Soliloquios de Año Nuevo

Guillermo Sheridan

Que mi entrega semanal a estas páginas caiga en lunes siempre ha sido una afrenta. Pero que, además de lunes, caiga en lunes primero del año ya es agresión. En fin, que lo único más deprimente que el fin de año es el principio del año. Calculo que ya alguien habrá dicho eso antes. Lo siento. La depresión ante al entusiasmo no tiene mucho de original.

 

Lo más irritante del fin de año son los excesos sentimentales. Obviamente padecí, como todos, al tío al que se le activaba el trasfondo melodramático ante la inclemencia de las 12 campanadas. Todos los años, en el brindis familiar, aquel tío alzaba su copa, pedía silencio a la concurrencia y después, con gesto bohemio, vociferaba con voz varonil: “¡Un año muere y otro nace!”.

 

Hasta ahí parecía llegar su dominio del pensamiento analítico. El argumento era incontestable y estaba correctamente enunciado. Que además fuera una obviedad tan redondamente idiota se le podía perdonar por ser fin de año, cuando la gente tiende a la conmiseración. En fin, que sus escuchas podrían haber levantado su copa y haber dicho cosas como: “Así es, en efecto” o “Salucita” y listo y a otra cosa. Pero no. Después de hacer públicas sus obras completas como filósofo, el tío se comenzaba a quebrar y gritaba: “¡Y yo les juro, les juro por lo más sagrado, les juro que…!” Y nunca supimos de qué hablaba porque antes de decirlo se deshacía en un sollozo beodo que agotaba las reservas nacionales de pena ajena. Tenían que entrar al quite sus hermanos, que lo trasladaban de urgencia a la cocina, mientras el resto de la familia cantaba de nuevo las babosas “Golondrinas”.

 

Una vez en Monterrey, cuando era yo un muchacho de 16 o 17 y apenas reconocía la O por lo redondo, y leía a García Lorca y a Lobsang Rampa y todo eso, me sentí muy interesante y en vez de acudir a la fiesta familiar enderecé hacia el lomo del cerro sobre el que estaba la casa, me senté en una piedra y miré la encendida ciudad allá abajo, y adoptando un gesto que me pareció de lo más intenso procuré pensar en cosas bien trascendentales. Y lo único que conseguí, por alguna sinapsis malhadada, fue ponerme a repetir una y otra vez, con una terquedad involuntaria, como en un caso de Oliver Sacks, el ominoso estribillo de esa canción que dice “Madrid, Madrid, Madrid, en México se piensa mucho en ti”. ¿Por qué? Ni puta idea. Fue el fin de año más humillante de todos.

 

Otro ritual de fin de año eran los pronósticos. Recuerdo que a mi casa juvenil llegaba una revista que, año tras año, presentaba unos muy esperados pronósticos confeccionados por una pitonisa bostoniana que le había atinado varias veces. Auguraba cosas como “hará erupción un volcán” y “ganarán los Yanquis”. Es decir: puras obviedades.

 

Para 2018, por ejemplo, de acuerdo con quienes administran el legado de Nostradamus, habrá un gran terremoto en California, el papa Francisco va a morirse y ya nunca más habrá otro papa porque la iglesia de Roma va a colapsarse, Trump le declarará la guerra atómica a Norcorea, un científico va a descifrar cómo hablar con los delfines, hará erupción el Vesubio y triunfará el Necaxa.

 

En México ya llegó el momento en que necesitamos buenos augures. Antes no eran necesarios porque teníamos al mejor augur que puede haber, que es la costumbre. La costumbre no se amilanaba ante nada, ni se sentía intimidada por la naturaleza impredecible del continuum. Era tan certera que hacía predicciones no sólo para los años sino para los sexenios, lanzando pronósticos como; “No se dará un paso atrás”, “Triunfará la voluntad popular”, “México avanzará hacia el futuro promisorio”, etcétera.

 

Pero entonces perdió el PRI y llegó la alternancia en el poder y vino la democracia. Y la democracia es la peor enemiga del arte de predecir el futuro. De ahí que a lo más que podemos llegar ahora es a predicciones tan angustiosas como: “No se dará un paso atrás”, “Triunfará la voluntad popular” y “México avanzará hacia el futuro promisorio”.

 

Y se van a cumplir…

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