Los grandes cambios que trajo el año que hoy cierra sus puertas nos convocan al aprendizaje para iniciar el 2019 con esperanza. Nadie podrá seguir interpretando la vida pública del país del mismo modo que antes y nadie podrá, tampoco, seguir actuando como si no hubiera pasado nada. No sólo se movieron las piezas del tablero político sino el juego completo.

Las primeras decisiones tomadas por el nuevo gobierno nos obligan a entender que la idea de la austeridad que tiene en mente el presidente de la República es mucho más profunda de lo que parece. No pasa solamente por el ahorro y la moderación sino que incluye la actitud, la forma de actuar y hasta el pensamiento de quienes trabajan para el gobierno. A la luz de sus dichos, podría afirmarse que para el presidente López Obrador hay dos grupos identificables en cada oficina pública: los comprometidos y los burócratas. No hay cuadros profesionales en el sentido imparcial que observó Weber, sino cuadros políticos que ejercen funciones de autoridad y que forman parte de los ejércitos civiles que habrán de impulsar —o entorpecer— el cambio propuesto.

Habrá que aprender a lidiar con esa idea simple y, a la vez, definitiva de los tiempos que estamos viviendo. No se trata solamente de sueldos sino de una visión del mundo que pasa por la textura moral de quienes trabajan para el sector público. Por eso no hay ni habrá medias tintas: quienes aspiren a ocupar o mantener puestos públicos tendrán que contraer el compromiso inequívoco de compartir e impulsar su marco ético e ideológico. Nadie que trabaje para el nuevo gobierno tendrá solamente un contrato, sino que habrá de asumir una vocación. Y todos tendremos que aprender a leer el contenido y el curso de las decisiones tomadas desde el Palacio Nacional desde ese mirador: en 2019 no habrá ninguna agencia gubernamental que no actúe sino como parte de un aparato destinado a modificar el destino de México.

Por su parte, sin embargo, el gobierno federal tendrá que aprender a lidiar con las restricciones que le impondrá, a pesar de todo, la gestión pública cotidiana. Aunque toda la burocracia acabara alineada y uniformada, los problemas públicos del país seguirán siendo más enredados que la sola imposición de una voluntad superior. Tendrán que aprender a ser más flexibles y a seguir criterios, más que órdenes superiores. Tendrán que aprender a convivir con el federalismo que hoy está sometido y descolocado y a relacionarse con los municipios que prácticamente se han borrado del mapa. La idea de un aparato uniforme y disciplinado habrá de matizarse con los imperativos de la complejidad nacional. Aun sin renunciar a las líneas fundamentales —primero los pobres, paz construida con orden y honestidad a prueba de balas—, las dificultades del quehacer gubernamental seguirán siendo mucho más desafiantes. Y en ese proceso de adaptación, buena parte del éxito se jugará en su propia capacidad de aprender.

Tengo para mí que durante el primer semestre del 2019 sabremos con absoluta certeza si el resto del sexenio será una buena noticia para el país. No tanto por los resultados inmediatos cuanto por la prueba del aprendizaje adquirido. Sabremos muy pronto si el presidente y los suyos lograron trascender su propia actitud de movimiento de oposición permanente y hostil, para asumir la cabeza del Estado que organiza y dirige todo el país con templanza; y sabremos si los principales grupos de presión, los empresarios más influyentes, las organizaciones sociales de todo cuño y los gobiernos locales lograron adaptarse y corresponder con las nuevas prioridades establecidas. Pronto, muy pronto, sabremos si el país aprendió lo suficiente de sus propios errores. Que así sea, es mi mayor deseo para el año que comienza mañana.


Investigador del CIDE

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