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Frágil, como todos los niños, su cuerpo está tirado a la orilla de la playa y tiene aún los zapatos puestos. Es demasiado pequeño. Su cabecita está semienterrada en la arena donde lo baña el mar, con su oleaje interminable, que parece leve... el mar donde naufragó la embarcación que debía llevarlo con su familia al reino de la felicidad imposible que es hoy Europa.
Quedó tendido en la costa turca —que aún no es Europa, apenas la puerta, por ser islámica—, sin poder llegar a salvo a tierra para vivir, jugar y crecer. Al parecer venía de Siria, un país devastado por una guerra civil, donde el intento por derrocar a un autócrata, alentado por esa misma Europa occidental y cristiana, dio origen a la pesadilla del Estado Islámico, uno que no sólo decapita a seres humanos, sino que destruye monumentos históricos. Tal vez su familia huía del terror de los yihadistas, como tantos miles de sirios abandonados ahora a su suerte.
El mar Mediterráneo, que ha devorado a miles de migrantes, es en efecto un cementerio europeo, no sólo de personas, sino de sueños. Las oleadas migratorias parecen una cruzada al revés: una para rescatar el anhelo de vivir bien, sin más, que proclamó una Europa humanista. Pero esta cruzada se ha topado con una crisis de solidaridad, con nuevos terrores parecidos a los del medieval año mil, que alimentan egoísmo y xenofobia.
Occidente no logró implantar la democracia en Siria, Libia o Afganistán, aunque sí generó expectativas de cambio e ideales políticos e incluso insurrecciones armadas. Al final, sólo resultó el caos, la destrucción y la muerte. La muerte que vemos en esta foto.
La imagen golpea tan fuerte como si viniera “del odio de Dios”, un “heraldo negro”. La orilla del mar debiera ser espacio de risa, alegría, motivo poético, no de esta crueldad infinita. Eduardo Mora Tavares
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