La violencia contra las mujeres que buscan el poder

Natalia Calero

Debemos echar abajo los estereotipos discriminatorios que persisten sobre el rol de las mujeres y hombres y la cultura machista profundamente arraigada

“Quemaron mi coche, mi casa y la de mis papás, y me llevaron tomada como rehén a la plaza, donde me pegaron y me hicieron cortes con machete en la cabeza.” Esta es la historia que Elisa Zepeda, hoy diputada local de Oaxaca, compartió con ONU Mujeres en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres.

Elisa, como muchas mujeres que han decidido participar en política, ha sufrido violencia por el hecho de ser mujer y tener una voz pública.

El aumento del número de mujeres en cargos de decisión, sobre todo después de la reforma constitucional que garantizó la paridad en el poder legislativo, ha puesto de manifiesto los obstáculos que deben enfrentar las mujeres para acceder al poder.

Cuando las mujeres deciden postularse a un cargo de elección no solo deben hacer frente a la férrea oposición dentro de su propio partido político para poder alcanzar una candidatura, sino que se topan con la violencia de las y los contrincantes y con la de la propia comunidad. Si logran vencer, prodigiosamente, todos los impedimentos, deben entonces hacer frente a la violencia que vivirán en el encargo como funcionarias públicas.

La violencia política contra las mujeres se invisibiliza en la creencia popular de que la política es una arena “naturalmente” agresiva y que afecta por igual a mujeres y hombres. No obstante, esta es una idea equivocada. En la política, las mujeres no solo compiten con las y los demás contendientes -como lo hacen también los hombres- sino que sufren, además, discriminación por el hecho de ser mujeres.

“Esto te pasa por meterte en asuntos que no te corresponden”, le decían a Elisa unos funcionarios mientras la golpeaban. Detrás está el estereotipo de que a las mujeres les corresponde el espacio privado, el del hogar, y a los hombres el público, el ejercicio del poder en este.

La eliminación de la violencia política contra las mujeres nos corresponde a todas y todos. En primer lugar, debemos echar abajo los estereotipos discriminatorios que persisten sobre el rol de las mujeres y hombres y la cultura machista profundamente arraigada.

Las mujeres deben participar en política en igualdad de condiciones no solo porque es un derecho humano fundamental, sino porque no es posible hablar de democracia sin su participación plena. Incluir en la toma de decisiones a las mujeres, entendidas ellas en su propia diversidad (indígenas, con discapacidad, urbanas, rurales, con diferentes situaciones económicas), impulsa el diálogo y la búsqueda de soluciones distintas a los problemas complejos que enfrentamos diariamente como sociedad.

Debe, también, regularse la violencia política contra las mujeres. Esto permitirá que las diferentes instituciones de gobierno puedan prevenirla, atenderla y sancionarla con mayor eficiencia y eficacia. El Estado debe garantizar que las mujeres puedan contender a los cargos y los ocupen sin sufrir violencia.

Este año, en el marco del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y las Niñas, bajo el lema #EscúchameTambién, desde ONU Mujeres buscamos escuchar y darle protagonismo a las voces de las mujeres sobrevivientes y activistas, de todas las identidades.

Por todas aquellas mujeres que como Elisa Zepeda han decidido luchar a pesar de la violencia que han vivido, tenemos la responsabilidad de implementar acciones para que las mujeres puedan ejercer su liderazgo y sus derechos plenamente, sin violencia. Solo así podremos tener sociedades igualitarias, pacíficas y prósperas.
 

Especialista en Gestión de Programas en ONU Mujeres

 

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