Un ejemplo de probidad

Ángel Gilberto Adame

El 30 de enero de 1931 Luis Cabrera pronunció en la Biblioteca Nacional, una ardiente conferencia que tituló “Balance de la Revolución”, en la que cuestionó la génesis del movimiento y denunció su perfil antidemocrático. Al día siguiente, EL UNIVERSAL publicó un extracto de ella. La reacción de los hombres del poder no se hizo esperar y, por instrucción de Plutarco Elías Calles —el hombre más influyente del país en la época—, el presidente Pascual Ortiz Rubio acusó de reaccionario al autor de aquellas páginas y emprendió una persecución en su contra.

Cabrera por entonces se contaba entre los intelectuales más respetados de México. De formación jurídica, había apoyado a Francisco I. Madero exhortándolo a fundar un gobierno de elección popular a la caída del porfiriato. Posteriormente fue nombrado director de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, para después convertirse en un ferviente carrancista. A la muerte del caudillo, se retiró de la vida pública, hasta que volvió a escena en aquella fatídica fecha y fue víctima de uno de los episodios de censura más bochornosos de nuestra historia política.

Lázaro Cárdenas, dirigente del Partido Nacional Revolucionario, también arremetió contra Cabrera, convencido de que había mancillado los principios que dieron forma a la identidad nacional. En medio de la polvareda desatada por sus palabras, Cabrera decidió publicar la conferencia en un folleto al cual anexó un prólogo que bautizó “En defensa propia”, en el que anotó: “El señor presidente, que por razón de su cargo no puede leer más que los encabezados de los periódicos, me hizo el honor de dedicarme su indignación, y durante una comilona en Texcoco, me excomulgó oficialmente proscribiéndome del Seno de la Iglesia Católica Revolucionaria, negándome la sal y el agua por hereje, logrero, heterodoxo, tránsfuga, judío machuelo y ave de mal agüero”. A los pocos días se aprehendió a Cabrera y sin mediar procedimiento se le expulsó del país obligándolo a abordar un avión con rumbo a Guatemala, pese a que se había amparado. La prensa oficialista hizo correr el rumor de que el desterrado encabezaba un complot armado contra las autoridades.

La esposa de Cabrera solicitó la intervención de la Suprema Corte. Los ministros se negaron a exigir la deposición de los responsables de haber violado las garantías de su marido, salvo uno de ellos, Alberto Vásquez del Mercado —miembro de los Siete Sabios de México—, quien con una valentía pocas veces vista, defendió la aplicación de la ley. Al fracasar en su cometido, presentó su renuncia ante Ortiz Rubio, consumando con ello un acto de probidad que lo certificó como un jurista intachable. En el documento que redactó, se lee: “La reciente aprehensión y expulsión del país del licenciado don Luis Cabrera, llevada a cabo por autoridades dependientes del Poder Ejecutivo, desobedeciendo, al ejecutar el último acto, expresa
orden de las autoridades judiciales federales, me ha traído el pleno convencimiento, por la frecuencia de hechos semejantes o idénticos, de la imposibilidad de lograr que la administración actual deje de cometer violaciones a los derechos que asegura a las personas la Constitución de la República”.

En respuesta, Ortiz Rubio arguyó: “Es cómoda la posición en que se coloca un juez cuando con el pretexto de supuestas transgresiones a la ley, renuncia a su cargo para adquirir efímera popularidad en el sector de la opinión pública […]; pero la verdadera, la auténtica, la valiosa estimación del pueblo, solamente la conquista el juez que no abandona sus deberes”.

Cabrera, enterado de lo ocurrido, escribió a Vásquez del Mercado agradeciéndole su solidaridad y ponderando su decisión, pues ésta significaba “la emancipación espiritual, la liberación moral de un hombre que no puede seguir viviendo en un medio asfixiante y que prefiere la silenciosa modestia de la vida privada a la costosa responsabilidad de una magistratura en que no puede cumplir con la misión que se le había encomendado”. Luego, regresó al país y, aunque se reincorporó a la vida política, tuvo la entereza de rechazar dos candidaturas presidenciales. Alberto Vásquez del Mercado, por su parte, jamás volvió a ocupar un cargo público.

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