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El cambio de una cultura de la ilegalidad por una de legalidad tiene resultados palpables que se verifican en indicadores sociales, económicos y de seguridad pública, en suma, en una mejor calidad de vida. Sólo la vía que abre la educación, puede lograr un cambio consistente y sustentable en las prácticas cotidianas relacionadas con el respeto a las leyes y normas, y puede llegar a solventar las deficiencias estructurales de las instituciones o normas.
La educación para la Cultura de la Legalidad es aquella que debe entenderse como un proceso mediante el cual se preserva, transmite y recrea una cultura común: conocimientos y creencias, ideales y normas, hábitos y destrezas[1]. El proceso pedagógico parte desde el modelo argumentativo y democrático cuando se favorece la formación y el ejercicio de la autonomía personal, así como el fortalecimiento de la dignidad humana y el trato igualitario de las personas a partir de la no discriminación.
La educación debe estar orientada por el debate democrático de los ciudadanos acerca de los valores, las políticas y los medios necesarios para su instrumentación. El objetivo radica en que las personas puedan aprender[2] a aprehender[3] como lo propone Kaplún. Este modelo pedagógico requiere que las personas problematicen y sean capaces de deducir, relacional, sintetizar y razonar, las cuales son habilidades que se utilizan para dar significado al mundo, interpretarlo y desmitificar en caso necesario. La apropiación de estas habilidades permite que las personas reflexionen y asuman el rol que les corresponde, formándose como ciudadanos capaces de transformar su entorno. Algunas de las características más importantes de este modelo son:
- El individuo debe participar, involucrarse, investigar, problematizar para obtener conocimiento formativo.
- Aprehender el mundo con todas sus implicaciones requiere considerar todo aquello que se lee y se escucha con todo el bagaje de conocimiento práctico que se obtiene en la cotidianeidad.
- Los errores son parte del proceso (información).
- El conflicto permite problematizar las cuestiones de nuestro entorno.
- La educación debe ser un acto dialéctico donde exista un reconocimiento, tanto del educador como del educando de la dignidad y valor de sus personas.
- Un modelo autogestivo de educación, se basa en la participación activa del sujeto en el proceso educativo y lo forma para participar en la sociedad.
- La educación exalta los valores comunitarios, la solidaridad, la cooperación, y los sentidos cívico y ético.
- La educación es un proceso permanente.
La Cultura de la Legalidad es un proceso pedagógico social que debe ser utilizado como una herramienta dinámica que puede contrarrestar tanto los efectos, como los gérmenes que han arraigado el sistema de ilegalidad. Los programas y políticas públicas evidencian que es posible poner en marcha proyectos, que incluyan a los distintos sectores de la sociedad, encaminado al desarrollo de estrategias que garanticen el Estado de Derecho.
Para Leoluca Orlando, la aplicación de la ley es fundamental, el castigo y la represión de los actos ilegales son necesarios, sin embargo no son suficientes, y “a la hora de combatir el crimen un profesor de escuela, un periodista o un cura son más importantes que un policía”.[4] El proceso pedagógico no se queda en el aula, o en la conferencia, no es tema exclusivo de especialistas, sino que debe extenderse y penetrar en los diversos sectores de la sociedad. Lo verdaderamente importante y necesario es crear una identidad que tienda puentes entre el sentimiento de comunidad de los habitantes con la Cultura de la Legalidad, únicamente de esta manera se podrá romper con la creencia de que la delincuencia es omnipresente y omniabarcante, y verla como un mal que es posible combatir de manera cotidiana.
En cualquier ciudad de los Estados Unidos o de Europa, incluso la más golpeada, un esfuerzo de este tipo habría sido simplemente un modesto intento de reforma social. En Palermo fue una ruptura revolucionaria con el pasado porque la Mafia, como cualquier fuerza totalitaria, debía su poder en gran medida al sofocamiento de la memoria cultural y la identidad cívica. En los últimos años, sin embargo, unos 25000 estudiantes han adoptado más de 160 monumentos de Palermo, (…) Al exigir la limpieza de estos monumentos, nuestros niños se daban cuenta de que su trabajo era una metáfora de la limpieza del hollín espiritual que se había sedimentado durante tantos años de gobierno criminal.[5]
Crear una identidad apegada a la legalidad, radica en lograr que las personas sientan una pertenencia de cuerpo, es decir, que se sientan orgullosas de pertenecer a su comunidad, y valoren sus obligaciones y sus derechos; significa que rechacen y condenen cualquier acto que vaya en contra de la comunidad y de que la relación con las autoridades y las instituciones caminen a la misma velocidad y en la misma dirección como en la metáfora de la carreta de dos ruedas, aún ante las situaciones más precarias que la delincuencia ha generado. “Recuperando la identidad, decía Leoluca, lo demás viene solo”.
