La envidia, nuestro valor común

Sara Sefchovich

 

 

Desde hace varios meses, a raíz de una afirmación del entonces presidente Peña Nieto según la cual los mexicanos tenemos valores, y también a raíz de la propuesta del hoy presidente Andrés Manuel López Obrador sobre crear una constitución moral, me he preguntado en este espacio de EL UNIVERSAL, si existe tal cosa como valores compartidos entre todos los mexicanos.

Y reiteradamente he dicho que no, sin que esto sea una invención mía sino el resultado de estudios en los que se ha mostrado que lo que a algunos les parece correcto, justo o necesario para otros no lo es; que la idea de familia, nación, gobierno, educación, necesidades básicas, obligaciones y derechos, incluso de respeto al prójimo y de obediencia a la ley es muy diferente no sólo en distintas regiones del país y en diferentes grupos sociales, sino incluso en las personas.

Hay quienes creen que sí encuentran algo compartido por todos. Según Juan Ramón de la Fuente en su libro más reciente, la sociedad mexicana estaba dolida y con malestar. Otros hablan de hartazgo o de resentimiento. Pero no creo que eso aplique para todos. Si bien para muchos millones eso podía ser así, para otros muchos no es cierto y están a gusto con la situación.

Y sin embargo, últimamente he encontrado una característica que sí parecen compartir todos los mexicanos: la envidia.

Envidia de cualquier cosa que pueda tener el otro y yo no. No importa si es un empleo mejor pagado o una ramita más de cilantro para preparar la comida, una casa más grande o una mascota simpática. No tiene que ser nada real incluso, a veces es sólo la imaginación de eso que suponemos que el otro tiene.

Esto que digo tampoco lo invento. Lo veo, lo escucho, lo leo. Y para muestra un botón: hace algunas semanas escribí que me parecía un error la política decidida por el nuevo gobierno de despedir a tantas personas de sus empleos y dejarlas sin medios de vida.

La reacción de los lectores me impresionó porque no hubo una sola persona que me escribiera diciendo algo diferente. Para todos estaba yo equivocada y les parecía perfecto que los despidan. Los argumentos (por llamarlo de algún modo, porque todo son insultos y adjetivos), es que todos los despedidos, todos, eran barbajanes que no trabajaban pero ganaban mucho dinero, a diferencia de ellos, o sus parientes o amigos que sí trabajan pero ganan poco. Palabras más palabras menos, todos los que escribieron dijeron lo mismo. Que los despedidos son zánganos, gente que ha recibido mucho dinero sin hacer nada, que se ha aprovechado de su cargo para enriquecerse. Hay una persona que incluso afirma que los despedidos ya se enriquecieron mientras estuvieron en sus cargos, así que podrán utilizar sus riquezas para aguantar en lo que consiguen otro empleo.

Pero la cosa no queda allí. Después de decir lo buenos que son ellos y lo malos y corruptos que son los demás, pasan a atacarme a mí diciendo que soy una impostora, que hablo por hablar, que estoy fuera de la verdad nacional. Uno me llama comentóc-rata.

Ellos en cambio, supongo, sí conocen a todos y cada uno de los despedidos y saben el horror de personas que son. Yo en cambio, ni idea tengo de nada, soy solamente una defensora de los intereses de mi periódico, una articulista que no sale de su oficina y no investiga. Y agregan que seguro yo aprobé lo que hicieron Peña Nieto y sus antecesores y que hasta los extraño.

O los que escriben son los envidiosos y groseros y los que no lo son no escriben, o todos los mexicanos son envidiosos.

Una cantante de rap, Iggy Azalea, escribió en una red social que le deprime ver cuánta gente disfruta siendo horrible con los demás: “Siento como que cada cosa que hago le da la oportunidad a los demás para decirme que soy una porquería y que todo lo mío apesta”.

En mi caso no es así. A mí no me deprime para nada lo que me dicen, al contrario, me permite entender. No me cabe duda que quienes así hablan quisieran tener el empleo y el sueldo que según ellos tenía el ahora despedido, sea la casa o la ramita de cilantro, y hasta el espacio en el periódico que tengo yo.


Escritora e investigadora en la UNAM

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