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De contrapesos y narrativas

27/02/2019
01:53
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El gobierno de Andrés Manuel López Obrador enfrenta sólo tres contrapesos eficaces: los mercados de capital, los tratados de libre comercio y la opinión pública.
 
Es claro el impacto del primer contrapeso en el comportamiento del presidente y de su gobierno.  El diseño de la exitosa campaña electoral de 2018 tenía como uno de sus principales ejes evitar que los mercados, en particular el de cambios, calificaran mal al candidato de Morena.  Gracias al espectro de posible volatilidad del peso y reacción negativa de inversionistas, el equipo económico hizo un esfuerzo para transmitir calma, redactar un proyecto de nación moderado y prometer que el candidato del cambio no cambiaría mucho.  La estrategia funcionó, incluso más allá de lo que se esperaba.  El peso se vio presionado hasta quince días antes de la elección, para después revaluarse hasta principios de octubre.  Una vez en el poder, pareciera que el lenguaje de AMLO tiende a moderarse cuando hay presión sobre el peso y extremarse cuando interpreta que la revaluación implica un voto de confianza a su gobierno.  La verdad es que las fluctuaciones del peso han estado dictadas mayoritariamente por motivos internacionales y no internos.
 
La influencia de los mercados, y de las calificadoras, ha quedado clara en términos legislativos (la reversión de la iniciativa de ley para reducir facultades al consejo de Pemex, por ejemplo), en términos del paquete económico, los nombramientos de vice gobernadores del Banco de México y otras decisiones en el ámbito económico.  Este temor y/o respeto fortalece el flanco moderado del gobierno de Morena.  A mayor aversión al riesgo a países emergentes, mayor moderación del gobierno del cambio y viceversa.
 
Los tratados de libre comercio, los que están en vigor y los pendientes por renegociar o ratificar, representan un segundo importante contrapeso que interactúa con el primero.  El gobierno de López Obrador tiene suficientes mayorías para modificar leyes, e incluso conseguirlas para la Constitución, pero no suficiente capital político o espacio de maniobra económico para emendar o violar los tratados de libre de comercio.  Las disciplinas que implican estos tratados dan un sentido de dirección a la economía mexicana y aseguran la continuidad de la apertura y la competencia en sectores estratégicos, incluido el energético.
 
La opinión pública es el tercer contrapeso, quizá el más importante, para el gobierno.  Andrés Manuel López Obrador ganó la elección al convencer a una gran mayoría de mexicanos de la necesidad de un cambio profundo y radical en la forma de hacer política y gobernar.  El resultado electoral ha implicado un viraje radical en términos de expectativas (hasta hace poco la mayoría pensaba que el país iba en la dirección equivocada, pero hoy que ya va en la correcta).  El presidente goza de una muy alta aceptación ciudadana y que no ha sido afectada de manera negativa por decisiones y eventos que, en el pasado, hubiesen sido altamente costosos, tales como la cancelación del nuevo aeropuerto, la escasez de gasolina, la tragedia de Tlahuelilpan y otros.
 
El éxito comunicacional de la campaña descansó en una narrativa muy eficaz construida sobre los siguientes mensajes, difundidos de manera muy disciplinada durante un largo tiempo: uno, el país está peor.  En todos los ámbitos: económico, de seguridad, desigualdad y corrupción.  Dos, la corrupción no sólo es vasta, sino creciente, impune y profundamente injusta.  Tres, los gobiernos del PAN y el PRI son ineficaces; como lo muestran las cifras de inseguridad, la devaluación del peso y el incremento del precio de la gasolina.  Cuatro, fue el Estado, en referencia a la tragedia de Ayotzinapa y violaciones a derechos humanos.  Cinco, la sociedad mexicana desamparada está ávida de una figura materna (Morena) o paterna (un presidente fuerte).
 
Las expectativas que ha creado el nuevo gobierno son muy altas.  La más clara y contundente es la anticipación de un incremento significativo en los salarios y con ello en la capacidad de compra y bienestar.  Las primeras cifras económicas permiten ver una alta confianza del consumidor y una relativa fortaleza del consumo en segmentos populares tanto de bienes como de inversión, incluida la vivienda.  La fortaleza pública de AMLO dependerá de que pueda cumplir más o menos con las expectativas generadas.  Para esto se requiere inversión y crecimiento de la economía.  Su principal reto residirá en crear un ambiente propicio a la inversión de largo plazo para que los incrementos salariales reales sean sostenibles en el tiempo.  Esto implica apalancar los contrapesos que enfrenta a su favor y no caer en el error de percibirlos como consecuencia de obstáculos erigidos por la “mafia del poder”.
 
Cabe también preguntarse si se puede elaborar una narrativa alternativa que compita por capturar las aspiraciones de los mexicanos.  Esta narrativa podría descansar en los siguientes ejes:
 
Uno, el país está mejor, pero no bien.  Falta mucho por hacer para incorporar a la economía moderna a regiones, sectores y segmentos de la sociedad que no se han beneficiado todavía por el crecimiento.
 
Dos, varias acciones del gobierno de AMLO parecieran reflejar cierta aversión al crecimiento; no importa el costo en términos de desarrollo si el fin es que quede claro que el cambio es profundo y radical.
 
Tres, el desarrollo depende de ti, del éxito que tengas en tu actividad cotidiana, del éxito de tu empresa, tu municipio y tu estado; no hay que esperar el éxito de México para que llegue el crecimiento.
 
Cuatro, la generación de utilidades es legítima cuando se paga bien a los trabajadores, se cumple con la ley, se respeta el medio ambiente, se innova y se invierte para crecer.
 
Cinco, la economía mexicana es ahora de una alta complejidad y tiene poco que ver con la economía de los años sesenta y setenta.
 
Seis, sin democracia, incluida al interior de los partidos, es imposible erradicar la corrupción y los privilegios.
 

Twitter: @eledece