¿Una constitución moral?

Sara Sefchovich

El presidente de la República ha venido diciendo, desde su campaña y hasta hoy, que se debe elaborar una Constitución moral, que sirva como “una guía de valores que impulse a adoptar nuevas prácticas y mejores patrones de conducta”.

Debo comenzar diciendo, que considero una aberración la idea de elaborar un documento de este tipo. Y diré a continuación las tres razones que sustentan mi modo de pensar. La primera razón, es que el Estado no debe meterse en asuntos privados del individuo, pues su trabajo consiste en ocuparse de las cuestiones públicas que nos afectan como sociedad, tales como la estabilidad económica, el desarrollo, la seguridad, la educación, la salud, la infraestructura y los servicios, así como vigilar que se cumplan las leyes y que las instituciones hagan lo que deben hacer.

Pero, en lo que tiene que ver con eso que llamamos la moral, es decir, con las creencias, valores y principios que guían el obrar de las personas, se trata de un asunto que compete a cada individuo y es un error pretender que el Estado tiene algo que ver con ello. Sin embargo, el presidente de la República considera que sí, porque en su opinión el gobierno no solamente se debe ocupar de cuidar el bienestar material de las personas sino también su bienestar espiritual, y por eso afirma que un documento de este tipo es necesario para lo que él llama “el bienestar del alma”.

Desde aquí ya tenemos problemas, pues, podríamos preguntar ¿qué es eso del alma? Según la definición clásica, se trata de una palabra que se usa para referirse a un ser incorpóreo e inmortal que se supone está dentro de cada ser vivo, pero que es diferente del cuerpo. Esta visión dualista es religiosa y no todos estamos de acuerdo con ella. Pero suponiendo sin conceder, que existiera eso llamado alma ¿En qué consistiría su bienestar? ¿Tenemos todos la misma idea de bienestar? ¿Significa esa palabra lo mismo para todos los ciudadanos que habitamos este país?

Quizá en lo material podríamos llegar a algunos acuerdos muy generales sobre lo que significa bienestar, pues aparentemente todos consideramos que quiere decir tener acceso a alimentación, salud, servicios, educación. Pero este supuesto acuerdo es solo en lo general, porque no creo que pudiéramos llegar a uno sobre cuánta alimentación es necesaria o cuál es la correcta, y lo mismo sucede con todo lo demás. Entonces, en cuanto al bienestar del alma, del espíritu, de nuestro interior, todas esas palabras que utiliza el presidente para convencernos de su idea, no veo cómo nos podríamos poner de acuerdo los millones de mexicanos que formamos este país.

Y aquí viene la segunda razón, que es precisamente, la idea de partida de la propuesta, la cual está suponiendo que hay valores y principios que son los justos y correctos y que por lo tanto, deben ser universalmente aceptados e incluso universalmente impuestos.Pero no es así. Somos una nación con enormes diferencias en lo que se refiere a modos de pensar y vivir, de concebir el pasado y el futuro, de considerar cuáles son las necesidades, los deseos y las prioridades, cuáles las conductas adecuadas, qué es lo correcto, lo justo y lo bueno. Y no hay forma de que un documento recoja todas esas diferencias ni incluya toda esta diversidad. ¿Qué entraría y qué se dejaría fuera? ¿Y por qué eso y no otra cosa?

Continuaré con mi argumentación las próximas semanas. Por lo pronto, concluyo que al gobierno no le corresponde convencernos de que algunos principios o valores son mejores que otros. Y menos todavía, obligarnos a obedecer sus pronunciamientos en este sentido, cosa que va implícita en la palabra Constitución que en su nombre significa el ser un documento que establece las normas que rigen a la sociedad y que las hace obligatorias para todos los que forman parte de ella. Documento que por cierto, ya tenemos.


Escritora e investigadora en la UNAM

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