Dice el refrán que del odio al amor solo hay un paso. Sin embargo, a juzgar por los mensajes que podemos encontrar en cualquier momento en las redes sociales, el encono y el enfrentamiento se observa con mucho mayor frecuencia y este viejo dicho está muy lejos de alcanzarse. Esto es resultado de la polarización política de los últimos años que ha generado un discurso cada vez más tóxico.

Basta dar un vistazo para encontrar que la arena social concebida como un espacio de debate e intercambio de opiniones o de simple expresión del ser humano ha quedado rebasado. La mayoría de las discusiones parten del insulto directo y sin escala contra el “otro”. No solo actuamos para defender una postura sino más bien para derrotar al interlocutor. Ese extraño que está al otro lado del teclado pasa a ser de inmediato del grupo de “los otros” y como tal, no solo se le debe confrontar sino combatir, amedrentar y si se puede hasta destruir como si su mera existencia fuera una afrenta que debe remediarse sin mayor demora.

Para realizar tal propósito se echa mano de un arsenal que inicia con la descalificación ramplona: “fifi”, “chairo” que tiene como principal objetivo señalar que el “otro” es de una “tribu” diferente y que implícitamente lo define como que “es de los malos” de “los que están en el error”. Pero esto es solo el inicio, una vez que se establece que el otro es el contrario lo que sigue es asociarlo de inmediato con símbolos de todo lo malo: “Pejezombie”, “corrupto”, “vende patrias” y un largo etcétera. Obviamente a estas alturas cualquier esperanza de diálogo civilizado se ha ido por la borda. Si el intercambio de mensajes continua, entonces viene cualquier combinación del amplio repertorio de majaderías.

El peligro real no es que los medios sociales hayan pasado a ser de una de las herramientas más potentes de la humanidad a un medio más para insultar al vecino, es que abre la puerta para manifestaciones mucho más tóxicas y dañinas. Entre un mar de insultos hay quienes ante la normalización del discurso manifiestan sus peores deseos, cada vez es común leer expresiones de homofobia, xenofobia y antisemitismo. Así mismo el insulto evoluciona de la descalificación hasta la amenaza física: “donde te encuentre”… o incluso hasta la amenaza de muerte.

¿Cuál es el efecto a largo plazo de que ahora nuestros canales primordiales de expresión se conviertan en una autentica cloaca? Podemos encontrar un ejemplo con nuestros vecinos del norte, donde los gritos de “Lock her up!” (¡Enciérrenla! Dirigidos hacia Hillary Clinton) en los mítines del entonces candidato Donald Trump, escondían instintos mucho más siniestros. Prueba de esto son las continuas demostraciones públicas de la extrema derecha estadounidense íntimamente ligada a la herencia racista y de esclavitud que aún permanece en varios de los estados del sur de Estados Unidos.

Ahora, ¿Qué hacen las empresas dueñas de los medios sociales ante este panorama?

No lo suficiente. En los últimos meses las principales plataformas han instituido mecanismos para moderar el contenido que fluye en las redes sociales, sin embargo, los esfuerzos han sido juzgados en términos generales como tibios y más enfocados en “salvar la cara” ante la opinión pública que encontrar una solución real a esta problemática. También hay que conceder que no es un problema sencillo, incluso los mecanismos de moderación han sido cooptados por hordas en las redes que realizan linchamientos digitales, de tal manera que lo que empezó como un mecanismo para restringir el discurso más tóxico se ha convertido en una forma más de avasallar al otro: quitarle su voz, eliminarlo, desaparecerlo.

Relacionado con este tema les puedo recomendar una película poco conocida pero que refleja el resultado de convivir y habituarse al odio hacia “los otros”: Betrayed con Debra Winger y Tom Berenger. Dense el tiempo.

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