Los dientes siempre van a estar. Se saca la tierra que está debajo de la tierra, y ahí están: intactos y sueltos, como cuando se te caía un diente de leche y lo mostrabas a todo tu alrededor con alto júbilo. Una recompensa iba a traer, y aquí, lo mismo se espera.

¡Un diente! ¡Una muela! se grita en repetidas ocasiones. Unos meten la pala a la montaña de tierra que permanece a unos metros de las dos fosas, donde se encontraron dos osamentas ¡completas! Echan la tierra a la criba, ese cuadro de madera con malla metálica que sirve para separar. Otros, extraen muy sutilmente con sus manos los huesos de la tierra y las piedras, y en ocasiones, sacan el premio: una pieza dental.

Los van juntando, en una bolsita. Hay días, como este sábado de julio en las afueras de Torreón, Coahuila, donde se ensalzan las características estructurales de los dientes, con sus muchos minerales, resistentes al fuego; desafiando desaparecer en un tambo lleno de diesel donde se destruyen tejidos biológicos y se calcinan huesos.

Al parecer, el esmalte dental es el tejido más duro de nuestro cuerpo. Y para los familiares que buscan a sus desaparecidos en el norte del país — y en todo el país— encontrar una pieza dental es la esperanza de poder identificar, de contestar a quién le pertenecían todos esos huesos calcinados y semi-calcinados.

Es fácil disociar. Ves los huesos amontonados en una bolsa, y de lejos, parecen pequeños pedazos de tronco. Ves los huesos ahí, ves un cuerpo humano allá, con la pala, con la criba, y sigues negándolo. Consciente, pero a la vez no.

Es cuando ves el diente, la muela. Y tu reacción es llevarte la mano a la boca, por el asombro, por la ausencia de palabras, por sentir tus dientes, unidos a una dentadura, dentro de ti. Y los ves a ellos, los familiares de desaparecidos convertidos en buscadores de fosas, en forenses.

Mentira. Es una madre buscando a su hijo, una hermana buscando a su hermano, un padre buscando a su hijo, extrayendo huesitos de la tierra, pensando: ¿Será él o ella? ¿Quiero que sea o que no sea?

¿Y si, sí es? ¿Que dirán? Un “Te busqué hasta que te encontré”, en huesitos, en muelas y dientes, pero te encontré.

¿A qué hemos llegado que los dientes yacen en los montes? ¿En qué nos convertiremos después de los exámenes y las pruebas de ADN — si es que los hay? ¿Cómo sobreviviremos con el paso del tiempo, cuando los desaparecidos aparezcan como vestigios arqueológicos? ¿Cómo nos reconstruiremos?  Si es que se puede.

Dos días después viajé a Monterrey, y una de mis primeras paradas, fue una visita al dentista. Tus dientes se ven bien, me dijo. Todos mis dientes estaban ahí, en mi dentadura, donde deben estar.


Chantal Flores

Periodista independiente

@Chantal_f @ObsNalCiudadano

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