Me gusta cuando mis conversaciones con recién conocidos llegan a este punto: alguien me dice algo así como “Ay, así bien rico en la playita” y yo respondo “Odio la playa”. Me preguntan con cara de asombro: “¿Por queeeé?” y yo digo, ya muy ensayado “Porque está llena de arena y agua y me empanizo”. Jajaja, ay qué loca, cambio de tema, voy para allá a hablar mal de ti, sale bye.

No siempre fui así, naturalmente. Como chilanguita de departamento, me hacía muchísima ilusión conocer esa alberca gigante y salada con orilla de arena. Soñaba con ver el mar y pensar que muchos muchos muchos muchos muchos kilómetros para allá había otros países raros como de película de Canal 11 en la noche. Encontrar conchas y caracoles tirados en el piso, ¡gratis! Además, me moría por construir un castillo de arena.

A los seis años por fin se me hizo. Una tía me llevó a una playa... en Nueva Jersey. ¿Famoso por sus playas? No. La arena era igualita a la que habían usado unos albañiles para ampliar mi edificio. El agua era gris. Hacía frío. No encontré conchas, sino algas, corcholatas y colillas (¡gratis!). El mar no me permitió imaginar nada porque una ola me tiró al piso y me mojé toda. Y mis castillos de arena se veían así:

Mejor me hubieran llevado a Temixco, gracias.

En la universidad decidí darle una oportunidad a la playa, ese ecosistema dominado por los chairos. Un verano me fui con unos cuates de la ENAP a Oaxaca-ciudad, donde la pasamos increíble paseando y bebiendo mezcal y tomando fotos y comiendo rico. Después de unos días divertidísimos, agarramos unos de esos camiones que atraviesan la sierra durante la noche. Nuestro destino final era Mazunte, una playa que, según afirmaba una rival de amores de la Facultad de Políticas, era un lugar “mágicoooooo gooooooeeeei”.

Y sí, como por arte de magia me hinché, me salieron 500 barros, se me esponjó el pelo y me dio alergia la humedad. ¡Tarán! En cinco minutos, mi amigo Bob y yo dijimos al unísono: “Vámonos de aquí”.

Pero estábamos atrapados. No había corridas de regreso a México sino hasta el día siguiente. Nos tuvimos que aguantar.

Decidimos intentar disfrutarlo. Me fui a poner el traje de baño que me había comprado en el Suburbia la semana anterior. Salí (de los baños asquerosos) y me sentí mortificada al notar dos cosas: 1) Era la ÚNICA ridícula en toda la playa con traje de una sola pieza y 2) era la ÚNICA “chobicita”. Todas las mujeres eran chairas flacas que parecían flotar en el aire mientras lucían hermosos diseños de Inditex. TODAS. Era como si hubiera una convención de chairas flacas flotantes.

Obviamente a nadie le importaba cómo me viera o qué me pusiera, pero me dio osísisisimo salir a la luz y medio ir a remojarme al agua (no sé nadar). Me sentía observada, señalada, humilada. Me regresé pronto al campamento y me puse una camiseta y unos shorts y me comí una caja de galletas surtido rico para paliar mis penas de gordura y esperar y esperar larguísimas horas hasta que fuera hora de regresar al DF y meterme bajo suéteres y jeans guangos y mi cortina de pelo (bien controlado).

A partir de ese momento dije: nunca más. Ahora si voy a una playa, me dejo las botas puestas.

Entonces: me choca la playa por causas naturales, pero además siempre me ha parecido doblemente doloroso ir porque tengo que enseñar mi cuerpo; un cuerpo que “el sistema” se ha encargado de hacerme odiar minuciosamente cada uno de los 11784 días de mi vida; un cuerpo que no “merece” ser expuesto porque qué asco tu celulitis y qué has hecho para contrarrestarla nada verdad qué dijimos de la crema suiza de 878273489327 pesos  y de los ejercicios que vienen en la revista de Martha Debayle y de esos brazos aguados ya mejor ni hablamos.

¿Pero y si sí me gustara? Supongo que hubiera aprendido a que me valiera madres. Y que sabría nadar y entonces quizá por eso haría un poco de ejercicio y no tendría los bracitos tan pachoncitos. Pero entonces qué haría con mi pelo todo maltratado y ni modo de llevar mi jarra de gel para peinármelo cada vez que se moje y qué hago con el bloqueador solar y el maquillaje y luego andar cargando una toalla mojada dónde la dejo se vaya a enlodar mi iPhone y ay no qué horror. Y además está llena de agua y de arena y me empanizo.

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