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El Papa y sus doncellas

28/10/2018
02:03
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La sonriente monja Brígida entregó el gancho del que pendía la sotana blanca y recién planchada al papa Francisco, todavía en bata en su habitación.

Mientras se la pasaba por la cabeza y luego la alisaba con ambas manos, disfrutando la tersura del planchado, el Santo Padre dictó a la monja Eustaquia, sentada en un banquito, pluma fuente en una mano, cuaderno en una mesilla, su réplica a las monjas feministas de Buenos Aires.

—Hermanas en la fe. Connacionales adoradas. Me requieren ustedes un cambio en la operación de la religión. Quieren ustedes oficiar misa.

La monja Eustaquia apuntaba en el cuaderno con su meticulosa letra palmer cuando entró a la habitación la monja Alexandra trayendo en una charola el desayuno del Pontífice. Dos huevos estrellados, pan tostado, una cafetera pequeña con café, un tarrito de leche caliente, y lo colocó en la mesa que servía también de escritorio.

—Debo, queridísimas hermanitas, asegurarles que me es imposible concederles su pedido —siguió dictando el Papa y fue a sentarse ante su suculento desayuno.

La monja Alexandra le sirvió en la taza el café aromoso y luego la leche en tanto el Papa pronunciaba:

—Y les explico el por qué, queridas mías.

—Disfrute, Santo Padre —dijo la monja Alexandra y retirándose de espaldas se cruzó en el umbral con la monja Eugenia, que entraba con las zapatillas blancas recién boleadas del Pontífice. Se arrodilló debajo de la mesa y calzaba los piecitos en calcetines blancos del Santo Padre cuando él siguió dictando:

—La mujer ha sido puesta en nuestro mundo para cumplir una misión mucho más alta que la de oficiar la misa o la de realizar funciones prácticas.

La monja Eurídice se acercó con un teléfono celular dorado en una mano. Dijo en voz muy baja:

—Lo llama el Obispo de Turín.

El Papa dijo a su vez, muy quedo:

—Dígale que sigo dormido —y le cerró pícaramente un ojo.

La monja escribana, Eustaquia, le recordó entonces, también silabeando, sin voz, su última línea del mensaje a las monjas de Buenos Aires:

—… ha sido ha sido puesta en nuestro mundo para cumplir una misión mucho más alta que la de oficiar la misa o la de realizar funciones prácticas.

—Ah sí —dijo el Papa, y completó la idea: —Ha sido colocada en nuestro mundo para ser una madre para cada uno de nosotros, los toscos varones. Una madre toda generosa, toda armonía, toda humildad. ¡Ah! —se emocionó de pronto el Pontífice—, ¿qué sería de nosotros sin nuestras madres, las mujeres del mundo?

Entonces apareció a media habitación la monja Eduviges, que venía a hacer el aseo del sanitario del Papa, con una cubeta dorada en la diestra y una escobeta también dorada en la siniestra.

—¿Puedo pasar al santo sanitario? —preguntó en latín.

—Pase, pase —contestó en latín el Papa. Y luego preguntó en voz alta: —¿En qué estaba?

—¿Qué sería de nosotros —le recordó la monja Eustaquia su última frase al Pontífice— si nuestras madres, las mujeres del mundo, realizaran una huelga internacional el siguiente 8 de marzo?

El Papa se quedó pensativo mirando a su escribana. Pero la monja Eduviges estaba ya enrielada en la redacción de la carta a las monjitas rebeldes de Buenas Aires y la continúo:

—¿Qué pasaría si exigen iguales derechos y deberes mediante una huelga mundial, que obligase a los varones al amor real y concreto de las hembras de la especie?

El Papa observó a su escribana, verídicamente confundido.

—Hay algo peor que el odio —siguió redactando y escribiendo la monja Eduviges, como si la Virgen le dictara a ella—: el amor abstracto. Porque el amor abstracto al prójimo coloca en el sitio donde debiese asentarse un ángel de bondad, un ángel de cera, muerto y falso.

El Papa dio un sorbo a su café con leche. Luego preguntó:

—¿Se acabó la broma, sor Eduviges?

—Se acabó la broma, santo Padre —convino ella.

—Continuemos pues —dijo el Santo Padre. —¿En qué estaba yo?

La monja leyó de su cuaderno:

—¡Ah, ¿qué sería de nosotros sin nuestras madres, las mujeres del mundo?!

Periodista y escritora de ficción —de drama y de prosa—.
 

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