Como hemos visto, a grandes rasgos, la Cultura de la Legalidad significa respeto y conocimiento de la ley[6], y aunque éste se puede tener en diferentes grados, el objetivo fundamental es el fortalecimiento del orden social del Estado de Derecho que a final de cuentas beneficiará el desarrollo económico de la sociedad.[7]
La Cultura de la Legalidad necesita fundamentalmente, la transformación de diversos paradigmas. Exige que cada quien asuma el papel que le corresponde -cómo ya lo proponía el viejo Platón cuando exponía su concepto de justicia[8]-, tomando conciencia de que cuando algún individuo rompe una ley, aunque pueda parecer insignificante, está reproduciendo una cultura de la ilegalidad.
El apoyo y la participación de la comunidad también pueden enfocarse a la prevención y desarraigo de las prácticas criminales y corruptas, sin necesidad de gastar en un sistema masivo de impartición de justicia y penal. Esta participación también reduce el riesgo y el costo de una vigilancia gubernamental violatoria y de prácticas regulatorias que son dañinas para las libertades individuales y para las iniciativas de orden económico, social y político. En otras palabras, la impartición de justicia, tal como lo ha planteado el alcalde de Palermo, no es más que una de las dos ruedas de una carreta.[9]
Contra el desasosiego de creer que el problema de la ilegalidad y la corrupción es una parte fundamental del ser del mexicano, y que estamos totalmente imbuidos en una dinámica absorbente imposible de superar, debemos poner atención en algunos casos internacionales que experimentaron situaciones sociales complejas y críticas, pero que en gran medida fueron superadas, y rompen el mito de que estamos determinados a replicar la corrupción eternamente. En Hong Kong[10] y Sicilia[11] se experimentaron cambios radicales en la cultura, lo cual los llevó a generar una Cultura de la Legalidad. Estos ejemplos internacionales demuestran que es posible romper dinámicas culturales de ilegalidad y crear otras que refuercen el Estado de Derecho, aún en lugares en donde la delincuencia, la pobreza, y la ilegalidad han predominado por mucho tiempo. El cambio cultural es posible, y aunque es difícil de lograr, puede generarse en tiempos relativamente cortos.
Christian Eduardo Díaz Sosa
Investigador – Observatorio Nacional Ciudadano
@ChristianDazSos @ObsNalCiudaedano
[1] R. Vázquez, 4 modelos sobre cultura de la legalidad, p. 71, en Rivas Rodríguez, Francisco Javier, “Ética y doctrina policial”, en Szekely Pardo, Miguel, SIDEPOL, La construcción de una policía profesional en México, México, Centro de Investigación y Estudios de Seguridad, 2012.
[2] Aprender es un proceso mediante el cual los sujetos graban en su memoria información que desconocían; se aprende incluso involuntariamente, ya que el proceso es generalmente automático o inconsciente.
[3] Aprehender implica un proceso más complejo y comprometido de aprendizaje, ya que la apropiación de la información se da por convicción, generando conocimiento consciente que permite involucrar el contexto en que se genera y comparte dicha información.
[4] Orlando Leoluca, “Entrevista: Atacan crimen con cultura”, en Periódico Reforma, en URL= http://www.sicilianrenaissance.info/es/rassegna/pub/030308_reforma.pdf.
[5] Orlando Leoluca, op. cit., p. 111.
[6] “¿No tendríamos un mundo más habitable si la gente respetara la ley? Para que esto ocurriera la ley tendría que conocerse”. Gerardo Laveaga, La Cultura de la Legalidad, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Jurídicas, Serie Estudios Jurídicos Núm. 8, 2000, p. 18. A ese respecto, véase también Carlos Cárcova, La opacidad del derecho, Madrid, Trotta, 1998.
[7] “(…) la adecuada difusión de nuestras disposiciones jurídicas contribuye a fortalecer el orden social de un estado. Ciertamente, orden social es un concepto lleno de aristas: pues puede significar la coexistencia pacífica de los distintos grupos que integran una comunidad, pero, también, la preservación del statu quo de la misma”, Gerardo Laveaga, op.cit., p. 18.
[8] Así lo decía en La República. “Justicia es hacer cada quien lo que le corresponde”.
[9] Godson, Roy, op. cit., p. 2.
[10] Godson, Roy, “Guía para desarrollar una Cultura de la Legalidad”, en Simposio sobre el papel de la sociedad civil para contrarrestar el crimen organizado: Implicaciones Globales del Renacimiento de Palermo, Palermo, The Sicilian Renaissance Institute, 2000.
[11] Orlando, Leoluca, Hacia una Cultura de la Legalidad: La experiencia siciliana, Perú, Fondo Editorial PUPC, 2003.
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