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Desde que era niño, Alejandro Paniagua Anguiano (Ciudad de México, 1977) concibió la poesía como un género para narrar. Lo vio en la Ilíada, en el Poema de Gilgamesh. Y esta idea prevalece en su libro más reciente, También fui la fosa común de mi materia (Dogma Editorial, 2025), aunque sus referentes son absolutamente contemporáneos. Para Paniagua, la idea original de la poesía narrativa viene de Muerte en la rúa Augusta, de Tedi López Mills: “Ella le llama un poema novelado. Y me encanta pensarlo así porque significa regresar a la posibilidad narrativa del poema”, afirma, en entrevista.
El autor insiste en que, al final del día, el primer contacto que tuvo con la poesía fue a través de sus posibilidades narrativas, pero varias décadas después, ya como escritor formado, la respuesta siempre será que su referencia directa es López Mills.
Más allá de influencias y referentes, Paniagua explica que el origen de También fui la fosa... es una especie de catársis. Su propia situación al recapitular ciertas escenas autobiográficas: la dificultad de la vida ante la violencia intrafamiliar, la violencia del mundo y la violencia de quien se vuelca contra sí mismo; los padecimientos digestivos, el alcoholismo y la persistencia de los trastornos: epilepsia, depresión, ansiedad, temperamento obsesivo-compulsivo. Lo describe como una narración descarnada, fuerte, clara y desgarradora: “Mis lamentos convertidos en música. Pero está la posibilidad de entender que aunque la vida esté llena de cosas terribles, siempre hay algo de belleza”.
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Ganador de premios como el Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano 2009 y el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés 2015, Paniagua cuenta que, lleno de admiración, le dejó un ejemplar del libro al poeta Fabio Morábito, quien elogió que al universo sórdido descrito lo sostenga “un ritmo y una musicalidad sapientes”, así como el dominio sobre “un material volátil, disparatado, guiñolesco, sujetándolo con mano firme dentro del derrotero de la poesía”.
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