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Por qué la democracia no sirve

Sabina Berman

Trump no esperó la votación. Entró a la cabina de mandos, se quitó el saco, tomó el asiento del piloto, saludó por el micrófono a los pasajeros y apretó el botón del tablero que decía despegue...

Sócrates recién había tomado asiento en la cabina de la primera clase de un avión, cuando vio entrar y sentarse a su lado a Donald Trump, el rollizo presidente de América, ojo de huracanes de odio. 

Luego entró a sentarse a su otro costado Nicolás Maduro, el presidente que recién había disuelto el congreso de Venezuela y lo había suplido con una horda variopinta de mansos aduladores.

Por fin fue Peña Nieto, el presidente de México, recién señalado por la compañía española OHL como el receptor de sobornos millonarios, quien recorrió el pasillo y fue a sentarse junto a una ventanilla posterior. 

Sócrates dijo en voz alta: 

—Por gobernantes como ustedes siempre estuve en contra de la democracia. 

Sócrates no era un señor proclive a las riñas, pero sí era un incontinente de la verdad: era incapaz de no decirla en voz alta, por más inconveniente que fuera, y esperó resignadamente que uno de los tres mandatarios, o acaso los tres por turnos, le respondieran de forma airada. 

Se equivocó. Ninguno le respondió. Estaban fuera del radio de la prensa y no vieron la necesidad de gastarse en debates con un señor vestido en una túnica, con sandalias y un halo de cabello y barba alrededor de una jeta chata y torcida. 

Así que el filósofo ateniense reanudó su argumento en voz alta: 

—Creo que no me han entendido, así que vuelvo a empezar —dijo —¿Por qué diablos es una buena idea que gobierne quien ha sido elegido por una mayoría de ciudadanos? 

Donald Trump sacó un celular de una bolsa de su saco azul y se puso a teclear en él mensajes que enardecerían a su país. Peña abrió una revista de arquitectura, para elegir las casas que compraría al término de su mandato. Maduro cerró los ojos. 

Así que Sócrates se respondió a sí mismo: 

—Si la mayoría tuviera la sabiduría para entender qué es necesario para un buen gobierno, el gobierno no sería necesario. Sería posible una anarquía sabia y dinámica, en que cada cual hiciese lo necesario para la felicidad común. 

—La dura verdad es esta —siguió el filósofo—, el voto no debería ser un derecho para cualquier persona, por el mérito dudoso de ser mayor de 18 años. Deberían tener derecho al voto únicamente quienes pasaran un examen en que quedara demostrada su habilidad para discernir lo que es necesario para el bien común. Y los otros, los demasiado torpes o demasiado indolentes para estudiar la materia, los que votan porque un candidato les simpatiza o tiene buen aspecto, como sucedió con el señor Peña Nieto, o porque odian a los otros candidatos contendientes, como sucedió con el señor Trump, o porque el candidato les promete soluciones fáciles e imposibles, como sucedió con el señor Maduro, deberían tener vetado el voto. 

Peña le dijo entonces: 

—Señor. ¿Ve esa almohadilla tirada en el piso del pasillo? ¿Me la pasa por favor? 

Sócrates alargó el cuerpo, recogió la almohadilla y se la pasó, y en ese momento fue que una azafata entró en la primera clase y anunció: 

—Señores, tenemos un problema. Nuestro piloto tiene una indigestión de mariscos. ¿Alguno de ustedes sabe pilotear un avión?

Trump alzó la mano. 

—Yo sé hacerlo todo mejor que nadie —mintió. 

Y como prueba extrajo de una bolsa de su pantalón los códigos para ordenar un ataque nuclear. 

—Yo estoy perpetuamente guiado por pájaros angélicos —mintió Maduro alzando la mano. 

Y como prueba extrajo de la bolsa del pecho de su guayabera una foto enmicada de Chávez, su pájaro mentor.

—Yo soy piloto de guerra con 3 mil horas de vuelo —mintió Peña Nieto. 

Y como prueba mostró su sonrisa de dientes blanquísimos. 

La azafata dijo:

—Bien. Ustedes son los candidatos para pilotear el avión. Ahora pondremos a votación de la clase económica quién de ustedes nos llevará a buen puerto. 

Sócrates protestó: 

—De ninguna manera. No pondremos a votación algo así de crucial como quién pilotea nuestro avión. Nos jugamos la vida en ello, ¿no lo entienden?

—Lo que haremos —le indicó Sócrates a la azafata—, es pedir a estos señores las credenciales que los confirman como buenos pilotos. Luego cada uno expondrá la ruta de vuelo detalladamente. Y sólo votarán por uno u otro los pasajeros que saben cómo juzgar el asunto, es decir: los que son pilotos ellos mismos. Sería ridículo que perdiéramos la vida por una fe ciega en el método democrático. 

Lo dicho antes: Sócrates desconfiaba de la democracia, porque le parecía un método irracional para elegir a gobernantes, pero tenía otro motivo, más personal, que acá narro. 

En la Atenas clásica, Sócrates fue acusado de pervertir a los jóvenes al enseñarles a pensar fuera de todo dogma. 500 atenienses fueron convocados a juzgar el asunto en una votación. El SÍ había ganado por escaso 4% y, por tanto, Sócrates había sido forzado a beber una copa de cicuta. 

Así fue como Atenas asesinó a uno de sus mejores pensadores: por un 4% de votantes más o menos ignorantes de lo que es la filosofía y para qué puede servir. 

Pero regresando al avión. Donald Trump no esperó la votación. Sencillamente entró a la cabina de mandos, se quitó el saco, tomó el asiento del piloto, saludó por el micrófono a los pasajeros y apretó el botón del tablero que decía “despegue”. 

Diez minutos más tarde, en medio de un cielo desaforadamente azul, el avión plateado —pum— explotó. 

Y una ola de suspiros de alivio recorrió el planeta. Con él había explotado la tarjeta con los códigos nucleares, que le hubiesen permitido a Trump, por esto o por lo otro, o por un simple capricho, explotar al planeta entero. 

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