La reforma que reduce la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales ya está publicada en el Diario Oficial de la Federación y su costo para miles de empresas en México todavía no está completamente dimensionado.

El calendario es claro: 46 horas en 2027, 44 en 2028, 42 en 2029 y 40 en 2030. La reducción equivale a 17% respecto a la jornada actual. El salario, por mandato constitucional, no puede tocarse. Eso significa que cada hora de trabajo se encarece sin que la producción tenga garantizado el mismo movimiento. Ahí es donde lo laboral se convierte en un problema financiero.

El Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas (IMEF) lo puso en números: el costo laboral subirá al menos 5% anual por cada persona trabajadora hasta 2030. La cifra no opera sola. Se acumula sobre el aumento de 13% al salario mínimo en 2026, la duplicación de los días de vacaciones, la incorporación obligatoria de plataformas digitales al IMSS y la presión inflacionaria sobre operaciones. Para muchas personas empleadoras, sobre todo las pequeñas y medianas, no se trata de absorber un costo nuevo, sino de administrar una cadena de presiones simultáneas sobre márgenes que ya son estrechos. El propio IMEF advirtió que muchos empleadores no podrán trasladar ni absorber esos incrementos y optarán por reducir plantillas.

El problema más inmediato no es el año 2030. Es enero de 2027, cuando entra la primera reducción y los patrones deberán demostrar cumplimiento mediante un registro electrónico obligatorio de jornada. Ante una inspección de la Secretaría del Trabajo, ese sistema será la prueba legal de que ninguna persona trabajadora excedió los nuevos límites. Implementarlo requiere inversión en tecnología, ajuste de reglamentos internos y capacitación. Para las grandes empresas es un trámite; para las micro, pequeñas y medianas empresas, puede convertirse en costo imprevisto y fuente de contingencias laborales si no se atiende antes de diciembre de 2026, que es el plazo de adaptación.

Análisis especializados sobre el impacto económico de la reforma proyectan tres escenarios para 2027–2030. En el realista, el costo laboral sube 0.5% en 2027, repartido entre empresas y personas trabajadoras, con el desempleo ubicándose en 3.4%. En el pesimista, ese mismo impacto recae íntegramente sobre los patrones sin ganancias de productividad que lo amortigüen: desempleo de 3.7% y salarios reales cayendo 0.8%. Solo en el escenario optimista, calificado también como el menos probable, los salarios crecen 9.2% y el desempleo cae a 2.9%, pero únicamente si empresas y personas trabajadoras elevan su desempeño de forma estructural y sostenida.

Hay además un efecto que el IMEF identificó y que pasa desapercibido en el debate: el tiempo extra que muchas personas trabajadoras usan para complementar sus ingresos sigue gravado con ISR sin distinción. Eso reduce el atractivo económico de las horas extraordinarias y complica el esquema de compensación para quienes hoy dependen de ese ingreso adicional con carácter de excepcional. Estudios del sector privado estiman que, dependiendo de las decisiones de cada organización, los costos laborales totales podrían subir entre 22% y 36%, según se opte por contratar más personal, reorganizar turnos, automatizar procesos o una combinación de todas esas respuestas.

Ninguna de esas opciones es gratuita.

La evidencia internacional da perspectiva sin garantías. En algunas economías que ya transitaron por reformas similares, la reducción de horas presionó a las empresas a modernizar procesos con resultados mixtos al inicio, pero con mejoras de desempeño en el mediano plazo. México llega a este cambio con crecimiento económico proyectado en 1.3% para 2026, déficit fiscal de 4.8% del PIB al cierre de 2025 y una salida neta de 25 mil 667 empresas del registro del IMSS durante el año pasado.

La reforma es un derecho que más de 13 millones de personas trabajadoras formales ganarán de forma progresiva. Eso es innegable y es la razón de fondo de la medida, pero el costo de ese derecho recae, en primera instancia, sobre los estados financieros de las empresas. La pregunta que cada organización debe responder antes de enero de 2027 no es si la reforma llegará. Ya llegó. La pregunta es cuánto costará y quién lo pagará dentro de la estructura de cada negocio.

Presidenta del Comité Técnico Nacional de Capital Humano del IMEF

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