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La niñez secuestrada

01/05/2019
01:19
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Ecos de la memoria de un niño reclutado: “Caminamos hacia los cuerpos sin vida, dándonos ‘cinco’ con las palmas. El grupo consistía en niños como nosotros, pero no nos importaban... Cada extraño era un enemigo… No podía confiar ni en un niño como yo de 12 años… Nuestra inocencia fue reemplazada por el miedo, nos habíamos convertido en monstruos… Los aullidos del niño hacían eco en mi cerebro, como si hubieran cobrado vida propia dentro de mí… Había más pequeños, pero la mayoría teníamos entre 13 y 16 años… Levanté el arma y tiré del gatillo, había matado a un hombre. Ya estaba tocado por esa guerra… Me dijeron que el arma era la fuente de poder, que me protegería… O estábamos al asecho, o viendo una película de guerra o consumiendo drogas. No había tiempo para estar solo o pensar… Era como si nada más existiera fuera de nuestra realidad… Habíamos perdido todo aquello que nos hace humanos… El de las armas se convirtió en el nuevo sonido de las ciudades… Y los niños jugaban a adivinar si lo que escuchaban era una AK7 o … Recurrí a la única libertad que tenía en ese momento, mi pensamiento. Ellos no podían verlo… Mi padre solía decirme ‘si estás vivo, hay esperanza de un día mejor y de que suceda algo bueno. Si no queda nada bueno en el destino de una persona, él o ella morirá’… Las memorias de la guerra habían formado una barrera y tenía que romperla para pensar en cualquier momento de mi vida anterior … Estaba perdiendo todo lo que había significado algo para mí… (Cuando el rescate) no sabía qué hacer con ese estado feliz. Dudaba si dejarme ir con él, porque me quedé con la idea de lo frágil que puede ser la felicidad…”

En 2007, cuando leí Un largo camino: Memorias de un joven soldado de Ishmael Beah, uno de los niños secuestrados para la guerra en Sierra Leona y rescatado por Unicef a los 16 años, nunca imaginé que esa pesadilla llegaría a México. Que lo permitiríamos. Tampoco pensé que un Día del Niño estaría pensando en Santiago Hernández, el bebé de un año asesinado en Minatitlán; en las dos niñas y un niño de 10, 9 y 5 años acribillados recientemente en Cuautla cuando sicarios abrieron fuego en un restaurante; en el bebé de seis meses y el niño de 10 años heridos cuando un comando mató a dos mujeres en Tabasco…en los 4 mil 299 menores que han sido asesinados de 2015 a la fecha o los 16 mil 759 niñas y niños muertos por homicidio desde que comenzó la guerra contra el narcotráfico. No son exageraciones, sino información de la Red por los Derechos de la Infancia en México (REDIM, que agrupa a 75 organizaciones) con datos del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública.

¿Quién puede explicarle a un niño, con argumentos razonables, que en lo que va de este año han sido asesinados más de 285 menores inocentes, tres en promedio cada día? ¿Cómo hablarles de niños sicarios y de 6 mil 400 menores desaparecidos desde 2007? Según REDIM, actualmente desaparecen cuatro al día. Sólo en Jalisco, (Reforma, 29/04/19) al menos 2 millones de menores entre 5 y 17 años han sido reclutados para empacar y vender drogas a cambio de dinero, ropa y hasta medicinas. Y es que los niños son fáciles de entrenar y de esconder, inducidos al alcohol o las drogas son desensibilizados y adiestrables para obedecer y matar sin miedo, después desarrollan tal grado de hostilidad, sensación de poder y temeridad que difícilmente se adaptarán a la pobreza de su entorno. Todos ellos, como señala Unicef, deben ser tratados como víctimas de violación a sus derechos humanos y no como criminales.

El rescate de la infancia y de la paz quizá sea posible. Si se pone un fin a la impunidad (de cada 100 casos donde las víctimas son niños, sólo uno tiene sentencia condenatoria), si se emprenden programas de desmovilización, tratamiento psicológico y protección, si se ponen en práctica las leyes y sistemas existentes …Y si se recupera con seriedad la idea de Oscar Wilde: “La mejor manera de hacer buenos a los niños es hacerlos felices”.
 

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