de septiembre— inauguró la línea 1 del Sistema de Transporte Colectivo. En su último año de gobierno, el 9 de mayo de 1970, entró en vigor la nueva Ley del Trabajo.

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Su gestión presidencial concluyó el 9 de diciembre de 1970, cuando entregó la primera magistratura de la nación a Luis Echeverría.

Al término de su mandato, Gustavo Díaz Ordaz se sumergió en el silencio durante los seis años en que Echeverría fue Presidente de la República. Ni un solo pronunciamiento. Ninguna opinión. Se recluyó a la vida privada. 

En 1977, al reanudar el Presidente López Portillo las relaciones diplomáticas con España, lo designó embajador de México en su país. Al poco tiempo renunció a este cargo “por motivos de salud”. 

A los 68 años, murió Gustavo Díaz Ordaz.

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Foto: Hemeroteca El Universal

“Esta es la Despedida, Amigo, Tengo Cáncer”, a Moreno Valle

Desde marzo sabía el ex Presidente que su mal era irremediable. “La muerte es tan natural como la vida. Ninguno es inmortal”, dijo. “Y contó chistes, y al decirnos adiós supe que era para siempre”

Por Miguel Reyes Razo

En marzo le vinieron los fríos y las calenturas. Gustavo creyó que el mal de niño se le revivía de viejo. Fue a ver a "Chema" su médico. Entonces supo la verdad. Y se escondió. No recibió a nadie. Ni contestó cartas. Ni atendió teléfonos. Me mandó llamar. Me dijo: 

Esta es nuestra despedida. Sé que tengo cáncer. Y ya me voy a morir. Me queda poco tiempo. Arreglaré mis cosas. El desorden que dejó el que era mi secretario particular. No se apure mi amigo. Nada de tristezas. La muerte es tan natural como la vida. Ninguno es inmortal. Uno se acostumbra a ver nacer. Y duele ver morir. Tuve una vida plena. Me dio todo. Y yo también todo le estoy a mano. No tengo amarguras. Ni frustraciones. Vamos a esperar, tranquilos, lo que tiene que ocurrir. Yo tengo mi conciencia en paz. 

Yo le dije: Tiene usted muy buen semblante, señor... Él me dice: Es lo único bueno que tengo. ¡Lástima que mi mal no sea de huesos que bien me los curaría! 
Estaba entero. Reía. Volvía a reírse de sí mismo. Y yo que no lo podía creer. Yo que lo vi siempre como un hermano mayor. Yo que viví en su casa, recibí honores y oportunidades. Yo que le sabía tantas cosas... ¡Oh! Disculpeme. No puedo más. Sufro. Estoy deprimido... Dicen que ya le queda poco tiempo… 

Rafael Moreno Valle se echó a llorar. Su llanto por Gustavo Díaz Ordaz fue breve. A espaldas del reportero. Tenía los ojos húmedos y la voz quebrada.
Ahora, Rafael Moreno Valle hace el monólogo: —Yo me cuento entre sus mejores amigos. Soy quizá el único quien compartió su casa. Mis convalecencias las pasé a su lado. En Acapulco. En Cuernavaca. O en Ajijic.

—Salíamos a pasear y él conducía el automóvil. El ayudante iba en el asiento de atrás. Y había de ver. La gente lo saludaba con cariño. Lo mismo aquí que en el extranjero. 

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Foto: Hemeroteca El Universal

—No era tacaño. Nada de avaro tenía. Ordenado. Muy organizado. Así era. Muy señor. Y también muy claridoso. Claridoso. Eso lo define. No que fuera grosero. ¡Qué va! Enérgico sí. Y le gustaban los cuentos verdes. Le gustaba contarlos. Que le contaran buenos cuentos. Y hacerlos él mismo. Hasta a su costa. 
Me acuerdo que un día: —¿Ya saben que dicen que me parezco a Tláloc? —me dijo. 

— ¿Por qué, señor Presidente? 

