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15/05/2019
03:29
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Seguro no es la más precisa. Pero si me apuraran a describir en una sola palabra lo que estamos viviendo optaría por ella: estupefacción. El diccionario la describe como “asombro o sorpresa exagerada que impide a una persona hablar o reaccionar”. Añádanse los sinónimos: estupor, pasmo y desconcierto. No me diga que no los ha encontrado cada vez más frecuentemente, en la calle, en torno a una mesa o en las redes sociales. Cierto, hay reacciones inmediatas y furibundas. Lo mismo de quienes lo ven como un infalible dios en la tierra, que quienes lo advierten otra vez como un peligro para México. Las dos caras de comedia y tragedia del presidente Andrés Manuel López Obrador.

A lo que voy es a la percepción —que ya reflejan algunas encuestas— de una creciente franja de la población que simplemente se resiste a creer lo que está pasando: la cancelación de Texcoco no puede ser cierta; tampoco Santa Lucía; ni la aventura del Tren Maya; ni el cierre de las estancias infantiles; mucho menos la construcción de la refinería en Dos Bocas, Tabasco. Sobre todo esa quimera de pesadilla anticipada.

A ver: hace apenas un mes, el presidente y su secretaria Nahle se desvivieron en elogios para justificar que habían convocado a solo esas cuatro megaempresas internacionales para una licitación selectiva a fin de construir una gran refinería en la tierra del presidente. Pero ahora resulta que las superpetroleras le dijeron a nuestro gobierno que no. Que es imposible cumplir con el monto y el plazo impuestos a partir de una ocurrencia: ocho mil millones de dólares (algo así como 160 mil millones de pesos) a entregar en solo tres años.

Hasta ahí, sería una historia más de un diferendo entre comprador y proveedor, entre cliente y constructor. Lo grave vino después: la determinación de que, en vista de la negativa, la refinería la haremos nosotros mismos y que la responsable será la ínclita Sra. Nahle, tan criticada por su falta de experiencia desde que fue designada secretaria de Energía. ¿De verdad el presidente cree posible que —como si se tratara de tejer una chambrita— doña Rocío pueda armar sobre las rodillas el complejísimo plano de una refinería capaz de procesar 340 mil barriles diarios de crudo pesado? ¿Y luego? ¿Quién la va a construir? Si como se dijo al principio teníamos que acudir a extranjeros porque aquí llevamos 40 años sin entrarle al desquiciante entramado de una refinería. ¿Otra vez los multiusos militares ahora habilitados como técnicos petroleros?

Todas las advertencias han sido inútiles: que cuando se termine en el mediano plazo, el petróleo estará en decadencia y empezarán a dominar el mercado las energías limpias; que este pésimo negocio le quitará el grado de inversión a Pemex y expondrá a México como un destino de alto riesgo para el capital foráneo. Frente a todos estos argumentos se alza al cielo una verdad profética incuestionable: ¡me canso ganso!

A pesar de todo, los estupefactos estamos a la espera de un milagro. Un evento, una frase, una reflexión que acabe con ese compulsivo odio a todo lo que provenga del pasado. Y que ya rebasa a Peña Nieto y se extiende a Santa Anna y hasta a Cortés. Y la convicción de que el futuro se construye con la cabeza y no con el estómago. Por lo pronto, seguimos con las bocas abiertas. Nadie sabe por cuánto tiempo.
 

Periodista. [email protected]

Ricardo Rocha ha sido redactor, reportero, corresponsal de guerra, productor y conductor de programas. En 1977 cubrió por dos meses la Revolución Sandinista en Nicaragua, lo que le valió el premio...