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Texto: Anahí Gómez
Después del sismo del 19 de septiembre de 1985 miles de sobrevivientes requerían prótesis, debido a las mutilaciones que habían sufrido al ser víctimas de los escombros del temblor. Algunas personas habían soportado días enteros bajo losas de pesos inimaginables y al salir se encontraban con la pérdida de alguno de sus miembros.
Las prótesis de pies, manos, piernas y brazos eran una preocupación para las autoridades aquel año, puesto que gran parte de las piezas eran de importación y no se encontraban en territorio mexicano. El doctor Gonzalo Vázquez Vela Sánchez, director del desparecido Instituto Nacional de Rehabilitación, aseguraba que debían esperar de 10 a 12 días, cuando las heridas físicas cicatrizaran, para comenzar con la rehabilitación.
Existían en el país sólo tres instituciones que se dedicaban a la implantación de prótesis: la Secretaria de Salud, el Seguro Social y el Hospital Militar, quienes debían encargarse de rehabilitar a los mutilados.
Por su parte, Gonzalo Vázquez Vela Jr., médico ortopedista, informaba que desde el día del terremoto se habían realizado diversas faciotomías, es decir, aberturas en la piel para permitir la circulación de la sangre en zonas muy comprimidas.
Quienes vivieron los derrumbes en carne propia sufrían de venas inflamadas, entonces se requería abrir la piel y la facia hasta que se normalizara la circulación. Esta técnica quirúrgica evitó muchas amputaciones, pero existían casos demasiado graves en los que era imposible salvar las extremidades. Entonces los pacientes también requerían ayuda emocional para superar los traumatismos emocionales dejados por el temblor y la falta de uno de sus miembros.
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