Con el clima de inseguridad, violencia y marginación que prevalece en el municipio de Los Cabos, muchos adolescentes deben sobrevivir como sea, y no son pocos quienes terminan por integrarse al ambiente, beben, se drogan, espían, informan. Y cada vez más, todo parece “normal”.

Así describe la profesora Mary, docente de una secundaria de San José del Cabo, el ambiente que envuelve hoy a la cabecera municipal de Los Cabos, donde se ha registrado la mayor parte de los más de 178 homicidios en casi nueve meses de violencia nunca antes registrada, producto de enfrentamientos entre grupos dedicados al narcotráfico.

En entrevista con EL UNIVERSAL, la profesora narra cómo es que ha visto transformarse al destino y con él, a los adolescentes con quienes convive a diario: “Veo mucha indiferencia, agresividad, muchos [adolescentes] fuman, toman, se drogan, muchas niñas tienen ya relaciones sexuales, y están en primer año, tenemos mucho embarazo adolescente por lo mismo”.

Perciben descomposición. La docente tiene cinco años radicando en el municipio y comenta con sorpresa cómo la calidad de vida de los estudiantes se ha visto afectada por el ambiente violento.

“Cuando llegué a trabajar aquí el turno de la tarde me sorprendió que, a diferencia del estigma, eran unos muchachitos muy aplicados, pero todo empezó a cambiar. No digo que todos tienen estas conductas, porque hay niños muy nobles, pero sí cada vez son más quienes muestran estas actitudes. Están viviendo muy apresurados y lo peor: no ven nada de malo”, lamenta.

Agrega que ve con preocupación cómo varios de los chicos conocen bastante del ambiente de inseguridad, drogas y violencia, pues no está ajena al entorno en que se desenvuelven.

“Saben de escondites, saben de grupitos, les he preguntado si no les da miedo y responden: ‘Pues si te toca, te toca. Si andas en estas cosas es lo que te va a pasar’”, describe la profesora.

Considera que la actitud de los adolescentes es influenciada no sólo por lo que les toca vivir, como violencia intrafamiliar, desintegración, alcoholismo de alguno o ambos padres, sino por la narcocultura que se va arraigando.

La situación se agudiza en el turno vespertino, comenta, pues son prácticamente niños que crecen solos. Por los horarios de sus padres, no los ven en todo el día, llegan sin desayunar a la escuela y a veces comen hasta que regresan por la noche a sus casas.

Su desempeño académico es muy bajo, y lo atribuye a la situación que enfrentan: “niños solos, prácticamente somos una guardería. Sus papás saben que al menos en este rato aquí van a estar vigilados”.

En el mejor de los casos —agrega—, los padres son conscientes de que sus hijos requieren más tiempo con ellos; pero en el peor, son padres que tampoco dimensionan la realidad que están enfrentando.

“De 24 alumnos vienen cuatro o cinco papás, a veces tres. Y cuando les pido que estén más al pendiente de los chicos, algunos entienden, y a otros ni les interesa, como saben que al final de cuentas tenemos que regularizarlos, pues ni se preocupan”.

Finalmente, refiere que este año ha tenido más alumnos que llegan de otros estados “huyendo de la violencia” y se enfrentan ahora aquí con una situación muy difícil también.

“Algunos papás que vienen de Michoacán, por ejemplo, que tenían una tiendita, un restaurancito, pero les estaban pidiendo piso o les habían secuestrado a algún familiar. Llegan y ahora se encuentran con que hay muertos casi a diario aquí también. Se asustan y con razón. Es una situación difícil y que nunca pensamos vivir”.

Aspiraciones. La maestra “Bruma”, quien pide que se le llame así por seguridad, reconoce que ante todo tiene miedo, pues ni siquiera la zona rural de Los Cabos, donde labora desde hace seis años, se escapa del clima de descomposición social y violencia. “Ya no es tranquila como antes”, comenta.

Ella trabaja en secundaria con niños de 13 a 15 años; se dice sorprendida y triste por la narcocultura presente como nunca y la actitud que muestran los jóvenes.

“El día del estudiante, el 23 de mayo, no fueron a la escuela, y algunos se la pasaban dando vueltas en la secundaria escuchando narcocorridos y tomando ballenas en el carro. El mismo papá es el que les compra la cerveza. Están muy influenciados por las series, se imaginan que son el narco mayor”, expresa.

En las historias del “proyecto de vida” que les toca trabajar, ellos responden —agrega— “que lo que quieren es ser narcos, tener mucho dinero, cerveza y mujeres, y ellas, la muchachitas, que quieren enamorarse de un muchachito pucha, que traiga dinero y carro y las lleve a comprar cosas. Y las mamás, felices, mientras sus hijas andan con jóvenes de 18 o 20 años, y algunos de ellos son los que distribuyen la droga”, reconoce la profesora.

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