Cuando Julián Carrón, sucesor de Luigi Giussani al frente del movimiento Comunión y Liberación, encomendó a Alberto Savorana la elaboración de una biografía del fundador, su pregunta espontánea fue cómo podría hacerla. Él tenía experiencia como redactor de pequeños artículos de divulgación, pero lo que le solicitaban superaba con creces cuanto hubiera podido imaginar. De hecho, el resultado es una obra de casi mil cuatrocientas páginas en su edición castellana. La recomendación de Carrón fue muy sencilla. Y muy al estilo de Giussani. Le compartió su experiencia. Él mismo, siendo apenas un joven estudiante en el seminario de Madrid, con un grupo de amigos se planteó la pregunta de cómo habría sido la experiencia de los primeros cristianos. Ciertamente, eso los llevó a la fascinación por el descubrimiento del hebreo y del arameo, y una pista de investigación bíblica que se ha seguido hasta la fecha en San Dámaso. La labor de Alberto debería ser parecida. Preguntarse cómo habría sido la experiencia, y dejarse llevar por ella. La pregunta lo condujo a la lectura de decenas de miles de páginas, además del recuerdo de su propia experiencia con Don Giussani. El resultado, la bella obra que hace unos días fue presentada en México.
¿Por qué la figura de ese carismático sacerdote milanés puede ser relevante hoy para nosotros, más allá de los límites de los miembros del movimiento y sus simpatizantes? En realidad, como él no se cansó de decir, su finalidad no era fundar un movimiento, sino suscitar una experiencia. Interpelar a fondo la propia condición humana, dejándose guiar por la realidad, planteando el cristianismo como una hipótesis, que habría de ser verificada por la propia vivencia. En este sentido, las categorías de acontecimiento y encuentro se volvían decisivas. Tal vez nadie ha sintetizado mejor esta certeza que el Papa Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, n. 1).
Refiriendo los ejercicios espirituales de los universitarios –cita prioritaria para Giussani desde que inició el gesto–, Savorana retoma las palabras que refieren esta convicción, como lo ha señalado repetidamente al presentar su obra. “Aquellos dos, Juan y Andrés, y aquellos doce, Simón y los demás, se lo dijeron a sus mujeres, y algunas de esas mujeres se fueron con ellos. Llegó un momento en que muchas se fueron con ellos para seguirle: abandonaban sus casas y se iban con ellos. También se lo dijeron a otros amigos, que no abandonaban necesariamente sus casas, pero que compartían su simpatía hacia aquel hombre, que compartían su actitud positiva de asombro y de fe en Él. Y esos amigos se lo dijeron a otros amigos, y luego a otros amigos, y más tarde a nuevos amigos más. Así pasó el primer siglo, y estos amigos invadieron con su fe el siglo segundo al tiempo que invadían también geográficamente el mundo. Llegaron hasta España al final del siglo primero y hasta la India en el siglo segundo. Y luego los del siglo segundo se lo dijeron a otros que vivieron después de ellos, y estos a otros, como una gran corriente que se fue agrandando, como un gran río que crecía, hasta que llegaron a decírselo a mi madre, ¡a mi madre! Y mi madre me lo dijo a mí cuando era pequeño, y yo también digo: ‘Maestro, tampoco yo comprendo lo que dices, pero si nos vamos de tu lado, ¿adónde iremos? Sólo tú tienes palabras que corresponden al corazón” (A. Savorana, Luigi Giussani. Su vida, Madrid 2015, 962-963).
Este “método” lo ha asumido también, en varios momentos, el Papa Francisco, quien dice: “Estoy agradecido a don Giussani por varias razones… Su pensamiento es profundamente humano y llega hasta lo más íntimo del anhelo del hombre. Sabéis cuán importante era para don Giussani la experiencia del encuentro: encuentro no con una idea, sino con una Persona, con Jesucristo. Así, él educó en la libertad, guiando al encuentro con Cristo, porque Cristo nos da la verdadera libertad” (Discurso del 7 de marzo de 2015).
Un camino que es necesario recorrer en toda su densidad y anchura, en toda su complejidad y sencillez, en la certeza de una “belleza desarmada” (Carrón), que es tan compleja como el ser humano y tan simple como Dios, para asumir cabalmente la condición de discípulos de Cristo.
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