¿Habrá una relación proporcional entre el desarrollo intelectual y el silencio? De haberla, me temo que estamos en una etapa muy primaria de la inteligencia. Vivimos en el perpetuo estrépito, en el mero mero reino del decibel asesino. En un poema, López Velarde dice que “los gatos erizan el ruido / y forjan una patria espeluznante”. Es la síntesis perfecta.

La idea general entre nosotros es que la realidad se mide en decibeles, que sólo la cantidad de ruido que generamos per cápita constata la calidad de vida. El resultado es la pandemia del estrépito. Los vecinos derivan un placer exquisito asestándole pandemónium a toda la manzana. Nada que hacer. La iglesia fomenta —o al menos se cuida de inhibir— el empleo de los cohetones como una forma sagrada de terrorismo urbano. PUM PUM PUM, tengan, infieles miserables, para que aprendan a respetar a Santa Euclodia. Nada que hacer.

Las autoridades urbanas permiten a los motociclistas pedorrearse histéricamente por las calles nocturnas, recetándole al compatriotaje una dosis de insomnio. Nada que hacer. Para pasar su examen de conducir, los choferes de las peseras deben demostrar su capacidad de mentar la madre con los mofles revolucionarios e institucionales. Los traficantes de refrigeradores muertos o, en su defecto, de tamales oaxaqueños, tienen derecho a secuestrar las orejas de usted tres o cuatro veces al día, cinco minutos cada vez. Nada que hacer.

Los conductores de carros, en las mañanas, educan a los niños (mientras los llevan a la escuela para que estudien música y civismo) en el arte de usar el cláxon para los siguientes rubros perentorios: a) mentada de madre andantino, b) mentada de madre adagio y c) mentada de madre maestoso. Luego, al volver al “hogar” (como se dice no sin gracia) procederá a sonar el cláxon —siempre fortísimo—, generando medio millar de decibeles durante al menos dos minutos, hasta lograr que la “criada” (como se dice no sin humor negro) corra a abrirle el portón.

Una cosa muy intrigante es la idea (a la que quién sabe cómo llegaron) que tienen los restauranteros mexicanos de que sus parroquianos van a sus restaurantes no a comer —y mucho menos a platicar— sino a escuchar “música”. Los empresarios de la gastronomía (culta o pupular, da igual) parecen atarearse más en conseguir grandes bocinas que medianos cocineros. “¡Gracias a estas potentes nenas —parecen pensar— lograremos que nuestros clientes pasen un rato extraordinariamente incómodo mientras se comen su arrocito!” Tienen la misteriosa convicción de que el aguacate multiplica su sabor si viene forrado de señorita que aúlla su amor tormentoso, o de galán ardoroso que fue reciprocado. ¿O será que creen que la digestión es mejor si las tripas están sufriendo los golpazos de un subwoofer?

De lo que se trata es, a fin de cuentas, de que los comensales no puedan charlar, o por lo menos no en paz. Y la última adición a la bullanga: mesas llenas de gentes que organizan concursos de “Miren qué fuertote me estoy riendo”. No fallan. El tipo que berrea comentarios que le parecen la mar de ingeniosos, sus amigos que lo festejan a tambor batiente, y la infaltable dama que exhibe las amígdalas trepidando toda clueca, disparando una metralleta de JA JA JAs atronadores mientras zangolotea el silicón, para que se note cuán desinhibida es y para sentir que todo el restaurante la admira mucho. Nada que hacer.

¿Algún candidato ha propuesto en su programa de gobierno, de ser favorecido por el voto popular, bajarle el volumen a la patria? Yo le daría el mío. Alguien que propusiera juntar bocinas y hacer con ellas, en el zócalo, una majestuosa pira. Que mandara castrarle los mofles a las peseras; que atrapara motociclistas ruidosos y los enviara a un Torito a escuchar 24 horas de bebés llorando. Que les confiscara la pólvora a los coheteros y a los curas. Que creara unas brigadas a cargo de desintegrar con un láser a los carros que activan sus alarmas porque les dio la gana. Que se lleven a los concursantes de “Miren qué fuertote me estoy riendo” a las Islas Marías…

Nada que hacer.

(Siempre que pienso, o escribo, sobre esto termino recordando “Luvina”, el cuento de Juan Rulfo, en el que una mujer asustada pregunta qué es “el ruido ese” y su hombre le contesta “es el silencio”. Qué envidia…)

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