Axila peluda, capítulo II

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Quizá recuerden mi emocionante entrega “Axila peluda, capítulo I”. Sigo sin rasurarme porque, hasta la semana pasada, no me había atrevido a exhibir mi peludez en la calle.
OTRAS
12/04/2016
08:05
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Como la escuela de diseño le quedaba muy lejos, Tamara De Anda (Ciudad de México, 1983) estudió Comunicación en la UNAM.
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Amigues, escribo este post con un olor que no me aguanto ni yo. Por medio de la presente ofrezco una disculpa a quienes han tenido que convivir conmigo últimamente, sobre todo a los de mi clase de alemán, que es en la tarde-noche, y por lo tanto que me huelen después de haber expuesto mi cuerpo al calor de 30 grados de la #CDMXEXDFRENUNCIAMANCERA, y peor tantito cuando levanto la mano para participar cuando “Ich habe eine frage”. Esto debido a mi axila peluda.

Quizá recuerden mi emocionante entrega “Axila peluda, capítulo I”. Sigo sin rasurarme porque porque, hasta la semana pasada, no me había atrevido a exhibir mi peludez en la calle. Seguía con el proyecto de hacerlo, aunque los miedos explicados en el texto anterior aún eran más poderosos.

Pero el otro día al fin me salí con manga cortitita y me fui caminando por Insurgentes. Llevaba lente oscuro, así que podía notar “discretamente” las miradas ajenas. Algunas –de hombres y mujeres– eran onda “Me gusta tu camiseta” o “Estás chula” o “Tu pelo es rojo-del-supermerdado y esponjoso, ocupa tanto lugar en el espacio que es difícil no voltear a verlo”. Todo bien ahí. Otras en cambio sí eran de “AGAGGAGAGGAA MUJER CHICHIS OBGETO”, y aj, qué asco y qué coraje. Y entonces recordé de Gaty, que alguna vez escribió sobre lo chingón que era espantar ONVRES mostrándoles la axila peluda. Empecé a levantar mi brazo cada vez que me aplicaban un vistazo tipo “CÓMO HACEN LOS BISTECES”. Uuuuuf. ¡Qué risa! No saben las caras de sacón de onda, susto, desagrado y fúchilas. Maravillosas.

Mi favorito fue un güey que me susurró “Tsssssspreciosaayosítedaba”. Levanté el brazo y le dije “¡Chúpame la axila!”. Puso una jeta de profunda indignación, porque ESO SÍ QUE NO, ¿cómo era posible que yo lo ofendiera de esa manera con los PELOS PROHIBIDOS? Jaja, ay, me hizo el día.

Al día siguiente continué el experimento, esta vez en el metro. Llevaba mi vestido favorito (éste pero en negro), andaba peinada, perfumada y maquillada. Y ustedes saben lo que eso significa cuando andas en transporte público: susurros y un chingo de miradas incómodas. Yo nomás les aplicaba el axilamático para espantarlos, PUM, y hasta se hacían para atrás, jiji.

Cuando estás educada desde la cuna para agradarle a los demás, sobre todo a los hombres, pero ya te quieres quitar esas pendejadas de la cabeza, la axila peluda es algo KERMOSO, una terapia de choque bien chida. Especialmente cuando de forma legítima te gusta maquillarte y usar ropa más o menos “femenina”, como a mí, llevar esta sorpresa debajo del brazo es una minitrasgresión que manda un poderoso mensaje: me arreglé y me puse chula para mí, no para para complacerte, desconocido, y aquí te va mi axila peluda para probarlo, FUAAAAAAA.

El problema, en mi caso particular mío-de-mí, es que el olor resultó tan poderoso como el mensaje. Siempre he sudado un chingo y he sido de “olor fuerte”. En circunstancias normales el Axe rosita lo controla bien, pero los pelos la ponen difícil, porque son porositos y el aroma se queda a vivir en ellos por más jabón antibacterial que les eche. Y ya sé que esto de la “peste” corporal también es cultural, que el capitalismo está feliz de que algo tan natural como la transpiración nos haga sentir inseguros, que estamos más amaestrados que codificados biológicamente para decir “Ay guácala”... pero está cabrón luchar contra eso. Mucho más que contra los pelos así solitos.

Sin embargo, voy a aferrarme a mi axila peluda una o dos semanas más, porque ahora falta el capítulo final: pintárme el pelito de algún color “fosforiloco”. CHAN CHAN CHAN.

***

Uno de los argumentos más frecuentes contra el axilapeludismo es “la higiene”. Y después de estas semanas de apestosidad, sí, algo hay de eso, no están tan equivocades. ¿PERO Y LOS HOMBRES? A ver gente, no veo a nadie indignado porque los machines llevan TODA LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD con la pelambre del sope intacta. Todo lo contrario: si LA SOCIEDAD se entera de que el equivalente masculino de Plaqueta, cansado de su olor, ya se rasuró, seguramente lo tacharán de PUTO porque eso de rasurarse debajo del cuello es de VIEJAS y de METROSEXUALES. (Pero nadie va a saber, porque las axilas masculinas no son un asunto polémico, así que vas, Plaqueto, rasúrate, no pasa nada.)

Otra crítica depilatoria: “Qué horror, las feministas de ahora se preocupan por pura estupidez superficial, como andar todas peludas”. Claro, porque en el momento en que nos dejamos crecer el vello corporal, de inmediato nos olvidamos de los feminicidios, de la brecha salarial, del techo de cristal (AHAHAHAHA TECHO), del acoso callejero, de las violaciones, etcétera. Los problemas reales desaparecen de nuestra mente, sólo pensamos en cabelleras y nopales, ¡es mágico gooooeeei!

***

Micromachismo de la semana:

Como ya voy a hacer ejercicio PARA PODER CARGAR EL GARRAFÓN e ir a tramitar  mi licencia de feminazi, fui a la Walmart a comprar unos mallones. Mi novio me acompañó. Pagué la mercancía, salí con mi elegante prenda de vestir en la mano, y luego me quise volver a meter al super porque noté que había una tienda de TODO A 16 PESOS. En eso, el guardia de la entrada vio que llevaba cosas y exclamó: “Caballero, tiene que dejar eso en paquetería”. Tardé varios segundos en procesar que el tira le había hablado AL HOMBRE, a pesar de que yo iba al frente y yo llevaba el “objeto problemático” en la mano. Güey: ni siquiera en uno de los pocos espacios públicos-aunque-privados en los que no sólo se admite, sino que se alienta y se espera la presencia de las mujeres, el pinche poli cabrón puede reconocernos como seres humanos.

 Por supuesto, esto me gano por ir a Walmart a comprar mis pants y no conseguir unos artesanales y de comercio justo elaborados por manos mexicanas. 

 

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