Detrás de los hay todo un protocolo de cuidado a la tierra, respeto a las comunidades y buena paga a trabajadores del campo. Pero cuidado, hay algunos productos que se venden como tales sin serlo, y que incluso van acompañados de certificaciones y documentos apócrifos.

El verdadero producto orgánico no daña la salud y protege al medio ambiente; además, los productores y comercializadores tienen un compromiso de responsabilidad social con los trabajadores agrícolas y las comunidades, asegura la fundadora de la firma Aires de Campo, Guadalupe Latapí.

Parte del problema que se observa es que hay poca información sobre este tipo de productos, porque no se conoce que se requiere un sello de certificación para los orgánicos, dijo el director general de la empresa comercializadora de ese tipo de alimentos, The Green Corner, Bensi Levy.

“En nuestro caso, como parte de nuestro proceso de incorporación, verificamos que cada producto cumpla con la normatividad orgánica y con el respectivo documento vigente, haciendo una validación de los mismos para evitar ingresar productos con certificados apócrifos. Lamentablemente sí nos ha pasado que nos entregan documentos falsos, por lo que autentificar los certificados se ha vuelto un paso necesario para garantizar a nuestros clientes la calidad orgánica de los productos que les ofrecemos”, explica.

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En México hay 18 organizaciones acreditadas que pueden otorgar la etiqueta que certifica el cumplimiento de la normatividad de los productos orgánicos. En el caso de alimentos frescos, frutas y verduras, el código de barras inicia con nueve, lo que indica que se trata de un producto orgánico.

“Nos ha pasado que algunos clientes vienen con nosotros buscando productos que les vendieron como orgánicos, pero que a la hora de revisar no cumplen con la normatividad respectiva, y a pesar de ello siguen comercializándose con esa categoría y a veces a un sobreprecio, que no beneficia el fortalecimiento del mercado orgánico en México”, asevera Levy.

Para que un producto se considere orgánico debe tener una certificación de la (Sagarpa) o del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés), aunque hay empacadoras que dicen tener orgánicos que cuentan con el sello, pero que en realidad no se apegan a los estándares mínimos para ser considerados como tales, dice Alejandro Madrigal, presidente de Covilli, empresa que exporta orgánicos a Estados Unidos.

Madrigal y la gerente de mercadotecnia y comunicación de Covilli, Iris Montaño, afirman que para lograr la certificación no sólo se tiene que demostrar que se produce sin pesticidas, fertilizantes o fungicidas sintéticos.

Si se utilizan o pesticidas sintéticos, las frutas los absorben y la gente también, porque comen un alimento contaminado, ya que muchas veces no se espera el tiempo necesario para que se disipe el químico.

“Además, para conseguir la Certificación Comercio Justo (Fair Trade), a la par de la certificación orgánica, se debe de comprobar que hay buena  retribución económica a los trabajadores del campo y que hay apoyo a las comunidades cercanas a donde se siembra. Para ello se debe aportar una prima que se envía a la cuenta de una asociación civil que destina los recursos a comprar vivienda, a centros de usos múltiples o proyectos de mejora a la comunidad.”

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“Se trata de comercio justo, que a los trabajadores se les pague completo, que tengan claridad absoluta de sus ingresos, equipos de seguridad, capacitación y herramientas, posibilidad de ascender en el trabajo, igualdad entre hombres y mujeres”, dice Montaño.

Madrigal, quien es agrónomo, afirma que “hay fraudes, definitivamente. A mí en lo personal, me ha tocado ver operaciones en Estados Unidos y en México de orgánicos que no lo son, y rápidamente te das cuenta cuando entras al rancho, cuando ves el tipo de insumos, el tipo de fertilizante y el volumen de productos que tienen”.

Cuestión de precios

Cuando se habla de comida orgánica se piensa en altos precios y que está dirigida a un segmento de mercado de alto poder adquisitivo, pero no ser barata tiene su explicación.

Es costoso que los productos no tengan fertilizantes que dañen la salud, no afecten los suelos y que los trabajadores tengan buena paga, coinciden Montaño y Madrigal. “O le pagas al doctor por comer productos que tienen químicos que pueden ser cancerígenos, o pagas al agricultor un orgánico”, destacan. En el caso de los productos que ellos cosechan, como jitomates uva, calabazas y chiles poblano, serrano y jalapeño, entre otros, tienen un precio por libra de entre 10 y 30 pesos mayor a lo que cuesta un producto normal.

Al precio que paga el consumidor se debe descontar una prima de comercio justo, que para la libra de calabaza italiana es de 2.50 centavos de dólar.

Para Latapí, en definitiva el producto es caro, pero aunque “es un producto costoso, previene de enfermedades y da bienestar a la familia”.

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Por ejemplo, algunos orgánicos cuestan el doble que los que no lo son, lo que hace que el poder adquisitivo sea un factor importante para su consumo.

Levy señala que “el precio de los orgánicos tiende a ser más alto que los convencionales, por lo que el segmento que está consumiendo esta clase de productos sí está vinculado al poder adquisitivo. Sin embargo, el nicho de personas preocupadas por su salud, empieza a ampliarse, dirigiéndose a sectores con menores ingresos”.

En tiendas de The Green Corner, como la de Coyoacán, hay quienes consumen productos de primera necesidad y compran pequeñas cantidades.

Crecimiento sostenido

El consumo de orgánicos en México y Estados Unidos va al alza, pues, de acuerdo con expertos, crece 20% anual, coinciden representantes de Aires de Campo, Covilli y The Green Corner.

El mayor consumo se concentra en productos como huevo, pollo, leche, lácteos, frutas, arroz y frijol.

“El mercado orgánico mexicano ha ido dando pasos agigantados; se ha ido extendiendo a lo largo de los últimos años. Ha crecido 20% anual, aproximadamente”, dice Levy.

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Latapí explica que sus productos registraron aumentos anuales en ventas de entre 20% y 30%, lo que muestra que hay mayor conciencia sobre lo importante de que no tengan colorantes, que los animales no hayan sido inyectados con anabólicos o antibióticos y que todo el proceso sea natural.

Sin embargo, en el caso de las exportaciones de Covilli a Estados Unidos, Madrigal explica que hasta el año pasado crecieron 20%, pero en 2019 se moderó el ritmo y ahora el aumento es de entre 8% y 12%.

Sin embargo, “de que hay interés, lo hay. Ya se despertó por los productos orgánicos y por cuidar la salud”, destaca.

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