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Hay que darle

11/12/2017
01:50
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Tengo la impresión de que hoy en día referirse a los hombres y las mujeres y a su papel en movimientos sociales o en el terreno de la justicia humana puede acarrear frondosas discusiones o, si no se tiene cuidado, dar lugar a lapidaciones espontáneas. Como si en realidad hombres y mujeres agotaran la diversidad sexual y representaran los polos absolutos del género humano, como si ambos conformaran los dos ejércitos involucrados en una guerra fría que amenaza con estallar por el motivo más inesperado: ¡El Terror! Todo movimiento político, más allá de las causas que lo mueven o justifican, suele ser acompañado de un determinado y minúsculo contingente radical que puede llegar a crecer al punto de olvidarse de los propósitos originales y socavar una posición política positiva hasta el grado de tornarla peligrosa, injusta o ridícula (en el mejor de los casos). La militancia cerril es ajena a mi persona, pero eso no me impide simpatizar con casi cualquier movimiento o aglomeración social que defienda a los habitantes más débiles: sean estos, niños, ancianas, hombres, ciegos, mujeres, chaparros, altas, gordos, flacas, con mirada de águila o lechuza, con pies planos o amputados, con semblante de mosca muerta o avispados y etcétera: todo aquel que sea objeto de crueldad, acoso, violencia, extorsión, o sea excluido de los mínimos bienes que ofrece la civilización y el progreso moral tendría —por decoro, al menos— que ser defendido contra aquellas sabandijas que se aprovechen de su condición indefensa. Es a raíz de tal imperativo que cualquier movimiento que haga alusión a la debilidad e intente equilibrar —política o socialmente— tales diferencias tiene mi adhesión, pero no el voto a ciegas, pues de hacerlo cometería yo un error fundamental: disminuir o despreciar la diversidad, complejidad y la conversación humanas para reducir a sus participantes a ser las piezas de un juego tiránico en donde yo decido quien representa el mal y quien el bien. (Recordarán la terrible y reveladora frase que pronunció el nazi H. Göring cuando le solicitaron clemencia para una víctima: “Yo decido quién es judío, y quien no”.)

Antes de que alguien se considere un libertador o defensor a ultranza de cualquier causa, primero debería mostrar sus dotes de humanismo (credenciales, sí), su capacidad de tolerancia y sus reales propósitos de extender la libertad. ¿Qué clase de libertad? La que supone construcción de límites inteligentes y no un elemental salto de obstáculos o un mero quitarse de encima lo estorboso. Esta última clase de libertad terminaría siendo parecida a un torbellino que lo arrasa todo y destruye cualquier edificación. Un misántropo (no misógino) como lo soy yo, testigo de la lluvia actual de consignas extremistas o fascistas de cualquier clase, y luego de cavilar y mirar de cerca el asunto, responde siempre al guiño fascista alzando la voy y diciendo (tal parece que la dulce ataraxia me está vedada): “No estoy de acuerdo”. Cuando pienso en El libro de Genji escrito en el siglo XI por la escritora japonesa doña Musaraki; o en Marie de Gournay, escritora y ensayista audaz del siglo XVI y quien vivió una de las épocas más oscuras y sangrientas consecuencia del antagonismo religioso europeo; o me detengo en todas aquellas mujeres cuya obra artística o talento científico o filosófico ha sido notable (Susan Greenfield, Carson McCullers, Inés Arredondo, Virginia Woolf, Hannah Arendt, Martha Nussbaum… y un agotador etcétera) no se me ocurre compararlas u oponerlas a los hombres (como si todas ellas conformaran una entidad sin fisuras o un concepto sólido) porque tal hecho representaría, ya en sí, un desacato racional e intuitivo colmado de una candidez insoportable a mi edad. Hacerlo no haría más que aceptar las reglas de un juego y estado opresivo: la división de un mundo despótico entre hombres y mujeres que rivalizan haciendo a un lado la existencia de individuos y seres singulares. Resistirme a abordar al arca de Noé me hace más libre y me da distancia para observar y actuar. Si ustedes leen en París era una fiesta, de Ernest Hemingway la sacudida y aporreo que le da Gertrude Stein al más famoso de los escritores de la Generación Perdida, comprenderán a lo que me refiero. La señora Stein daba unos juicios abominables respecto al sexo, que dejaban temblando a todo París; sin embargo, había experiencia, sabiduría y arte en sus juicios, por demás tajantes. Uno puede estar de acuerdo con ella o no, pero eso carece de importancia cuando se piensa que ni Stein ni Hemingway se deseaban mutuamente la horca.

No veo más enredo: hombres, mujeres y géneros restantes tienen que gozar de igualdad ante las leyes cuya redacción o contenido debe tomar en cuenta la especificidad propia de cada minoría. Que un rinoceronte apelmazado como Trump —por ejemplo— encarne él mismo en un disparate racista, misógino y ordinario ha alentado una respuesta feroz que no tendría por qué ser extendida al resto de los hombres que no se comportan como él. Quien cometa este elemental tropiezo, mezcle sin medida y lance piedras a ciegas se descubrirá a sí mismo como un extremista cuyos motivos de lucha seguramente estarán velados a los demás por ser profundamente subjetivos. No conozco una especulación o filosofía de la mente respetable que divida a la conciencia o al sujeto de la experiencia en rosa o en azul. Su trabajo es examinar el yo y sus vaivenes epistemológicos, no decirnos que un cerebro es mejor que otro. ¿Y en la realidad?, me preguntarán. Me parece evidente que un hombre que acosa, hace uso y obtiene provecho de su fuerza bestial y humilla a las mujeres es, civilmente, un criminal. Y “hay que darle”, como diría mi madre.

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus obras destacan Lodo, Educar a los Topos, Mis mujeres muertas, El hombre nacido en Danzig y Hotel DF (novelas); Plegarias de un inquilino (crónicas); Insolencia literatura y mundo...

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