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¿Un futuro sin partidos?

11/09/2018
02:09
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Pudiéramos debatir incesantemente, como se hace desde tiempo atrás, sobre las virtudes y/o los vicios de los partidos políticos. Para el caso mexicano, sin embargo, el debate tiene algo de ocioso porque el electorado ya ha emitido su veredicto: la mayoría no quiere saber nada de ellos. El descrédito ya trasciende a la categoría y , en mayor o menor grado, afecta a cada uno de ellos. En la última encuesta nacional de Buendía & Laredo (agosto), 52% de la población no se identifica con partido alguno, 24% lo hace con Morena, 9% con el PAN, 9% con el PRI, 2% con el PRD y 4 por ciento con otras fuerzas políticas.

En solo seis años la debacle ha sido espectacular para los partidos que dominaron nuestra vida política: el PRI inició el sexenio con 37% de identificación partidista por lo que su fuerza actual es solo una cuarta parte de ella, perdiendo las lealtades de 28% de la población. Acción Nacional no perdió tantas lealtades (-5) pero está en su punto más bajo, mientras que el PRD se ha derrumbado: 14% de los ciudadanos se identificaba con el partido del sol azteca en febrero de 2013 y hoy solo lo hace una séptima parte de ellos (-12). El PRD simplemente no pudo sobrevivir a la escisión de López Obrador y de todos aquellos que le siguieron.

A pesar de ser el partido con las mayores lealtades partidistas, Morena está lejos de estar en una cómoda delantera: 24% de adhesión es una cifra baja si la comparamos con el 37% del que gozaba el PRI al inicio del sexenio de Peña. La razón es que el México que gobernará Morena es mucho más escéptico de los partidos políticos que antaño. Por mucho tiempo, alrededor de un tercio de la población negaba identificarse con algún partido político, pero de 2014 a la fecha esos números han rondado y superado la barrera del 50 por ciento. Incluso en los meses posteriores al “gasolinazo” la cifra rebasó el 60 por ciento.

El descontento con la clase política también se refleja en otros datos de encuestas nacionales: 63% señala que prefiere votar por un político sin vínculos partidistas, 73% es de la opinión de que “a la hora de votar es mejor fijarse en el candidato, sin importar el partido que lo postula”, 63% comparte la idea de que “sería mejor si en las elecciones solo compitieran candidatos sin partido” y un porcentaje similar prefiere votar por “un ciudadano que nunca ha ocupado un cargo público” (Buendía & Laredo,2017). Este fue el caldo de cultivo en el que creció la candidatura de López Obrador, quien se benefició ampliamente de una trayectoria opositora así como de su denuncia del “Pacto por México”. Al competir por un partido de nueva creación, López Obrador fortaleció sus credenciales antiestablishment en un momento donde este sentimiento alcanzó una fuerza nunca antes vista.

La historia del PRD puede ser guía para ilustrar algunos de los retos que tiene Morena por delante. En elecciones legislativas, donde la figura de López Obrador estaba ausente, el PRD solo competía regionalmente. A punto de ganar la Presidencia en 2006, el PRD recibió 13% de los votos tres años después.

En su debut legislativo, Morena solo alcanzó 9% de los sufragios. Los datos de identidad partidista ,además, muestran que la adhesión a Morena creció claramente a partir de la campaña presidencial y del triunfo de López Obrador. En diciembre 2017, solo 10% de los mexicanos se identificó con Morena, creció a 18% en vísperas de los comicios y hoy está en 24 por ciento. La “luna de miel” con el presidente electo también se ha hecho extensiva a Morena.

En lo inmediato, el futuro de Morena está inexorablemente ligado al éxito del gobierno entrante. En ello radica su posibilidad de consolidación entre el electorado mexicano (tal como lo hizo el PRD en la CDMX a partir de la gestión de López Obrador). Su mayor riesgo estriba en que el descontento con la clase política mexicana siga creciendo y que en próximos comicios el electorado vuelva a deshacerse de sus lealtades partidistas para inclinarse por un candidato carismático.