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El título de la suerte

Sería un ridículo, una catástrofe, y el peor fracaso en la historia del Guadalajara, perder esta final en casa

El futbol es un deporte en el que no necesariamente gana el que mejor juega y en el que las carencias se pagan muy caro. Eso fue la final de ida de la Liga de Campeones de la Concacaf, entre Chivas y Toronto, equipo canadiense que volvió a demostrar ser extremadamente competitivo. Tuvo el balón, lo tocó, pero cuando se trató de definir, siempre apareció la figura de Miguel Jiménez (portero suplente del Guadalajara) o la preocupante falta de capacidad para definir.

Chivas tiene todo para ganar un título que no consigue desde 1962. Un marcador que, si bien fue inmerecido por lo sucedido en el congelado campo, sería un ridículo, una catástrofe, y el peor fracaso en la historia del Guadalajara, perder esta final en casa, cuando tienes dos goles anotados como visitante. Al Toronto no le sirve ganar 1-0 el siguiente miércoles. Su primera meta es hacer dos para tener opciones de clasificar al Mundial de Clubes.

Hay un lugar común que siempre habla sobre la suerte del campeón. Nunca mejor aplicado a un equipo que, si bien ha ganado a sus rivales de la Major League Soccer, en ninguno de los casos los superó en futbol. Solamente anotó oportunamente los goles, sin tener dominio sobre Seattle, New York Red Bulls o Toronto, pero en este deporte la justicia sale sobrando.

Fue un partido con extremas precauciones, por el miedo a no ser amonestados de quienes ya habían recibido una tarjeta amarilla durante el torneo. Por eso, vimos a un Michael Bradley menos enérgico en la marca, y en la recuperación de la pelota, a un Sebastian Giovinco que se cuidaba en exceso, a Jozy Altidore con un gran miedo, a Jonathan Osorio muy cauteloso por momentos, como también a Rodolfo Pizarro y Orbelín Pineda, sobre todo, con gran respeto hacia el rival y sumo cuidado en el momento de disputar la pelota, para no ganarse una tarjeta amarilla que les impidiera jugar la final de vuelta.

Es el momento de Chivas. Un homenaje deberán hacer a Matías Almeyda cuando levanten esta copa internacional, porque nadie, ni en la época de Jorge Vergara, ni en la de Salvador Martínez Garza, ni cuando el club fungía plenamente como asociación civil, logró cinco finales —sin contar las de papel, las de cartón, las inventadas— y sí las serias, como tres en la Copa MX, una en la Liga MX y esta en la Liga de Campeones de la Concacaf. Insisto, el Campeón de Campeones no se debe contar. Es una reverenda estupidez de quien lo piense. Y mucho menos de ese engendro llamado Supercopa.

Con honores se irá el Toronto como subcampeón, entendiendo que aunque seas mejor que el rival, tienes que materializarlo cuando se te da la oportunidad; si no, terminas siendo un equipo intrascendente. 

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