Sismos en la CDMX: de vuelta a las andadas

José Antonio Sánchez Cetina

Tembló. Y brota fresco lo que parecía tan quieto, tan asunto cerrado. Nuestro protagonismo humano nos empuja a pensar que el universo estaba esperando solamente que bajáramos la guardia un poco, que pusiéramos en el rincón la mochila de vida para darnos una sacudida. Y no, difícilmente la conciencia enorme de la Placa de Cocos, si la posee, nos tiene presentes a la hora de hacer sus subducciones. Entretanto, todo lo practicado se ejercita en cámara rápida vestido de miedos y nervios que todavía no acabábamos de poner en sus cajas como las esferas que se guardan para otras navidades. Estaban ahí, dejándonos hacer la vida tan cotidiana como únicamente puede ser. Y recién suena esa odiosa alerta, como campana en un caso clásico conductista, vuelve el asombro tremendo de no poder hacer gran cosa más que correr frente a fuerzas tan absolutamente grandes.

Para afuera, en un sálvese quien pueda que trae niños y perros bajo el brazo. Uno nunca se acostumbra a estas cosas, la verdad. Porque, aunque la repetición hace al hábito, intentar ganarle la carrera a la fatalidad en sesenta segundos o menos nunca deja de ser una novedad espantosa. Por mucho que nos cuenten, que nos preparemos, que busquemos consuelo en que tiembla seguido, que admitamos que la única certeza es que pasará eventualmente. No alcanza a dormirnos el cuento de que la Tierra se va liberando, como si en un llanto tembloroso encontrara calma la energía de un cuerpo cósmico que no hemos acabado de entender pero no deja de ser nuestra casa. 

Y la casa se sacude de cuando en cuando. Acaso sea una suerte de síndrome de Estocolmo pero los hay quienes casi prefieren tener un recordatorio de que estas cosas son asunto serio. Hay un cambio generacional importante entre quienes no tuvieron alerta sísmica y se enteraban cuando los candelabros comenzaban a hacer de péndulo y quienes odiamos los altavoces de los que salen voces de lo más neutrales que nos parecen mensajes apocalípticos. Pero ya no queda ni un Pedro y el lobo en la ciudad. Apenas suena -en la calle, el teléfono o en el radio- y uno sabe que no hay espacio para pensar en falsa alarma. Con las llaves en las manos sudorosas, salimos y nuestras andadas a los puntos que lucen más seguros casi parecen bien organizadas. Se agudizan los sentidos mientras la alerta termina su faena. Una calma tensa de un puñado de segundos antecede al movimiento. Y comienza, nos toma a todos en la calle con las piernas abiertas en un compás que nos haga sentir menos frágiles mientras mantenemos un pensamiento compartido: detente ya. Vuelve, entonces, el tiempo a fluir como habitualmente lo hace y tú, ciudad, a tus ruidos y prisas.

También en ese tanto, por si fuese poco, no deja de llover sobre mojado. Porque apenas comenzaba a asentarse el pendiente complejo y gigantesco de la reconstrucción. No había quedado claro quién había aportado qué cosa, en qué se iba a usar y bajo qué nuevas reglas se tendrían que imaginar nuevas comunidades de un país distinto, cuando el temblor volvió a la carga removiendo esta vez una montaña de escombros y miedos acampados en predios donde reina la incertidumbre y el desconsuelo. ¿Ahora qué se cayó?, nos preguntamos como haciendo un inventario de las bajas en una guerra. Aquí no hay modo de hacer del suelo de la casa un enemigo, pero tampoco estaría nada mal apresurar la discusión de la reconstrucción y poner la primera piedra en tantos lugares como sea posible. Para que comiencen esas familias que han resistido la peor parte a tener un muro en el cual colgar un paisaje volcánico, a soñar que en verdad toda esta confusión sobre construir de nuevo la ciudad se traduzca pronto en una ciudad con puertas y libreros y ventanas. Porque sólo así podrán acomodar en el ropero todas esas familias desafortunadas el miedo, la zozobra y el frío, como quien guarda viejas fotos que nadie quiere ver pero que de ningún modo se pueden olvidar. 

Investigador del CIDE. @elpepesanchez
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