Abrir y cerrar

Guillermo Fadanelli

Cerrar la puerta es similar a ponerse un abrigo. Donde sea que me encuentre invierto parte de mi tiempo en cerrar puertas y ventanas para guarecerme. Me pregunto si ésta es una actividad inútil. ¿De qué tengo miedo? ¿Evitaré que entren los que tienen que entrar? ¿No sería mejor vivir a la intemperie? “¡Hey, tú! ¿Te has dado cuenta de que eres una obra abierta e inconclusa? ¿De qué sirve cerrar o tapiar las ventanas cuando tu cuerpo es el tonel sin fondo que las Danaides nunca lograrán colmar?” Los piratas han abordado la desvencijada nave. ¿Quién puede hoy estar tranquilo? Los asesinos… y acaso también los inocentes que visten prendas de toda clase. Cuando piso la calle no requiero de ninguna prenda de invierno o puerta para cubrirme. En la calle sólo pueden protegerme mis ojos: observar y colocarme al resguardo de los perros salvajes. “No te preocupes —me ha dicho, de pronto, mi sobrina— estar viejo se pondrá de moda algún día. Sólo hay que esperar.” He estado esperando ponerme de moda entre las larvas, quizás algún día cuando deje de parecerme a mí mismo. “¿Y cómo lograrás el perdón si encarcelas tu teléfono durante semanas enteras?” Son escasas y extrañas las personas que dejarán pasar por alto semejante desacato. Cuando alguien llama a mi número telefónico me hago varias preguntas antes de responder: “¿Le habrá ocurrido algo?” “¿Quiere contarme acerca de una mascota suya que ha salido herida tras un accidente?” “¿Es alguien que ha tomado el celular de un amigo y ahora llama para molestarme o hacerme preguntas absurdas?” De modo que, cuando me atrevo a responder, han pasado algunas horas o días y quien me llama ha cortado la probable comunicación. En ese momento, cuando el teléfono está desconectado y convertido en un cadáver tecnológico, me hallo finalmente a merced de los libros.

En la conciencia de un ser idealista es de sobra evidente que la literatura no se encuentra en los libros. ¿Por qué habría de ocultarse allí? Este señor idealista le reclamaría a los lectores y a los escritores su insistencia en depositar y contener la literatura en libros. Si sucediera lo contrario y la literatura se concentrara en verdad allí, en todos esos ejemplares variopintos, entonces resultaría inútil referirse a ella, pues sería imposible hacerse una idea concebible del infinito número de voces, grafías y temas expandidos en los libros de cualquier biblioteca. No me pondré pesado en este aspecto, pues yo dejé de ser idealista después de las mordeduras y gruñidos que me han propiciado algunas bestias solazadas en el aparente y sencillo hecho de existir. Cualquiera puede cerciorarse de que alguna vez fui un idealista al constatar el terrible estado de los libros que he leído y que conservo conmigo. Lo que en verdad yo deseaba era utilizar esos libros para algo más; quizás alimentaba el propósito de salir de mí mismo, escaparme, abrir las ventanas y lanzarme en pos de un mensaje intuido pero jamás poseído. Quemar toda esa basura de páginas y tomos estrujados que me impedía moverme y largarme del departamento en el que habitaba: aquel joven idealista que acumuló libros para leerlos, hacer una pira con ellos y mudarse a un mundo o espacio distinto al de la porquería concreta, hoy se ha tranquilizado y no le resta más que preguntarse: “¿Qué he hecho? ¿Por qué no me hice viejo desde joven? ¿Qué opinaría Charles Bukowski de mis libros heridos de muerte?”

Al amparo de la tranquilidad que me da el teléfono exiliado me aventuré en el libro del escritor argentino, Alberto Manguel: Mientras embalo mi biblioteca (una elegía y diez digresiones). Editorial Almadía; 2017. Es el relato de un escritor que ha debido mudar su biblioteca personal de un país a otro. El movimiento físico de sus libros ha dado lugar a una reflexión erudita y sencilla que se detiene en el romance entre la biblioteca y su más sensible pasajero, o vigía; como el arquitecto que habita la casa que él mismo ha imaginado y que pese a ello no termina de conocer. No me ha debilitado leer estas páginas (como me ha sucedido en los últimos meses cada vez que comienzo una lectura que se me antoja imposible), sino que me ha devuelto un poco de la fortaleza de lector que uno pierde entre la bulla de los autobuses, los niños, el vino y las lenguaraces ciudades. Son tan numerosas las puertas y ventanas que pueden abrirse en este libro que prefiero no levantarme de la silla y dejar que los accidentes de la sensibilidad sucedan.

Ha llamado mi atención que en las últimas páginas Manguel haya pensado que el lema “En mi final está mi principio”, es el más adecuado para su biblioteca, pues yo elegí una frase muy similar para inscribir en el sepulcro de mi madre hace más de diez años. Biblioteca y sepulcro van de la mano, en mi caso. La biblioteca y los escritos de Manguel perdurarán, si no me equivoco. Para cerrar —una vez más— este artículo he elegido y tomado, arbitrariamente, de su décima digresión un grito de batalla: “Como los griegos, permitimos que nos gobiernen individuos enfermos y codiciosos para quienes la muerte no es importante porque les ocurre a otros, y libro tras libro intentamos poner en palabras nuestra profunda convicción de que no debería ser así.”

 

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