Vacaciones

José Woldenberg

Millones de personas estamos en vacaciones. Entremos entonces al tema sin demasiado rubor.

1. La rutina. Unos más unos menos, pero se vive, normalmente, bajo una rutina. Estudiantes y trabajadores, empresarios y militares e informales realizan sus actividades en un determinado horario; sus afanes suelen ser repetitivos, sus retos similares y circulares. Por supuesto no es lo mismo trabajar en una línea de montaje de una gran empresa automotriz que ser taxista, profesor universitario, dueño de una fábrica, cabo o cajero de banco. Pero en la inmensa mayoría de los casos cristaliza una rutina que genera desgaste, tensión, cansancio. Algunos sufren sus compromisos y otros no, pero la reiteración obligada se vuelve cansina, con escasas sorpresas —y a veces éstas no son bienvenidas—, y gestos y respuestas habituales, lo cual produce un hastío que se pega a la piel. Por ello las vacaciones no pueden ser más que bienvenidas.

2. Las vacaciones son entonces una ruptura de la rutina, un descanso, una estación esperada. Dejar de hacer lo que se hace todos los días es una tregua que abre la posibilidad de dedicarse a actividades distintas. Desde quien se queda dormido todo un día hasta el que se “revienta” en venganza por los días grises del trabajo repetido. Lo importante es hacer —o no hacer— algo diferente, ajeno a lo que se realiza como un dictado cruel. Son un oasis y una estación de reparaciones, un paréntesis en el trasiego diario y una expectativa de algo nuevo. Un auténtico invento civilizatorio gracias al cual uno sabe que la vida puede ser otra cosa…por unos días. Y dentro de las vacaciones nada tiene más prestigio que el viaje.

3. El viaje. Salir a Oaxaca o Hermosillo, o mejor y más ambicioso a Madrid o Moscú, o “más exótico”, a El Cairo o Singapur. Irse, dejar atrás el paisaje cotidiano, olvidarse de las calles, el idioma o la comida conocidos, e internarse por rumbos inexplorados. ¿Uno viaja para entrar en contacto con escenarios, situaciones y personas inéditos o para dejar atrás —aunque sea por unos días— la densa atmósfera cotidiana? Sin duda en los viajes se descubre algo nuevo que puede impactar de manera agradable o repugnante, resultar indiferente o convertirse en un recuerdo perecedero, pero “desconectarse” de la rutina es un logro. El viaje es al mismo tiempo una fuga y una esperanza, una evasión y ganas de ser otro (aunque sea por breve tiempo). Porque (casi) nadie se aguanta tal como es. (Bueno, salvo algunos Narcisos). Pero de todos los viajeros hay unos que me resultan odiosos: los que en 5 o 7 días creen que logran identificar los rasgos fundamentales que definen a “los otros”.

4. Los estereotipos. El que pasa diez días en Budapest, Manila o Río de Janeiro, entra en contacto con 11 o 12 personas y acaba pontificando que los húngaros son ariscos, los filipinos amables o los cariocas bailarines fantásticos. Generalizaciones delirantes respaldadas por una experiencia minúscula que se cree contundente. Inmensos conglomerados humanos, que por definición envuelven a personas de “chile, dulce y manteca”, reducidas a un estereotipo ridículo, pero en el que el viajero, de regreso, cree a pie juntillas. Si un taxista lo trató mal, todos sus similares y conexos son unos malvados, y si un paseante se detuvo a socorrerlo para encontrar una calle, todos sus conciudadanos resultan afectuosos. Y es que quizá los mecanismos mentales funcionan invariablemente para simplificar la vida. O, dicho de otra manera: dado que la realidad es inaprensible, requerimos de fórmulas que nos ayuden, abreviando y facilitando, nuestra “comprensión” de las cosas. Una alerta para estar atentos a que entre lo que existe y nuestra idea de lo que existe siempre hay un océano.

5. El néctar. Se me olvidaba algo importante: son tiempos además de beber con gusto. Porque como escribió Kingsley Amis, “la conversación, la risa y la bebida están conectadas de un modo especialmente íntimo y profundamente humano”. Salud y sabrosas vacaciones.

Profesor de la UNAM

Comentarios