— A ver, adivine — invitó zumbón. 

— No doy, señor Presidente. Me rindo. 

— Pues dicen que me parezco a Tláloc porque soy feo, pesado y muy difícil de manejar... !Ja! !Ja! ¡Ja! 

—Y le gustaban los “albures”. 

Y —quizá usted lo recuerde— disfrutaba cuando intercalaba: 

— Cuando escucho aquello de que “los poblanos somos dos caras, me dan ganas de reir” . Y replicó: “¿Creen que si fuera así yo no me pondría otra mejor que ésta?"

—Le digo que era claridoso. Tres cualidades exigía de sus colaboradores. Lealtad al gobierno y a su persona. Respeto al presupuesto. Y eficiencia. Decía:

—Las violaciones al presupuesto son como violaciones a la lealtad, a la línea política de mi gobierno. ¡Eso no lo tolero!

—A menudo repetía: —Yo no quiero —cuando llegue la hora— dejar a mi sucesor un país empantanado en deudas.

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Foto: Hemeroteca El Universal

No trabaje tanto mi amigo

—Siempre se quejaba de trastornos digestivos. Pero era un hombre sano. Se creyó enfermo de úlcera. Nunca se la hallaron. José María de la Vega, su médico, lo revisaba puntualmente. Todo comenzó en diciembre del año pasado.

—Un día de ese mes fui a visitarlo y lo hallé descompuesto. 

El ex Presidente sufría. Un cólico lo retorcía. Era sábado. Llamaron a Salvador Zubirán

Llevaron a don Gustavo Díaz Ordaz al hospital ABC. Le diagnosticaron oclusión intestinal. Deciden operarlo. Díaz Ordaz se resiste. Propone que intervengan “después de Navidad para que los médicos y yo estemos en paz”.

El 26 de diciembre el mal no cede. Lo operan. 

—Creo que le hallaron un tumor maligno en el hígado. Tumor inoperable. Los médicos confían el hallazgo a los familiares de don Gustavo. Deciden ocultarle su verdadero mal.

Abandona el hospital. Convalece en Acapulco.

—Lo alcancé en Acapulco. Se sobreponía. Se recuperaba. Hasta que le vinieron los fríos y las calenturas vespertinas. Nada lo calentaba. No hallaba alivio. Y recordó que fue un niño palúdico. Y se puso a ver médicos. Hasta que le dijeron la verdad.

—Esta es mi despedida mi amigo. Tengo cáncer. Me voy a morir. Le daré un consejo. No trabaje tanto. No se mate. No vale la pena. Nadie es inmortal. Y nada se lleva uno de aquí. 

“Me someto al juicio del pueblo” (VI informe, 1970)

- “La fuerza sólo se usó para contener la violencia”, en referencia a Tlatelolco

Por Enrique Arranda Pedroza, reportero de EL UNIVERSAL

Tenso. Visiblemente emocionado. Controlando cada uno de sus gestos y palabras. Convencido de haber cumplido “la más amarga y luminosa de mis experiencias”, el hombre del ‘68 pronunciaba así sus últimas palabras como Presidente de la República.

“Con la conciencia tranquila, al pueblo de México puedo decirle: Misión cumplida”. Ocho palabras más serviría a Gustavo Díaz Ordaz para clausurar, de hecho (1º de septiembre de 1970), una de las administraciones presidenciales más controvertidas de los últimos tiempos: “Sereno me someto a juicio inapelable del pueblo”.

Antes, saliendo al paso a las críticas que se hacían a su gestión por los hechos sangrientos del 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, Díaz Ordaz había señalado:

“Si llegó a hacerse necesaria la represión legal a actos delictuosos no fue sino una consecuencia natural de la presión que pretendió ejercerse contra el Gobierno. Para los observadores de buena fe, es evidente que nunca se trató de resolver los problemas con la fuerza y que ésta sólo se usó para contener la violencia y propiciar un clima de paz que permitiera afrontar los problemas dentro de la ley”.

