Vivos se los llevaron y muertos están

Luis Cárdenas

Hace mucho que los llantos dejaron de ser desgarradores cuando se los tragó el silencio de la nada que viene después de la muerte. Hoy apenas hipan como un eco, las lágrimas que fueron un río de corrientes indómitas, ahora son escasas gotas que corren por las mejillas áridas de dolor.

¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!... El grito es ya monótono, gris, embozado en frustración porque la realidad, desde hace mucho, embargó al movimiento la ilusión de volverlos a abrazar.

Saben, y no tan en el fondo lo saben, que eso es ya imposible, será, tal vez, en la otra vida.

¿Dónde están los 43?, ¿viven secuestrados en la selva por guerrilleros ligados a Los Rojos?, ¿pasaron a formar parte del sicariato de Los Guerreros Unidos?, ¿están escondidos en un cuartel militar del Ejército represor que ahora es pueblo uniformado?, ¿dónde están los 43?, ¿se salvaron del fiambre en que se convirtió el suelo de la patria donde rebozan los muertos?, ¿se salvaron de convertirse en pedacitos de seres humanos que aparecen en el norte, en el centro y en el sur?, ¿dónde están los 43 que se llevaron vivos?, ¿están vivos?, ¿están muertos?

Desgraciadamente, los desaparecidos no pueden aparecer por decreto presidencial, no existe en el mundo un báculo tan poderoso que haga esa magia, no importa lo pasmoso del triunfo ni lo complejo de las ceremonias. Este país se ha convertido en un semillero de hijos de puta que no le hicieron caso a los regaños de mamá que tal vez no fueron suficientes, aquí se mata por dinero y también por placer, se desollan los cuerpos como se deshojan las hierbas, se deshacen los restos en ácido, se queman en hogueras y se pulveriza lo que queda, tantas vidas que terminan fusionadas en polvo que vuela por el aire, jodidamente desaparecido por la eternidad.

No, no son 43 y ya, van más de 37 mil desaparecidos, casi dos mil fosas clandestinas donde, lo más probable, acaban casi todos. Aquí tiene suerte, mucha suerte, quien ha logrado hallar un huesito que le da certeza de reconocer a su pérdida.

Ayer, se habló mucho de “la verdad”, así, a secas, un concepto politizado e ideologizado: ¡queremos saber la verdad!, ¿cuál verdad?, ¿la que conviene a la historia de los vencedores?, ¿la de una represión desde las más altas esferas que dejaría perplejos a los conspiracionistas más imaginativos?, ¿cuál verdad?, ¿la que conviene a las rémoras que viven de la desgracia ajena y lucran con el dolor y la ilusión de los más pobres y los más ignorantes?, ¿cuál verdad?, ¿la que provocará los vítores y los ánimos de venganza más radicalizados?, ¿cuál verdad? Ojalá que no se opte por la vía falaz, ojalá que la 4T tenga el corazón para decirle la verdad a estos deudos y a los más de 37 mil que están pendientes, ojalá que dejen de usar el dolor como una bandera política.

Vivos se los llevaron y los mataron. Una mejor consigna: ¡Ni uno más!

DE COLOFÓN.— ¡Cuánta razón tenía Paco Ignacio Taibo II!, Se las metieron doblada.

 

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