¿En el umbral de la era post-neoliberal?

José Carreño Carlón

¿Nueva era? La política mexicana aparece como narcotizada por la contingencia que adormece lo esencial. No me refiero a la contingencia de las elecciones que, ciertamente, decidirán un dilema esencial: la continuidad de un proyecto reformista de modernización del país —y su urgencia de corrección de desvíos y contrahechuras— o su ruptura y sustitución por un difuso cambio de régimen político y de sistema económico que, a falta de claridad, la academia no ha alcanzado a acuñar un nombre que describa qué es, sino que se ha limitado a darnos un doble prefijo para anunciar lo que deja atrás: un proyecto “post-neo-liberal”. Recoge el concepto Keith Lewis, de Keele University, en un artículo del más reciente número del Journalism Studies sobre el tratamiento de los medios británicos a las campañas presidenciales de 2013 y 2014 en Bolivia, Ecuador y Venezuela: The ‘Buen vivir’ and ‘Twenty-First Century Socialism’.

 

Para la autora, los medios promueven la selección o retención de los diferentes imaginarios propuestos por los discursos políticos y económicos de los candidatos, en este caso, en la larga secuela de la crisis financiera global de 2008. A ésta se le atribuye hasta la fecha la respuesta, también global, del “momento populista”, en confrontación con la democracia liberal asociada al llamado capitalismo neoliberal, a su vez identificado como “culpable” de esa crisis y de los estragos acumulados por el modelo económico. En este “momento” se inscribe igualmente el éxito de Morena en México 2018, aunque aquí reforzado con sus propios antecedentes.

Entre esos antecedentes está el descalabro mexicano de 1995 y la gestión de aquella crisis por el presidente Zedillo, con un alza de tasas que destruyó masivamente patrimonios familiares, empresas y empleos y cargó a los contribuyentes con el costo de un descomunal rescate bancario, con el agravante de que, en el imaginario social, la crisis y sus impopulares “remedios” se remitieron a la cuenta de las reformas “neoliberales” de su antecesor, el presidente Salinas. Abonaron también los gobiernos panistas, que quedaron inscritos, en ese mismo imaginario, en la continuidad “neoliberal” agravada por la crisis de inseguridad.

Carreras en reversa. Y hoy, de acuerdo con las encuestas, ya estaríamos muy cerca del umbral de la nueva era “post-neo-liberal”. El exitoso repunte de las transformaciones modernizadoras del actual gobierno, más un desempeño económico sobresaliente en el sexenio, fueron ensombrecidos, otra vez, por malas gestiones de crisis que dieron paso a estereotipos que a su vez están siendo abanderados por la causa “post-neo-liberal”.

Y así, el puntero López Obrador centra el arranque de la carrera en reversa en la regresión de la reforma energética, que ha comprometido miles de millones de dólares de inversión internacional, cuya suerte quedaría en la incertidumbre, así como de la reforma educativa, que rescató para la nación un sistema controlado por camarillas sindicales, que en este proyecto regresarían por sus fueros. Y ya en el plano de lo real y lo simbólico, el anunciado cierre del Nuevo Aeropuerto en construcción para la capital de la República parecería erigirse en el paso insignia en la marcha de regreso de lo andado en la modernización del país.

Marxiana. Pero a diferencia de los discursos para crear imaginarios post-neo-liberales en los casos estudiados por Keith Lewis, el problema con los discursos de los candidatos mexicanos es que en general no cuajan como discursos con proyectos coherentes. Por lo tanto trazan imaginarios borrosos que apuestan menos por iluminar el debate electoral y más por aturdir o narcotizar audiencias y lectores con frases estridentes, talking points o sinsentidos como cuando AMLO dice respetar a los empresarios al tiempo que los llama rapaces y aparece como opción de izquierda cuando, en pleno bicentenario de Marx, reduce el análisis de las relaciones de producción a reprimendas moralistas a empresarios mal portados (los que no están con él).

 

Director general del Fondo de Cultura Económica

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