Se encuentra usted aquí

¿Salario mínimo al Presidente?

El recorte del salario de López Obrador disminuirá la brecha con el resto de los salarios por ocupación, pero no añade nada a los estándares de vida del maestro, el obrero, el profesionista
20/11/2018
03:09
-A +A

Durante la llamada insurgencia sindical de los años setenta, las manifestaciones obreras coreaban en las calles la frase que da título a esta nota, aunque no con interrogaciones, sino como demanda moral. La afirmación se secundaba con el estribillo: “Para que vea lo que se siente.” La alharaca de los administradores de imagen del Presidente Peña sobre el raquítico aumento al salario mínimo en 2018, es ridícula, en la medida que su monto no alcanza siquiera los 90 pesos diarios, y el salario presidencial es de 7 mil 200, es decir, 80 veces superior. Como puede observarse, la consigna sigue vigente como condena moral.

La economía mundial entró en crisis en los años setenta y la respuesta neoliberal (Reagan, Thatcher) fue atacar los salarios, es decir, a sus receptores, los trabajadores. En los Estados Unidos, los salarios promedios reales de los obreros no han subido desde entonces, aunque la productividad, las ganancias y los salarios de la alta burocracia sí han aumentado de manera muy significativa.
En México, como en América Latina, la depresión llegó en los años ochenta. Echeverría fuel el último presidente mexicano que intentó sostener los salarios reales, pero la crisis de la deuda arrastró con todo. Los salarios nunca se recuperaron, pese a que la productividad, ganancias y salarios de la lata burocracia sí progresaron.

Ahora, la nueva Ley de Remuneraciones a los servidores públicos, recién aprobada por Morena, presiona los ingresos de los puestos más elevados de la jerarquía gubernamental y otros de dirección técnica, a la baja, lo que responde a la molestia social profunda sobre la desigualdad y el estilo de vida de los políticos del antiguo régimen. Los topes salariales para la burocracia dorada deberían ser bienvenidos, aunque los límites acaso hayan ido demasiado lejos, forzados por la decisión unilateral de López Obrador de recortar su salario a la mitad, y hacer de ese nuevo ingreso la cota máxima para todos los demás salarios gubernamentales. En aras de la eficiencia, es probable que aparezcan algunas excepciones a la ley. Pero una estrategia de política salarial republicana, sin embargo, debe atender no únicamente al techo, sino, sobre todo, al piso de las remuneraciones totales, el que atañe a la mayoría de la población trabajadora. Los bajos salarios del sector público, que son la inmensa mayoría, no serán tocados, cuando deberían elevarse después de décadas de estancamiento.

Resulta iluminador echar una ojeada histórica a la distancia entre los ingresos presidenciales y los de otras categorías de ocupación, altas, medias y bajas, en el largo plazo. Don Jesús Silva Herzog padre, publicó en 1931 un estudio clásico sobre los niveles salariales por ocupación (de más de 100 puestos), divididos en dos periodos de 5 años cada uno. El primero correspondía al final del Porfiriato (1908-1912) y el segundo al quinquenio (1925-1929), la era de la dinastía sonorense de la posrevolución, la de Obregón y Calles. El resultado global de ese estudio muestra una reducción de las brechas salariales y sociales entre ambos periodos, entre la alta burocracia y la gerencia, por un lado, y los salarios de las ocupaciones bajas, por el otro. Se trata, precisamente, de la meta que urge perseguir ahora.

En el periodo 1908-1912, el salario promedio del Presidente fue de 137 pesos diarios (en pesos de entonces). El de los ministros de la Suprema Corte, 23.30 pesos diarios, y el de los Secretarios de Estado, 41. Senadores y diputados obtenían solamente 8.25 pesos diarios para vivir en aquella época, salario no muy diferente al de los mecánicos de los Ferrocarriles Nacionales, y muy por debajo del de los maquinistas, que recibían los salarios más elevados del gremio. Los salarios de estas dos últimas ocupaciones fueron de 8.17 y 14.75 pesos diarios, respectivamente. Según estas cifras, el Presidente Díaz ganaba 5.9 veces más que los Ministros, 3.3 veces más que los Secretarios de Estado, 9.3 veces más que los maquinistas del ferrocarril y 17 veces más que los mecánicos.

Hacia el quinquenio 1925-1929, la situación cambió. Como producto de la revolución, dichas brechas se acortaron. Los ingresos de ministros, senadores y diputados estaban más cerca del salario presidencial. Este último era sólo 3.3 veces mayor que el de los Ministros de la Corte y 6.6 veces más que el de diputados y senadores. En cuanto a maquinistas y mecánicos de los ferrocarriles, el Presidente obtenía 7 y 13 veces más que los salarios de aquéllos. En todos los casos, la brecha se había cerrado significativamente. Si se toma el caso de un Profesor de Escuela Primaria, Porfirio Díaz obtenía un salario 20 veces superior, mientras que Obregón, 11 veces. La distancia se había acortada casi a la mitad. Nada qué ver con el océano de la administración de Peña Nieto.
Consideremos el panorama actual. El salario presidencial del año 2017 fue de 205 mil pesos mensuales, que equivalía a unos 6 mil 840 pesos diarios. El salario promedio de un profesor de Escuela Primaria en ese año fue de 8 mil 278 pesos mensuales, ó 276 pesos diarios. El salario presidencial de 2017 era por tanto 25 veces superior al del maestro. La distancia pasó de 20 veces con Don Porfirio, a 11 con Obregón y a 25 con Peña. “Desapareció la revolución”, que había disminuido la distancia a la mitad. El recorte del salario presidencial con López Obrador disminuirá mucho la brecha con el resto de los salarios por ocupación, desde luego, pero no añade nada a la capacidad de compra y estándares de vida del maestro, el obrero, el profesionista. México tiene hoy una estructura salarial más polarizada que la del Porfiriato.

El estudio histórico de la economía muestra la existencia de ciclos recurrentes en todas sus variables, pero estos no son espontáneos o automáticos. La teoría tradicional trata al empleo y al salario como un mero residuo (fatalmente unido a la inversión privada), cuando lo que expresa es una condición de la disputa por el excedente. Es preciso, pues, orientar el segundo lado de la pinza hacia el estrechamiento de la brecha salarial entre ocupaciones. La reducción del salario presidencial es un gesto político pertinente, pero lo decisivo es impulsar y fortalecer el lado del trabajo de las negociaciones salariales. López Obrador ha reclamado la herencia cardenista como uno de sus pilares ideológicos. La congruencia reclama echar el hombro del estado del lado de los trabajadores, en las inevitables confrontaciones actuales –como el caso de las 10 universidades estatales con atrasos en el pago de salarios, donde ha habido huelgas, paros y protestas sin escucha- y las numerosas por venir, como la fijación del nuevo salario mínimo para 2019. La cercanía con el movimiento obrero operaría no meramente como una postura ecuménica hacia la igualdad, sino como puente hacia una alianza política mutuamente fructífera. Cárdenas evaluó esta perspectiva con sagacidad, en una época en que el trabajo asalariado era muchísimo menos importante que en la actualidad.
 

Profesores de la Universidad Autónoma Metropolitana y de la Appalachian State University en Carolina del Norte.