Aún guardo aquel sabor en el paladar, nadie podía creer que aquel hombre fuera un cocinero extraordinario de caldos; así es que, la curiosidad por saber sus secretos llevaba a los vecinos de nuestro pueblo y de otras comunidades a dejarlo pasar a pesar de su apariencia descuidada.

  1. Después de que prueben mi famoso caldo de piedras quedarán sorprendidos y querrán otro tanto, se los aseguro, siempre se puede mejorar el sabor e incluso cambiarlo un poco, todo depende de la bondad de ustedes para con este viejo, comentaba al tiempo de extender la mano y esbozar una leve sonrisa.

La expectativa sobre el platillo crecía desde que el forastero prendía la fogata que utilizaría para cocinar, decía que era mejor que hacerlo en la cocina, que el aire libre inspiraba a las piedras.

Mi madre incrédula estaba incluso molesta con padre por haber dejado pasar hasta el jardín al desconocido, no sabía en realidad quien era y solo habíamos escuchados a algunos vecinos decir que era el hombre de la sopa de piedras, que sin lugar a dudas era todo un manjar de sabores.

La curiosidad atrajo a padre y puso de mal humor a mi madre, pues de buenas a primeras había sido desplazada de su cocina con el argumento que ese día descansaría –descansar, descansar, si cómo no, sí debo de estar al pendiente de nueve chamacos y de ti, descansar, sí claro descansar, susurró entre dientes al tiempo que le entregó a padre una gran olla a la que sólo le puso varios litros de agua.

Mientras la discusión concluía en la cocina, el huésped ya había encendido la fogata, con tal facilidad y prontitud que nos llamó la atención, la novedad fue atrayendo a cada uno de mis hermanos, que se fueron sentando alrededor del fuego como si esperaran un milagro.

Unas horquillas de madera improvisadas, atravesadas por una vara sostenían la olla –ahora habrá que esperar a que hierva el agua- dijo con determinación- y te pediré a ti, continuó señalándome con su larga mano, que consigas un cucharón para menear el caldo cuando sea necesario.

El agua hirvió relativamente rápido, el fuego era intenso y hacía suponer que la sopa no tardaría mucho en cocinarse; el forastero sacó entonces de su maletín viejo cinco piedra de río de tamaño regular, las tomó con cierta dulzura y les cuchicheo en voz muy baja –sólo hagan lo que saben hacer- las puso una a una en el perol, que para aquel momento se hallaba más que tiznado, dio vueltas y vueltas al contenido por más de veinte minutos, sin decir palabra, sólo observaba el contenido, una y otra vez; el silencio permitía escuchar el trinar de los pájaros, el mugir de las vacas, el balar de las ovejas y el lejano cloqueo de las gallinas.

Finalmente se detuvo y volvió a meter el cucharon para sacarlo con un poco de cocimiento y probarlo –que bien sabe dijo, casi está en su punto, Gracias a Dios, pero me gustaría que ustedes probaran el mejor caldo de piedra que jamás se ha hecho ¿Será que en esa bella cocina tengan un pedazo de cebolla y algunas verduras? preguntó, entonces mi hermana mayor se levantó y un tanto deslumbrada por la personalidad del personaje dijo que buscaría sin que madre se diera cuenta.

Fue así que la cebolla, los vegetales y las papas fueron depositados en el recipiente, el hombre continuó con su ritual de mover el contenido por unos quince minutos más, hasta que volvió a detenerse y sacó el cucharón con una prueba-muy buena, pero muy buena, este caldo será el mejor que hemos hecho mis piedras y yo, continuó dando vueltas al contenido, sin dejar de observar el campo y descubrir a los lejos el corral.

Estoy seguro que su madre tendrá en la cocina un hueso seco, de esos que se guardan después de hacer machaca y carne seca ¿Por qué no buscamos uno? Y como si fuera aquella sugerencia una orden me levanté y fui a escudriñar para que se le agregara al famoso caldo de piedra.

Así pasaron otros veinte minutos; para aquel momento el visitante ya estaba contando historias sobre sus grandes recorridos por la sierra, según él se había enfrentado a grandes bestias y siempre había salido ileso. Juan, el menor de mis hermanos sólo deseaba que nos contara más aventuras y que el personaje no se moviera de ahí.

Había pasado suficiente tiempo para que el caldo estuviera, pero sin el menor recato el hombre volvió a meter el cucharon y probo, me parece dijo, que unas ramitas de cilantro y un poco de apio le darán el toque final que necesitamos y sí por ahí encuentran un poco de sal y un retazo del pollo que sacrificaron ayer quedará a punto.

Así fue como mis hermanos y yo nos quedamos con el recuerdo del mejor caldo de piedra.

Manolita Recomienda. - La Toma de Tequila es un restaurante dedicado a la comida de Chihuahua, un rincón del norte del país enclavado en la esquina de la calle de Toluca, esquina con Baja California en la colonia Roma Sur. Raúl Vargas el anfitrión ofrece a los comensales Sotol curado con veneno de víbora, orgullo de aquellas tierras. Tortillas de harinas hechas a mano, burritos de carne y queso chihuahua, frijoles, caldillo de filete, cortes de carne chihuahuense, menudo norteño, huevos con machaca y un flan de la casa con sotol. El sitio esta amenizado con música y sobre todo cuenta la buena charla de Don Raúl quien cuenta anécdotas de su natal Parral y de su arribo a la Ciudad de México hace más de 50 años.

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