Recuento (primera parte)

Ángel Gilberto Adame

Arthur Schopenhauer escribió, con su habitual descaro, que el mejor método para leer buenos libros consiste, en primer lugar, en aborrecer los malos. Una aseveración de esa naturaleza es peligrosa por tajante, sin embargo, nos cuestiona acerca de los criterios que seguimos para orientar nuestras preferencias estéticas.

Uno de mis propósitos, en este 2017, fue estar atento, en la medida de mis posibilidades, a la actualidad de lo que se escribe en México, sin dejar de ver de reojo lo acontecido en otras latitudes. El sesgo temporal que me impuse me acercó al libro de cuentos de Antonio Ortuño, La vaga ambición, en cuyas páginas se expresa la inquebrantable voluntad de un escritor. Si bien intenté afianzarme en las novedades, la misma potencia de la literatura me obligó a volver la vista atrás, sobre todo después de adentrarme en El crimen del conde Neville, de Amélie Nothomb, novela que me remitió a Oscar Wilde, a quien decidí releer, lo mismo que a Henry James y a Edith Wharton.

Si el cometido, tal como lo dijo Schopenhauer, es procurarnos las obras literarias más consistentes, la mejor manera es acercándonos a aquellos que, por experiencia y aptitud, pueden aportar nuevas directrices a nuestra brújula lectora. Con ello en mente acudí a algunos amigos escritores y les pregunté por los libros que más habían disfrutado durante este año, sin importar la fecha de publicación pues, en última instancia, nadie logra abrazar la totalidad del presente.

Homero Aridjis me comentó que el que más gozó fue Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rainer Maria Rilke: “La edición de los Cuadernos es la publicada en 1941 en la Colección La Pajarita de Papel, que dirigía el crítico Guillermo de Torre. La traducción fue hecha por el escritor Francisco Ayala. Lo leí por primera vez durante mi época en el Centro Mexicano de Escritores, y también fue un favorito de Juan José Arreola; me trae muchos recuerdos, además de que es una de las obras maestras de la poesía en prosa”.

Luciano Concheiro envió “tres recomendaciones, que son variaciones sobre un mismo tema: el amor, de  Julia Kristeva y Philippe Sollers, Del matrimonio como una de las bellas artes; The Argonauts, de Maggie Nelson; y de Alain Badiou en conversación con Nicolas Trung, Elogio del amor.

Christopher Domínguez Michael eligió: Robert Lowell, Setting The River On Fire. A Study of Genius, Mania, and Character, de Kay Redfield Jamison; The Once and Future Liberal: After Identity Politics, de Marc Lilla; y El reino, de Emmanuel Carrère. De los escritos en español seleccionó Un amor de Simone, de Bárbara Jacobs; Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor; y Las mutaciones, de Jorge Comensal.

Coincidí con Malva Flores en lo deleitable de La vaga ambición, de Ortuño, “porque expresa, ya desde la melancolía o de la ironía mordaz, la gloria o fracaso de un escritor que enfrenta las miserias de la vida literaria”.

Paulette Jongitud se decantó por Las mutaciones, de Jorge Comensal, pues “con un humor retorcido y una prosa sin enredos, Comensal consigue una novela que se enciende como un foco incandescente y que, aunque de sencillo mecanismo: deslumbra”. Otro de sus predilectos fue Mi abuelo y el dictador, de César Tejeda, ya que “el autor parte de una anécdota familiar para enmarañarse en el pasado poco claro de su abuelo en Guatemala, y en el presente pantanoso al que se enfrenta un joven autor que no sabe bien por dónde comenzar a escribir una novela. ​Es un viaje hacia atrás saltando hacia adelante”. Por último, mencionó Mudanza, de Verónica Gerber, un texto que “visita la esquizofrenia de artistas que traspasan barreras disciplinarias y deslavan, con su obra, las líneas que separan las artes plásticas de la escritura”.

Gerardo Laveaga refirió al novelista irlandés William Trevor, a quien consideró una revelación: “Tanto su novela La historia de Lucy Gault, como sus cuentos —que se antojan perfectos—, me permitieron aproximarme a Irlanda y a la lengua inglesa como nunca lo conseguí con Yeats, Wilde o Joyce”. La enigmática Cristina Rivera Garza destacó La dimensión desconocida, de Nona Fernández.

Este listado, que no tiene intención de ser exhaustivo sino sugerente, es apenas una primera entrega de las recomendaciones lectoras para este nuevo ciclo que, espero, sea satisfactorio para todos.

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