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El deporte más practicado a nivel mundial, el que tiene el mayor número de seguidores, es un gran negocio, nadie lo puede poner en duda. Los números y las cifras que se mueven alrededor del futbol son enormes. No es ninguna mentira que, desde sus inicios a nivel amateur, no había forma de ocultar cómo éste se ligaba al comercio y la industria; lógicamente, con el tiempo y la profesionalización dejó de ser el medio de promoción de unidades de negocio para convertirse en una.
Paradójicamente, el futbol se encuentra dentro de los negocios más fructíferos de este planeta. Una de las principales protagonistas de este mercado es la televisión, la cual juega un papel fundamental. No es solamente el medio productor de emociones, es la generadora del objeto del deseo, ese producto por el cual la oferta y la demanda discrepan, disputan y convierten en la manzana de la discordia a un equipo de futbol.
En México, las transmisiones comenzaron a tomar fuerza y se convirtieron en pieza fundamental de la economía pambolera. La devoción casi religiosa con la que se siguen los partidos de la Selección Mexicana develó el lucrativo negocio que había en manos de uno solo y, en víspera de la más reciente negociación con Femexfut, sacó el lado más codicioso de todos los involucrados, iniciando una arrebatadora lucha por el “tener”, que concluiría en una guerra por el poder, en la que pocos salieron ganando.
A más de un mes de haberse dado a conocer que Televisa y TV Azteca continuarían siendo las casas del equipo tricolor para los dos próximos ciclos mundialistas, las cosas no están nada bien dentro del medio futbolístico mexicano. Y es que, apegándose a la existencia de una cláusula de renovación, el Comité de Comercialización de la FMF fue orillado a desechar una oferta mucho más jugosa presentada por América Móvil, que —junto a NBC Universal y Telemundo— ofreció mucho más que las actuales dueñas de los derechos de transmisión.
Esto ha derivado en una ruptura entre los dueños del balón en México. La filtración de documentos, las posturas mostradas por quienes no estuvieron de acuerdo en la adjudicación de los derechos, segregando así a los altos mandos del futbol mexicano. Los grupos van tomando forma; Jesús Martínez comanda uno y sin necesidad de declarar una guerra, silenciosamente nos hacen seguir hablando del tema.
La reciente salida de Emilio Azcárraga de Grupo Televisa, el reportaje de The New York Times sobre la empresa Mountrigi, filial de la televisora de Chapultepec con una investigación a cuestas sobre irregularidades en las negociaciones de derechos para transmitir justas mundialistas por los próximos 16 años, aparecen justo cuando parecía que
ya nos habíamos sacudido toda la resaca.
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