Acabar lo que inicio ha sido el reto mayúsculo al que me he enfrentado en los últimos 28 años. Y muchas veces he fracasado en el intento. En los días de mi juventud temprana pensé que el talento lo era todo. Y no pasaron muchos años para darme cuenta que el talento está sobrevalorado. A lo largo del camino me he encontrado a un sinnúmero de personas con grandes talentos pero que, por una u otra razón, se han quedado tiradas en las brechas.

Es cierto que el talento sirve, y mucho, para avanzar en el recorrido. En todo caso, para encontrar atajos que permitan hacerlo con mayor rapidez que otros. Pero explicar el éxito —que resulta de enfrentar y solventar las dificultades— por el talento mismo, como lo sugieren algunas organizaciones, es naufragar en el engaño.

Dice muy bien John C. Maxwell que el talento provee la esperanza para el logro, pero la perseverancia lo garantiza. Esa perseverancia de acabar lo que se emprende.

Y no tengo duda que allí radica una de las mayores virtudes de quien ejerce el oficio del periodismo o de quien ha emprendido la construcción de un medio periodístico. Más allá de la necesaria dosis de talento creativo y de las herramientas técnicas que requiere el periodista, es la perseverancia la savia que nutre y extiende el alcance de sus logros.

Lamentablemente en estos tiempos en los que se han impuesto las concepciones de una vida confortable, exenta de resistencias, y de resultados “exprés”, la perseverancia para hacer que las cosas ocurran se ha despreciado aun en las redacciones del país. Es lamentable porque nunca como ahora se requiere tenacidad, esa noble y firme resistencia, para alcanzar los objetivos públicos que entraña el ejercicio periodístico de perseguir la verdad.

En estos 15 meses y medio que he publicado esta columna en EL UNIVERSAL lo he hecho con honestidad. No exento de muchos errores seguramente por mis escasos talentos para el periodismo económico a pesar de los ya muchos años de ejercerlo en distintos medios del país. Esta es mi última entrega en el diario, convencido de que los periodistas tenemos una deuda de perseverancia con una sociedad que —me aferro a creer— no ha perdido la esperanza.

Mi agradecimiento a todos quienes hicieron posible que “El Observador” se publicara durante todo este tiempo en estas páginas. Un abrazo particular para aquellos que con paciencia se detuvieron a leer estas líneas.

Twitter:@SamuelGarciaCOM
E-mail:samuel@arenapublica.com

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