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Es sintomático de una cultura en crisis que las tradiciones decaigan. La imagen de una reliquia en las desesperadas manos del pueblo o de sus revolucionarios nos dice siempre que un sistema se encuentra en la frontera con el cambio. En ese sentido no puedo llamar revolucionaria a la Ben-Hur (2016) de Timur Bekmambetov pero sí decadente. Esto no quiere decir que la película abunde en imágenes sórdidas que puedan ofender a los espectadores de la versión de 1959, dirigida por William Wyler, sino que se trata de una evidencia del decline en la creatividad hollywoodense. Aclaro que me parece irrelevante si Bekmambetov no pudo contar una historia nueva o si decidió rehacer un clásico de Hollywood que coloreó más de una pascua en más de una casa de los abuelos. El problema con la última versión de Ben-Hur es que no muestra la voluntad inventiva ni la mirada al futuro de su predecesora —ya una derivación de una película de 1925 titulada Ben-Hur: A Tale of Christ y de un cortometraje de 1907—, es decir, mientras que la cinta de Wyler se convirtió en un filme icónico por sus logros cinematográficos, la película de Bekmambetov es una demostración del conservadurismo estético que hoy impide a Hollywood hacer cine verdaderamente espectacular, ya no digamos inteligente.
Mientras que la película de Wyler fue —y es— un evento histórico debido a su inmensa producción —la más grande hasta entonces—, a sus precisas y preciosas composiciones en pantalla ancha y Technicolor y a la inimitable secuencia de carreras en que Judá Ben-Hur (Charlton Heston) se gana de vuelta su dignidad, la película de Bekmambetov intenta ser un rechazo a las viejas tradiciones del cine de “espada y sandalia” pero a la vez mantiene vivos algunos de los elementos más anticuados del género. Por ejemplo, el diálogo y las actuaciones no pertenecen al siglo XXI sino a los años de Heston, Lancaster y Douglas —Kirk, claro; Michael sigue aprendiendo—. En la escena en que Ben-Hur reencuentra a su madre y su hermana se repiten unos gritos ya cercanos a lo ridículo: “¡Somos leprosas!”, dicen, como si la audiencia necesitara saber el nombre de las llagas en sus rostros. En los años 50, el tiempo del melodrama, Wyler dirigió la misma escena de manera más moderada y visualmente superior: prefirió la sutileza de planos medios que confirmaran la enfermedad de los personajes sin asquear a la audiencia. Bekmambetov, en contraste, pone en pantalla las llagas leprosas como el niño que nos amenaza con el animal de nuestras pesadillas en mano.
En una decisión que debería crear una distancia con el pasado, Bekmambetov utiliza una fotografía documental, ajena a los planos fijos de Wyler, pero su inestabilidad demuestra no la cualidad naturalista de un Paul Greengrass, director de las cintas de Jason Bourne, sino un tembloroso y endeble realismo que no se busca en otros ámbitos, como lo notamos ya en las actuaciones y el guión. Ni siquiera se puede comparar la banda sonora de nuestra Ben-Hur con la que compuso Miklós Rózsa hace casi 60 años. Su sonido entre lo electrónico y lo sinfónico es el de un hipotético Massive Attack que lo ha perdido todo y se dedica a componer bandas sonoras para telenovelas. Sobraría decir que el elenco es sólo un poco menos inapropiado que el de Wyler con su judío rubio en el siglo I, de no ser porque el árabe Iderim es ahora interpretado por el afroamericano Morgan Freeman —es cierto que los romanos lo identifican como africano pero el nombre sigue siendo árabe— o porque las mujeres en la película, esclavas o miembros del vulgo, tienen las cejas más delineadas que Cara Delevingne. Bekmambetov, que antes dirigió estandartes del kitsch como Guardianes de la noche (Nochnoy dozor, 2004) y Abraham Lincoln: Cazador de vampiros (Abraham Lincoln: Vampire Hunter, 2012), es incomparable con Wyler y carece de su dominio formal y su perfeccionismo. Su marca se aprecia únicamente en imágenes como la de un hombre aterrorizado en la proa de un barco mientras la nave arremete contra la cámara o en tomas desde la perspectiva del protagonista que revelan la consciencia no de un cineasta sino de un amante del videojuego.
Para continuar las comparaciones, irresistibles para mí por lo reveladoras que resultan en cuanto al pensamiento del Hollywood contemporáneo, es importante notar que Jesús es una figura muy distinta en ambas películas. Si en la versión de Wyler Dios hijo no tiene rostro ni voz ante el peligro de resultar inferior a la expectativa del devoto, en la cinta de Bekmambetov Jesús es un personaje cualquiera, un progresista simpático y prudente que, por una parte, parece más judío, pero por la otra se le nota menos divino. Hoy el mundo es más ateo que nunca y Hollywood siempre entrega al cliente lo que éste quiere. Es fascinante notar cómo la misma historia fue hace medio siglo un acto de devoción y hoy es un rato de entretenimiento; cómo el mismo personaje fue antes una imagen inasible para la representación y hoy es una aspiración moral trillada.
Ante todo esto, me parece importante preguntar: ¿el fracaso de esta Ben-Hur pertenece al director o a su medio, Hollywood? A ambos, no lo dudo: el medio entregó su historia a un cineasta primitivo y éste hizo lo que pudo para imponer su identidad sobre la del pasado. Lo podemos ver en la emblemática carrera que antes fue un espectáculo donde se reunieron la tensión de ver a los dobles arriesgar la vida con las visiones grandiosas de los nuevos formatos de imagen. Hoy es un remedo del cine de acción que intenta engañarnos con efectos digitales pero exagera de tal forma que uno sólo puedo rechazar su realidad. ¿Cómo sucedió esto un año después de que George Miller rechazara los efectos digitales con las riesgosas y brillantes persecuciones en Mad Max: Furia en el camino (Mad Max: Fury Road, 2015)? Quizá porque ya es muy vieja. La historia de Hollywood, aparentemente, se escribió ayer, y si mañana hay que entregar una película nueva no hay tiempo para estudiar.
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