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AMLO en el Azteca

Más que la prueba de una alianza, de un pacto indecible, la llegada de López Obrador al Azteca es leída hoy como augurio de un triunfo inminente
07/06/2018
02:00
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Un cierre de campaña en el estadio Azteca, el estadio de Televisa, es la prueba más contundente de que el candidato a la Presidencia de la República que  cerrará campaña en ese sitio no puede ser sino el candidato presidencial de la mafia del poder: el candidato del Canal de las Estrellas.

No se enojen. No me refiero a Andrés Manuel López Obrador, que acaba de anunciar en Veracruz que, ante la negativa del gobierno capitalino a “prestarle” el Zócalo, llevará a cabo el cierre en el Coloso de Santa Úrsula.

Como se sabe, el panista Felipe Calderón y el priísta Enrique Peña Nieto terminaron sus campañas en dicho estadio. Como ambos resultaron ganadores de la contienda presidencial, uno en las elecciones de 2006, otro en las de 2012, hoy se dice que el Estadio Azteca es una especie de amuleto que garantiza el triunfo del candidato que pone el pie en su cancha.

He leído que cerrar campaña en el Azteca es una especie de “triunfo anunciado”.

Muy curioso.

Antes era una prueba fehaciente del contubernio entre los candidatos presidenciales y la empresa que, todavía hasta hace unos meses, era acusada de mentir, engañar, distorsionar e idiotizar al pueblo.

Escribo que hasta hace unos meses, porque en la parte final de este proceso, ante el trato amable que López Obrador ha recibido en dicha casa, la antigua percepción ha comenzado a cambiar, o por lo menos ha dejado de ser señalada.

Calderón cerró campaña en el Azteca el domingo 25 de junio de 2006. Lo que podría llamarse “la prensa de combate” denunció “el acarreo de miles”, “provenientes de diversos estados de la República”.

Calderón fue criticado porque “se limitó a repetir el mismo discurso de estos meses”.

Sus críticos lo vieron cansado, perdido, empequeñecido, incompleto. Lamentaron la presencia de Manuel Espino, quien llamó al electorado a “que nadie se apendeje” el día de las elecciones y refrendó que López Obrador era “un peligro para México.

De acuerdo con las crónicas, se trató de un cierre rutinario (“hasta el Himno se cantó sin emoción”). Aún peor: de un cierre clasista. En el graderío —consignaron los reporteros— estaban los acarreados, estaba “el pueblo”, y abajo, en los mejores lugares, “el grupo selecto”.

Más tarde corrió la versión, nunca confirmada, por cierto, de que se había llenado el estadio mediante el recurso de acarrear gente pobre de otros estados, con la promesa de llevarla a visitar la Basílica de Guadalupe.

También un 25 de junio, pero ahora de 2012, Peña Nieto clausuró campaña en Santa Úrsula.

¿Dónde más podría hacerlo el telecandidato de aquellos días?

Reviso un par de crónicas. Una de ellas, muy buena, recalca la paradoja que representaba el hecho de ir a ofrecer una “presidencia democrática” al “estadio de Televisa”.

Los textos más críticos de aquella hora consignaron el acarreo —unos dos mil autobuses aportados por los caciques priístas—  de gente de “todo el país”.

La “prole”, desde luego, fue arrumbada “arriba”, en las gradas de cemento, donde, por consigna, se agitaban banderas y se arrojaba confeti.

Abajo, como siempre, estaba el sitio de “los consentidos”.

Se repartían tortas, se repartían artículos tricolor, se desplegaba impúdicamente la compra de aplausos: el matraquerismo más vil.

¡Oh, sorpresa!: Ahí estaba también Manuel Espino, quien dijo en su discurso que “nos guste o no, Peña va a ser presidente”.

Más que la prueba de una alianza, de un pacto indecible, la llegada de López Obrador al Azteca es leída hoy como augurio de un triunfo inminente.

¿Qué dirán las crónicas, cómo nos relatarán ese día las notas de color?

Prometo comprar la mayor cantidad de diarios posible, y desde muy temprano, leerlos de un tirón.