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Cancillería vs. Narcoseries

16/07/2019
13:32
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De la nada, bueno, del exilio, el hoy titular de Relaciones Exteriores se convirtió en el supersecretario que al parecer baila con la que le pongan. Su única “victoria” fue acudir a calentar banca en las antesalas en Washington, y luego, en una jugada maestra propia de titanes, firmar todo lo que el gobierno estadounidense le puso delante a fin de evitar un arancel que habría colapsado la economía nacional, de por sí en picada.

Salvo eso, capitular sin decir ni pío, regresó a México y en el camino, durante el vuelo, calzose el traje de salvador de la patria y vino a recibir en Tijuana el aplauso de los simpatizantes que lo recibieron como si hubiera conseguido que nos devolvieran la mitad del territorio una vez perdido. Hizo hacia atrás su capa invisible, miró al horizonte como hace cualquier superhéroe de su generación y, sin molestarse en darse un peinazo, recibió, estoico, el agradecimiento ensordecedor de la masa llevada para ello.

O sea, no ha hecho nada, pero se ha metido en todo debido a la incapacidad manifiesta del jefe del Ejecutivo para ejercer como tal más allá de las manifestaciones a mano alzada. Así que el canciller va para allá, viene para acá, se lanza para tantos sitios como puede y va sobreimponiéndose a las funciones que deberían cumplir por ley y por mandato las secretarías a las que “rescata”.

Y eso lo envalentonó.

Superpoderoso o al menos superpresente, entonces, ajonjolí sin tostar de todos los moles —el ajonjolí si no se tuesta sirve para lo que se le unta al queso—, ahora el canciller quiere modificar a cualquier costo los argumentos de ciertas series televisivas, y de paso se entiende que el discurso del cine, cuya temática se relacione con el narcotráfico.

Esto es, enardecido por logros que no fueron logros, ahora además busca ser el dueño no sólo de la moral y por lo tanto de los argumentos de las llamadas narcoseries, sino alzarse como supremo censor.

Pero no se va a poder.

¿Recuerda usted, querido lector, lo que hizo el canciller ante los recortes para promover el turismo hacia el país, una entrada de divisas muy considerable y que daba trabajo a centenas de miles de mexicanos?

No hizo nada.

¿Y qué tal su postura y lo que hizo, para seguir con lo que debería ser su trabajo, frente a la invasión de sargazo que en cualquier nación sería declarada una emergencia nacional y se combatiría con alta tecnología y maquinaria de quien mejor pudiera ofrecerla?

Tampoco hizo nada.

Y ya por último, también dentro de su competencia: ¿qué cree que va a hacer ahora que se han tensado tanto las endebles relaciones México-EU con la actuación de la policía estadounidense en contra de nuestros migrantes indocumentados?

No hará nada, porque a cambio de convertirnos de facto en tercer país seguro, en aquel acuerdo que prácticamente esgrimió como si se tratara de la Sábana Santa arrancada a los descreídos, no estaba señalado nada, pero nada de nada respecto de los mexicanos que trabajan, pagan impuestos y colaboran con la economía de EU pese a que aún no cuenten con sus papeles en regla.

Declaró respecto de cómo nos ven en el extranjero, algo que al parecer le preocupa muchísimo luego de que empinaron a la nación ante sus ojos que no vieron nada: “Hoy la imagen de México que se ve en casi todo el mundo son las series del narco o relativas, y eso se los digo porque me lo han comentado primeros ministros, altos funcionarios o representativos de todo el mundo, y eso no nos hace ninguna justicia”.

Eso implica dos hechos hipotéticos: o los “altos funcionarios” son adictos a las narcoseries, como lo es cualquier televidente ante un producto que de buena manufactura hable de lo que hable; o el canciller jamás ha visto un noticiario completo, a cualquier hora, en donde ya las tres cuartas partes de la información documentan, como es su deber, los hechos relevantes que se traducen exactamente en la criminalidad en el país que no se relaciona con  narcoserie alguna, sino con delitos reales y la impunidad que generan a su alrededor: robos, homicidios, secuestros, violaciones, ajustes de cuentas, extorsiones y prácticamente el Código Penal al completo.

Pero como sus superpoderes basados en el ajonjolí le dan para lo dicho y más, en efecto, dijo más sobre el tema: “Para hacerlo tenemos que ponernos de acuerdo y pensar en una diplomacia en todos los campos; mucho vamos a tener que hacer en redes sociales y también en las series, México tiene que promover otros guiones, se puede y se debe, y queremos hacerlo”.

Ah, chingá.

Puede que el señor canciller haya librado momentáneamente el pago por su exilio en Francia y ande tan campante, pero no se puede pasar por el forro el espíritu del 6º. Constitucional: “La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, provoque algún delito, o perturbe el orden público…” Ni del 7º. : “Es inviolable la libertad de difundir opiniones, información e ideas, a través de cualquier medio. No se puede restringir este derecho por vías o medios indirectos, tales como el abuso de controles oficiales o particulares…”

Le aseguro, lector querido, que todo es puro cuento y el canciller hará lo que hace en todos los casos: nada. Y por única vez será para el bien de todos.