Teoría del chivo expiatorio

Guillermo Sheridan

La semana pasada el perentorio presidente de México, Lic. Andrés Manuel López Obrador (AMLO), declaró que la denuncia de la eficiente desaparición de 708 millones de pesos que eran propiedad del pueblo mexicano no era sino lo que llamó “un circo”.

“DESAPARECEN 708 MILLONES DE PESOS”, reportaron al unísono la prensa eficiente y hasta la ineficiente. 708 millones de pesos que se esfumaron en unas secretarías de Estado que tienen en común haber sido presididas por la señora Rosario Robles.

“Es un circo”, juzgó velozmente el Poder Judicial de la Federación, encarnado en el señor AMLO.

En su calidad de nuevo Maestro de Ceremonias del Nuevo Viejo Circo Nacional, AMLO declaró, en efecto, que “a los de la mafia del poder y algunos medios de información les gusta mucho ofrecer circo a la gente y nosotros ya no queremos eso”.

No aclaró el Maestro de Ceremonias a qué “medios de información” se refería, ni tampoco quiénes son los abundantes “nosotros” que “ya no queremos” esos circos en lugar del suyo. Lo que sí dijo es que se trata de unos medios que han estado “calladitos” desde hace 30 años, remisos a denunciar las verdaderas corruptelas de los verdaderos “jefes del saqueo”.

Y sin embargo, el nuevo Maestro de Ceremonias, al optar por guardar silencio y no denunciar a tales “jefes del saqueo”, obligó a los espectadores a inferir que no lo eran ni la secretaria Rosario Robles ni su jefe Peña Nieto, Maestro de Ceremonias saliente.

En ese circo de una sola pista —tan eficiente que sólo cambia de color cada seis o 12 años pero que, en esencia, es siempre el mismo— hay una magnífica atracción que hace las delicias de pequeños y grandes por igual. Una atracción que entra a la pista rodeada de fanfarrias, maromas de payasos, meneos de muchachas, eructos de focas y vociferaciones del Maestro de Ceremonias, se llama “el chivo expiatorio”.

Es decir, que el chivo expiatorio se ha convertido en una figura legal, la dispensa y el sobreseimiento finales: una suerte de amparo a la ene potencia.

Fue el turno ahora de la secretaria Robles, pero antes el Maestro de Ceremonias AMLO ha otorgado otros. En mayo, AMLO declaró a la maestra Gordillo chivo expiatorio de “la mafia del poder”. En abril de 2017, Javier Duarte fue chivo expiatorio del Poder Judicial. Antes declaró a Roberto Borge chivo expiatorio del PRI y a Felipe Calderón chivo expiatorio de “la mafia”. Manuel Bartlett fue chivo expiatorio del Fraude de 1988 y Fausto Vallejo chivo expiatorio de Peña Nieto quien, a su vez ha recibido ya constancia judicial de chivo expiatorio de los “jefes del saqueo”.

Un verdadero rebaño, pues, de puros chivos expiatorios.

Conviene analizar un poco esta nueva figura jurídica a la que obviamente es tan afecto el nuevo Maestro de Ceremonias. De acuerdo con el diccionario de la Academia, el “chivo expiatorio” es un “Macho cabrío que el sumo sacerdote sacrificaba por los pecados de los israelitas”.

Y no, no es que AMLO crea que Rosario Robles haya sido ascendida de chiva expiatoria a “macho cabrío”, ni que los “jefes del saqueo” sean sumos sacerdotes ni la prensa circense los pecados de los israelitas, no. La teoría del “chivo expiatorio” es bastante más compleja que esa definición de la Academia.

Como lo ha explicado exhaustivamente Sir James Frazer en el tercer tomo de su clásico libro La rama dorada, el mecanismo mental expiatorio consiste en declarar culpable simbólico a un animal (o en su defecto, a un humano), proceder que se halla en prácticamente todas las culturas que en el mundo han sido. A veces hasta como inversión, como en la Grecia arcaica, donde un voluntario aceptaba ser expulsado de la ciudad entre el odio popular a cambio de vivir un año como príncipe, llevándose consigo, simbólicamente, la pobreza, la enfermedad, la hambruna y la sequía o el mal de que se tratase.

La única diferencia con México es que aquí los políticos viven como príncipes no un año, sino muchos sexenios y a la hora de ser expulsados no sólo se llevan el dinero, sino que propician y multiplican los males que se suponía se llevarían consigo al exilio. La diferencia principal, claro, es que ahora, al ser oficialmente declarados chivos expiatorios por el Sumo Sacerdote, además de merecer dispensa eterna e impunidad compartida, pueden volver a ocupar cargos de poder y mando para volver a ser, eventualmente, de nuevo chivos expiatorios.

Lo que obliga a concluir que, en el Nuevo Viejo Circo Nacional, el único y verdadero chivo expiatorio somos el público…

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