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Gustavo Díaz Ordaz saliendo de Palacio Nacional tras dar su quinto informe de gobierno, en 1969. Foto: Archivo El Universal

Ese mismo 1º de septiembre, Díaz Ordaz recordó a Benito Juárez para establecer que “podía condonar las ofensas personales que se me hagan; pero no está en mi arbitrio permitir que se ultraje impunemente la dignidad del gobierno y que sea el escarnio y la befa de los malvados”.

Un año antes, cuando aún se escuchaban las protestas estudiantiles y de los sectores más radicales de la izquierda mexicana por la represión ejercida el 2 de octubre de 1968, el entonces Primer Mandatario se había responsabilizado totalmente de lo sucedido entonces.

“Por mi parte -dijo en su V informe de Gobierno-, asumo íntegramente la responsabilidad: personal, ética, social, jurídica, política e histórica, por las decisiones del gobierno en relación con los sucesos del año pasado”.

Nunca Díaz Ordaz fue un tipo medroso. De carácter seco y dado a las decisiones terminantes, asumió en forma plena sus responsabilidades como gobernante y en momentos de dificultad extrema -como en el movimiento estudiantil de 1968-, dejó entrever algunos rasgos de su carácter particularmente severo.

Explicó al congreso los hechos de Tlatelolco

Una, en apariencia, intrascendente pugna entre grupos estudiantiles preparatorianos y la posterior intervención del Ejército Mexicano al tomar las instalaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México sirvieron como detonante a la más grande movilización popular que se haya realizado en el país durante las últimas décadas.

No se equivocan aquellos que consideran que el Movimiento Estudiantil del ‘68 ha sido el más claro y peligroso reto que se haya hecho al sistema político mexicano en la época postrevolucionaria.

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Foto: EFE/ Acervo Comité 68

Cuándo aún el problema no alcanzaba dimensiones nacionales, cuando los mítines y manifestaciones no llegaban aún a tomar el primer cuadro capitalino, Díaz Ordaz, desde Guadalajara, habría de ofrecer su mano como muestra del deseo gubernamental de instrumentar fórmulas legales que permitieran llegar a un acuerdo con los dirigentes estudiantiles:

“Hay que restablecer -señaló el 1º de agosto de 1968 en la Perla Tapatía- la paz y la tranquilidad pública. Una mano está tendida; los mexicanos dirán si esa mano se queda tendida en el aire. Me han dolido en el alma esos deplorables y bochornosos acontecimientos. No ahondemos más las diferencias, dejemos de lado el amor propio, en la inteligencia de que me incluyo, naturalmente, yo”.

La mano ofrecida se quedó tendida y, apenas dos meses después, el Ejército disolvió con armas de fuego la magna manifestación que concluiría con un mítin en la Plaza de las Tres Culturas.

He aquí algunas de las cosas que dijo como parte de V Informe de Gobierno, en referencia directa a lo acaecido en octubre de 1968:

“La forma anárquica e irracional del conflicto del año pasado impidió a algunos ver el sustrato real de ciertos problemas y esas necesidades sociales no resueltos cabalmente, en diversas esferas de la vida nacional. Que se haya pretendido manejar esos problemas y esas necesidades con fines políticos e ideológicos encaminados a otros propósitos que el de plantearlos y contribuir a resolverlos fue, además de un acto de grave irresponsabilidad, algo que resultaba inaceptable.

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“Sin bandera programática y gran pobreza ideológica, por medio del desorden, la violencia, el rencor, el uso de símbolos alarmantes y la prédica de un voluntarismo aventurero, se trató de desquiciar a nuestra sociedad… Se intentó empujar a la Nación a la anarquía.

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Foto: EFE/ Acervo Comité 68

“Unos buscaban que los acontecimientos exaltaran la resistencia a los cambios y se provocara un retroceso nacional, con miras a ganar posiciones o recuperar caducos privilegios. Otros, habitualmente inactivos, de súbito obsedidos por la acción, pensaron hacer realidad inmediatamente sus anhelos ideológicos, nutridos en la ensoñación y en lecturas mal digeridas.

