“Tengo la casa llena de botellas”

Estados 15/11/2015 01:20 Edgar Ávila / Corresponsal Veracruz Actualizada 11:47
Guardando favorito...

Eusebio Eslava, de 66 años, recorre 40 km a la semana la orilla de la carretera federal Veracruz-Coatzacoalcos, en busca de PET, que vende para sobrevivir y para limpiar la zona

Se trata de Eusebio Eslava Rodríguez, de 66 años de edad, quien con dos bolsas de basura a cuestas y un costal peregrina la mayor parte de su vida a la orilla de la carretera federal Veracruz-Coatzacoalcos.

Guardando favorito...

De arrugas pronunciadas, con pocos dientes y el cabello canoso atado a una coleta, camina cuatro veces a la semana y bajo los intensos rayos del sol, un total de 40 kilómetros.

Guardando favorito...

“Siempre encuentro botellas, toda la vida…”, relata el hombre ataviado con una visera, con dos bolsas negras llenas de envases y un costal de plástico con unas pocas latas de aluminio, pero también con un pasado a cuestas.

Guardando favorito...

Malhumorado, recuerda que jamás le gustó recolectar botellas vacías, pero la vida no le dio otra opción, pues con su pasado en una penitenciaría nadie quería darle la oportunidad en un trabajo formal; recolecta las botellas y las vende para sobrevivir.

Guardando favorito...

Sus pasos transitan entre las aguas del Golfo de México y un pedacito de tierra veracruzana llamado Alvarado. Es Eusebio Eslava Rodríguez, de 66 años de edad, quien con dos bolsas de basura a cuestas y un costal peregrina la mayor parte de su vida a la orilla de la carretera federal Veracruz-Coatzacoalcos.

De arrugas pronunciadas, con pocos dientes y el cabello canoso atado a una coleta, camina cuatro veces a la semana —lo mismo bajo los intensos rayos del sol que en medio de la lluvia— un total de 40 kilómetros, siempre en solitario, absorto en sus pensamientos.

En los últimos 30 años, desde el mítico puerto de Alvarado, donde tiene su hogar, hasta los municipios de Ángel R. Cabada y Lerdo de Tejada, cumple con el ritual de andar en busca de su preciado “oro” y su sustento.

Casi la mitad de su existencia ha hurgado entre los matorrales y las arenas de las dunas para localizar envases vacíos de plástico y de aluminio, que a la postre vende para obtener recursos y mantener su estilo de vida.

Para los miles de automovilistas que transitan frecuentemente por esa ruta, su presencia es cotidiana y su figura es parte de los hermosos paisajes que brinda la región, con un enorme mar azulado, extensiones de dunas que se mueven al antojo del viento y pequeñas lagunas al otro costado.

“Siempre encuentro botellas, toda la vida…”, relata el hombre ataviado con una visera, con dos bolsas negras llenas de envases y un costal de plástico con unas pocas latas de aluminio, pero también con un pasado a cuestas.

Originario de esta región, de joven emigró al Distrito Federal, donde se refugió en el Mercado de Las Vigas para vender productos del mar, esos que conoció desde chamaco.

Tuvo una mujer, aunque hijos jamás los menciona. Fue feliz, dice. Pero luego la tragedia llegó a su vida al volver a Veracruz. Ambiguo en su relato, asegura que quisieron arrebatarle su patrimonio y fue a caer a prisión.

Jamás menciona el delito por el que acabó tras las rejas, porque —dice— esa es otra historia, su historia presente es la carretera, a la que llegó desde que abandonó su encarcelamiento y desde entonces jamás falta a su cita.

Cuando camina en solitario, dice con amabilidad pero con hastío, nada piensa, salvo que ya no se encuentra a gusto en Alvarado. “No pienso en nada, pensaba en irme, pero no puedo irme, tengo que estar aquí en Alvarado como tengo llena la casa de envases”, afirma.

Malhumorado, recuerda que jamás le gustó recolectar botellas vacías, pero la vida no le dio otra opción, pues con su pasado en una penitenciaría nadie quería darle la oportunidad en un trabajo formal.

Aunque en realidad, agrega, el problema de fondo es que le desagrada que quieran mandarlo y eso lo aprendió con sus compañeros de celda.

“No me gusta, pero ya no puedo trabajar porque estuve en la cárcel y no me gusta que me manden”, suelta y remacha con voz firme como para que no quede duda: “No me gusta que me mande nadie”.

Se queja constantemente, pero en realidad se le ve contento cuando se pierde por el asfalto caliente por las temperaturas mayores a los 30 grados que se sienten regularmente en la zona veracruzana.

Ahora, por ejemplo, sólo recolecta botellas por gusto, para almacenarlas al por mayor en su vivienda. Hace un par de semanas, le notificaron que le bajarían el precio del kilo de botellas de plástico de tres pesos a dos con 50 centavos. Decidió no venderlas más y esperar un mejor precio.

Sabe que en el fondo es un ambientalista con 30 años al servicio del planeta. Sabe que casi a diario limpia la basura que tiran los automovilistas sin ningún remordimiento por la madre naturaleza y eso —confiesa— le hace sentir bien.

“Me siento bien… tranquilo me la llevo”, asegura.

Sin soltar sus bolsas un solo momento, emprende nuevamente su caminata, bajo el ensordecedor ruido de los motores de los tráileres que pasan a centímetros de su humanidad, pero también cerca de esos hombres y mujeres que a diario arrojan basura a la orilla de la carretera y que le dan de comer y le permiten seguir dejando un mundo mejor.

Temas Relacionados
Veracruz historia
Guardando favorito...

Recomendamos

Comentarios