La rebelión gay en Xenia

Xenia se estrenará este fin de semana en la cartelera comercial
OTRAS
22/07/2015
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Alonso Díaz de la Vega
Alonso Díaz de la Vega, primer crítico cinematográfico mexicano seleccionado por Berlinale Talents, finalista del Primer Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. Cofundador de...
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Xenia (2014), de Panos H. Koutras, se estrena en nuestro país ya fuera del contexto noticioso. Quizás unas semanas antes la presencia de la cinta en nuestras carteleras hubiera sido más relevante por su retrato de la Grecia moderna, pero ahora que la prensa no lleva la crisis griega en sus portadas Xenia regresa a la condición en que se estrenó en la primavera, durante la 58 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional: una curiosidad. No es un secreto y mucho menos una sorpresa que entre la mayoría de los espectadores —no sólo de México— se ignora el cine griego, como pasa con casi todo el cine internacional. Sin embargo, y sobre todo en una época como la que atraviesa la nación que describe, Xenia debe funcionarnos como una ventana a una realidad ajena.

Por supuesto, Xenia no nos muestra Grecia, pero sí nos muestra una idea de Grecia: la de su director y coescritor Panos H. Koutras. La semana pasada reflexioné sobre la imagen de Ucrania que nos da La tribu (Plemya, 2014), de Miroslav Slaboshpitsky, y concluí que en aquel filme la crítica nacional es un accidente de la inconsciencia: no se puede filmar en un país sin que su realidad se manifieste. Xenia, por el contrario, se trata de una actitud decidida a examinar la presencia de una ultraderecha casi omnipresente en el cine europeo y la respuesta de un mundo secreto, ansioso por salir del clóset. Guardado por su propia inmadurez y la opresión de sus adversarios, el mundo homosexual de Grecia reaparece ya no como el homoerotismo de Sócrates que planteaba la carnalidad entre maestros y discípulos, sino como una noche incendiada por luces neón y canciones de pop italiano. Una noche gay, pero no la de promiscuidad y exceso que imagina la mente conservadora; más bien una noche de libertad. Para Koutras, la homosexualidad no es meramente una orientación erótica: es una actitud de desafío ante los valores de la ultraderecha que han arrodillado a la cuna de la civilización occidental. A diferencia de Xavier Dolan, que usa las canciones italianas de los 60 como las ramas de un árbol llamado estilo, para Koutras son himnos de liberación, como La Marseillaise en el bar de Casablanca (1943). En una de las secuencias finales, la interpretación de una de estas canciones en la audición para un programa llamado Greek Star significa un clímax personal y nacional.

 

Los hermanos Odysseas (Nikos Gelia) y Dany (Kostas Nikouli) son la imagen de una juventud griega heredera de su historia reciente: su madre fue una cantante albanesa; diva alcohólica y adolescente infinita en los cantabares gay; su padre, aparentemente, es un político hipócrita de la ultraderecha griega que los abandonó desde niños. Dany es un adolescente gay, una prolongación de su madre, y Odysseas, en consonancia con su padre, vive lejos de su familia y ya no canta las canciones de Patty Pravo. Extranjero, uno, en su propio cuerpo; extranjero, el otro, en su familia: extranjeros, los dos, en su patria. En su viaje juntos para reencontrar a su padre cuando su madre muere, los hermanos atraviesan una Grecia intolerante desde el propio Odysseas. “No nos vemos como albaneses”, dice el hermano menor. “Te ves como marica y eso es peor”, le contesta Odysseas, u Ody, como le apoda Dany. En el fondo, la Acrópolis resalta como un recuerdo ahogado entre mucha ciudad, y por las noches los fascistas atacan a los migrantes: “¡Grecia es de los griegos y los cristianos!”.

 

Lo que podría salvar a Grecia es lo que sus antiguos habitantes llamaban xenía: hoy la entendemos como hospitalidad. Después de dispararle a un intolerante que intenta dar una golpiza a Dany, los hermanos huyen hacia su padre. En el camino, la imaginación infantil de Dany se funde con la realidad y termina expuesta como un remanente de inmadurez en una escena visionaria: Dany le entrega a Ody su mascota, un conejo llamado Dido, para que lo mate antes de que muera de hambre. Ody le arranca la cabeza a la criatura, que resulta ser, fuera de la imaginación de su hermano, un muñeco de peluche. En otras fantasías y sueños, Dany se ve atrapado en una bolsa de mujer gigante o dormido como niño en un desproporcionado y velludo pecho. Bebé y mujer, Dany comienza a transformarse en hombre homosexual en un hotel abandonado de nombre Xenia. La madurez de su hermano y la hospitalidad de este espacio que no lo juzga lo hacen crecer. Mientras tanto, Ody se reconcilia con la feminidad de su madre sin renunciar a su heterosexualidad: las dos mitades del andrógino de Aristófanes se reúnen en un solo ser.

 

Pasado este punto, la cinta comienza a encerrarse en el viaje personal de sus protagonistas, cada vez más melodramático hasta alcanzar el tono de la telenovela con pistola, disparos, enamoramiento y paternidad desconocida. El tramo que nos dirige al desenlace no es ni el melodrama épico de Douglas Sirk ni su descendiente posmoderno, es decir, el de Rainer Werner Fassbinder. Nos encontramos de repente ante algo más bien cercano a los griteríos de Xavier Dolan y, por ello, ante la sección menos significativa de Xenia. La relevancia del filme está en el camino y la llegada al refugio que le da nombre, donde Koutras culmina su rebelión gay no con la violencia o la resignación, sino con el reencuentro de los hermanos consigo mismos y con su historia: la que existe y la que aún no. La imagen de ambos bailando uno de sus himnos es un abrazo de comunión que rescata del pasado la esencia de la xenía y promete una mirada hacia el futuro a la vez nueva y tradicional.

 

Xenia se estrenará este fin de semana en la cartelera comercial. Consulte su cartelera.

 

Twitter:@diazdelavega1

 

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