“Habíamos anticipado que ninguna presión obligaría al gobierno a aceptar lo ilegal o inconveniente y menos a mediatizar la soberanía de la nación en aras de un compromiso internacional.

“El Ejército Nacional tiene la grave responsabilidad de mantener la tranquilidad y el orden internos, bajo el imperio de la Constitución, a fin de que funcionen nuestras instituciones, los mexicanos puedan disfrutar de la libertad que la ley garantiza y el país continúe su progreso. La forma en que cumplió su cometido es prueba clara de que podemos confiar en su patriotismo, su convicción civilista e institucional: restablece el orden y vuelve de inmediato a sus actividades normales”.

Díaz Ordaz no sólo fue ‘68

Durante su periodo presidencial, Díaz Ordaz impulsó la reforma educativa, distribuyó tierras entre los campesinos del país, logró que el Primer Mandatario Richard M. Nixon aceptara la iniciación de gestiones para que México recuperara el Corte de Ojinaga.

En el curso de su administración se realizaron, como hechos de especial relevancia, las Olimpiadas (1968), el IX Campeonato Mundial de Fútbol (1970) y, cuando los astronautas Armstrong, Collins y Aldrin pisaron por primera ocasión en la historia de la humanidad suelo lunar, dejaron ahí un mensaje enviado a nombre del pueblo de México. 

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Díaz Ordaz tras la inauguración de los Juegos Olímpicos de 1968. Foto: Archivo El Universal

Ya para concluir su administración, Díaz Ordaz concedió una extensa entrevista televisiva al doctor Ernesto Sodi Pallares, donde él mismo hizo una evaluación administrativa.

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Entonces, él mismo reconoció que las condiciones económicas en que vivía el campesinado nacional eran muy precarias. Expuso que la iniciativa enviada por él al Congreso de la Unión para que se renovara la Ley del Trabajo, era una de sus más importantes gestiones y rechazó que México pretendiera erigirse como líder de los países latinoamericanos.

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El entonces Presidente, en la cena de bienvenida que ofreció a los astronautas Armstrong, Collins y Aldrin, durante su visita a México. Foto: Archivo El Universal

Durante tal entrevista también Díaz Ordaz expuso que los líderes obreros y campesinos que para entonces llevaban ya muchos años en el poder de sus respectivas centrales, debían ser suplidos por otros de menor edad y con la nueva visión del país que tenía entonces la juventud.

En el Senado se le rendirán Honores; será sepultado en el Panteón Jardín

Por Gregorio A. Meraz, reportero EL UNIVERSAL

En una ambulancia de la agencia funeraria fue conducido desde su residencia el cuerpo del licenciado Gustavo Díaz Ordaz, quien fuera presidente de México.
Detrás, en automóviles, seguían sus hijos, el ingeniero Gustavo Díaz Borja y Alfredo Díaz Borja, acompañados de sus esposas, parientes y amigos.

A las 17.00 horas, al llegar, el cuerpo fue maquillado y vestido con un traje negro, para ser colocado luego en un ataúd del mismo color, para posteriormente trasladarlo a la capilla ardiente número 3.

Otros dos servicios que se prestan en las capillas 2 y 4 fueron cambiados. A esa misma hora, una compañía de fusileros del Estado Mayor Presidencial llegó al lugar para rendir un homenaje póstumo al Jefe del Ejecutivo.

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Foto: Archivo El Universal

Al frente desfilaba -debidamente escoltada- la bandera nacional. Todos los militares portaban en señal de luto un listón negro en el brazo izquierdo y la banda de guerra cubría de negro, también, sus instrumentos.

El día era claro. Un sol brillante comenzaba a perderse en el oriente, como despidiendo al político muerto. Fuera de la agencia, la presencia de los fusileros llamó la atención de los transeúntes, de los automovilistas, que preguntaban qué sucedía. “La pérdida de un político, de un Presidente de México, es siempre una pérdida lamentable”, comentaban algunos.

