Por ahí de octubre, cuando se suponía que iba a empezar a bajar la temperatura, decidí –por primera vez después de los 13 años de edad– dejar de rasurarme las axilas.

No creerán lo que ocurrió después.

ME CRECIÓ PELO.

Dramatización.

Primero unas púas, luego una pelusa, después una matita acariciable y pachoncita. A pesar de que hace como nueve años fui a un par de sesiones de depilación láser (sí, fui damnificada de , como la mitad de las clasemedieras de México), mis folículos axilares siguen activos.

No tuve problema con mi nuevo pelaje hasta que una tarde de mediados de noviembre, atípicamente caluroso, quise salir a la calle con una camiseta sin mangas. Pensé: “Ash, ya, o sea, pues qué tiene, ni que fuera importante la opinión de mis compañeres de vagón de metro, bola de desconocides, que piensen lo que quieran, además es el objetivo de este experimento, ¿no? Hacer una declaración de principios, ¿no? ¿NO?

¿NOOOOO?”.

Pero entonces pensé que me iban a dar ganas de justificar mi axila y explicarle a cada una de las personas con las que me topara el porqué de su peludez: “Estimados pasajeros, esta tarde no vengo a robarles más que un minuto de su tiempo. ¿Se han puesto a pensar en lo arbitraria que es la regla de que las mujeres debemos depilarnos de la cabeza para abajo? Creemos que ‘se ve bien’ porque es la imagen que nos han machacado desde el minuto uno de nuestra existencia. También nos han hecho creer que es ‘antihigiénico’ no hacerlo... pero si un hombre se rasura NO MAMES WEY HA DE SER PUTO QUÉ PEDO. Deberíamos cuestionar estas imposiciones carentes de sentido y entonces empezar a tomar decisiones realmente voluntarias sobre la apariencia de nuestro cuerpo. Por su atención, gracias”. Así cada tres estaciones. O grabar el discurso y llevar una bocina-mochila como los que venden discos pirata. O pegarme un post it con ese choro en cada axila (¡pero entonces ya no se vería el pelo!). O mandar a hacer una camiseta con un eslogan pro-elección-pilosa. O...

Me apaniqué y me puse una blusa con mangas. Fracasé muchísimo como feminazi.

Luego empezó a hacer un poquito de frío y se me olvidó. Hasta que un día decembrino, para una de mis chambas, tuve que participar en un video navideño. Una de las tomas requería que yo levantara los brazos. Como no sabía cómo iba a estar la cosa, me llevé una camiseta de manga cortita que, con ese movimiento, inevitablemente revelaría “mi condición” pelística. Para no espantar a los presentes, que no eran parte del equipo con el que suelo trabajar, tuve que anunciar lo que estaban a punto de ver: “Oigan, no me he rasurado por un importante experimento sociológico, y no creo que los televidentes estén listos para mi axila peluda, ¿qué hacemos?”. A muchos les valió, a otros les dio risa, pero sí hubo quienes pusieron una cara de QUÉ LE PASA A ESTA VIEJA ASQUEROSA SEGURO NI SE BAÑA Y HA DE TENER PIOJOS (seguro hasta la fecha tienen pesadillas). Alguien fue a conseguirme algo que disimulara mi ocurrencia, pero a la mera hora ni se notaba a cuadro, así que la grabación prosiguió con todo y sobaco afelpado.

El otro día en una fiesta alguien preguntó que cómo iba mi axila peluda. Les enseñé. Mis amigues pusieron la misma cara que harían al ver al bebé feo de alguien muy querido. “Eeeem... ¡ha crecido mucho!”. Igualito.

Y ya. Hasta ahí mi reporte. En febrero que empiece a hacer calorcito saldré a la calle, ahora sí armada de valor, y expondré mi axila poblada. Entonces habrá un segundo episodio de esta emocionante saga capilar que seguro los tiene al borde del asiento.

AY PLAQUETA QUÉ ASCO SI YA VIMOS QUE LAS MUJERES DECENTES SE DEPILAN ; TAMBIÉN EN LA ERA DE LAS CAVERNAS SE RASURABAN, ENTIENDE ERES UN MONSTRUO.

“Yo sí fui a la depilación láser y de paso llevé a mi mamut al estilista de mascotas”.

¡Un abrazo peludo!

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