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La coalición electoral formada por el PAN, el PRD y el MC cambió su nombre. Del “Frente Ciudadano por México” borraron la palabra ciudadano. Si esta es la intención no llegará muy lejos su impulso democrático. Para recuperar la transición y enfrentar el pacto de impunidad se requiere fuerte involucramiento de la ciudadanía.
El “Frente” necesita vencer la desconfianza de la sociedad. El voto que les puede dar la mayoría es escéptico. La gente que quiere democracia no cree en los políticos. Y con razón. El relato de que esta vez sí va en serio es poco creíble.
Que los partidos que ya fallaron retomen la bandera de la transición democrática requiere fuerte autocrítica. Pero sobre todo hay que ofrecer medidas de corrección para evitar la repetición. Se necesita una mutación de la forma de hacer política. Y un acuerdo político de gran alcance.
La transformación de la forma de hacer política sólo es posible si se asume que los partidos deben funcionar como representación de la sociedad y no como coto privado de políticos profesionales. Mucho menos como medio de enriquecimiento rápido y cínico. Hay que parar ya la espiral de la corrupción impune.
Un buen gobierno no puede surgir de un mal arreglo político. Si el objetivo es el cambio del régimen se requiere “abrir las compuertas” a la participación de la sociedad en todos los ámbitos institucionales. Incluidos los partidos.
Los partidos están acostumbrados a “fichar” figuras como si fuera draft deportivo. Atraer a ciertos personajes a candidaturas no es suficiente. Ciertamente se requiere sumar a especialistas que promueven las causas ciudadanas.
Pero esta vez no basta. Lo central es acordar con la sociedad las medidas que transformarán a México. Cómo cerrar brechas de desigualdad frente a la pobreza, cómo enfrentar la impunidad y la corrupción, cómo lograr la paz, cómo funciona una democracia que dé poder a la gente.
El primer paso es acordar cómo convertir las propuestas más avanzadas de la sociedad en programa de gobierno. Con acciones legislativas, políticas públicas, con metas, indicadores y plazos. Hay que asumir agendas: cohesión social. Seguridad sin guerra. Fiscalía que sirva. Rendición de cuentas. Menos dinero a los partidos. Ni una más. Y muchas más. Sin las agendas ciudadanas, sin compromisos claros y públicos, expresados en un programa de gobierno plural no hay alternativa real. Y para que esto no se quede en promesas de campaña la clave es el gobierno de coalición.
La garantía de los acuerdos es la conformación de un gobierno de coalición que exprese el cambio de régimen. El gobierno de coalición del Frente no puede ser la enésima edición del método de “cuotas y cuates”. Si están pensando sólo en cómo repartirse los puestos no hay como creerles. El reparto del botín —aunque sea “amplio y plural”— no es democratización.
La alternativa a la regresión autoritaria es un gobierno plural e incluyente con una agenda de transformaciones democráticas desde el arranque. Que de inicio se nombre un jefe de gobierno emanado del Congreso. La nueva figura de jefe de gobierno surge de una mayoría parlamentaria estable acuerpada por la agenda y el programa acordados. Y está sujeto a revocación de mandato. Ese sería el cambio de régimen.
Así cambia la pregunta sobre el candidato presidencial. Ya no es sobre sus virtudes y capacidades. Es sobre talante y vocación. ¿Está dispuesto a abdicar del presidencialismo e impulsar la transición?
Pensemos: ¿Podemos destruir “la silla del Águila” en lugar de pretender sentar a alguien que ora sí sea “el bueno”?
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