Otros, se limitaban a ver con asombro los preparativos que se hacían al saberse que estaban por llegar el Presidente José López Portillo. Agentes iban y venían. Los periodistas corrían de un lado a otro, en busca de las opiniones de los hombres de la política respecto al deceso de Díaz Ordaz.

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Luego, comentaban, paseaban, mientras algunos escribían ahí mismo sus notas. Dentro de la agencia, junto al acceso a la capilla 3, permanecían inmóviles los militares que escoltaban al lábaro patrio. La bandera que -a su paso constante- saludaban respetuosamente los oficiales.

En todos lugares, se escuchaba un rumor suave, de pláticas casi al oído, que se rompía esporádicamente cuando algún periodista -en voz alta- pasaba información a su medio. O por el incesante ruido metálico de las cámaras fotográficas, imprimiendo gráficas de los funcionarios, de los secretarios de Estado que llegaban.

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Foto: Archivo El Universal

Era una constante ir y venir de personas enlutadas, de colaboradores y amigos de la familia, de agentes de seguridad y de oficiales.

A las 19.15 horas, cuando comenzaba ya a oscurecer, el autobús “Quetzalcóatl I”, se detuvo frente a la agencia, escoltado por motociclistas. Se abrió la puerta y descendió el Presidente José López Portillo, vestido de negro. Atrás, apareció Luis Echeverría Alvarez y luego algunos miembros del gabinete. Se dirigieron decididamente hacia la capilla ardiente, pasando por una valla que formaban fusileros.

Subieron hasta el lugar donde se vela el cuerpo del licenciado Gustavo Díaz Ordaz. Montaron una guardia de honor y dieron el pésame a los parientes. Después de cinco minutos, aproximadamente, salieron. El Presidente habló un momento con los periodistas para expresar su opinión por la muerte del ex Presidente. Luego de otros cinco minutos, abordó nuevamente el autobús presidencial para perderse en la oscuridad de la noche.

Otra vez, periodistas iban y venían. Detuvieron a Luis Echeverría Alvarez. El emitió algunas declaraciones para continuar hacia una limusina negra que le esperaba a la entrada de la agencia.

Concedió una última entrevista para la televisión y se marchó, seguido de varios automóviles en los que viajaban sus ayudantes. Los fusileros se marcharon también y en el lugar reinó una gran calma, un silencio profundo de respeto al político ido.

Hoy, el ataúd que contiene los restos del licenciado Gustavo Díaz Ordaz será llevado al Senado de la República, a las 11 horas, donde se le rendirá un homenaje póstumo, para luego ser conducido, a las 13 horas, al Panteón Jardín, donde será sepultado.

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Foto: Hemeroteca El Universal

“Me consta el esfuerzo que hizo para asumir su responsabilidad”

Por Gregorio Meraz, reportero EL UNIVERSAL

“El licenciado don Gustavo Díaz Ordaz fue un gran ejecutivo que afrontó -durante su gestión presidencial- los problemas serios; problemas que resolvió siempre como varón con valor. Fue responsable y digno; un gran mexicano cuya pérdida lamento”. 

Así se expresó ayer por la tarde el Presidente López Portillo, momentos después de llegar hasta la agencia funeraria en la que -desde las 14:50 horas- se vela el cuerpo del ex Presidente de México.

El Primer Magistrado hizo una pausa y luego recordó: “Colaboré con él, modestamente, como asesor jurídico de la Secretaría de la Presidencia y aprecié sus dotes de político, de estadista y de jurista”.

“Conviví con él -enfatizó el Presidente López Portillo- en momentos muy dolorosos y me consta el esfuerzo que hizo para asumir su responsabilidad. Era un hombre responsable, eso es lo que podría decirles, que lamento la muerte de don Gustavo Díaz Ordaz”.

fjb

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